Sobre las cárceles
Capuchinos me costó $350.000 más el mozo y la fianza. En total terminé pagando casi $800.000 poruna noche. La noche más cara de mi vida. Ahora que me acuerdo, a pesar de ganarle el juicio a la Suprema, nunca me devolvieron el costo de mi estadía en «Punta Cana».
Cuando ingresé a Capuchinos el año 2.02 estaba realmente asustado. Mi abogado y amigo me dejó en la entrada, y con un palmetazo en la cara me dijo: «Quédate tranquilo y pórtate bien». Luego un gendarme me pidió que lo acompañara.
Un señor de baja estatura con uniforme azulino, quien recuerdo tenía un bigote finito bordeando su labio superior, me recibió en una sala. Con una sonrisa picara me preguntó si yo era «el atinado que mandó a la cresta a los de la Suprema». Con una mueca simpática tratando de agradarle, le respondí: «Sí, él mismo».
El gendarme me explicó que en dicho recinto carcelario tenían tres categorías de celdas. En el primer piso las piezas no son privadas y la comida no es muy buena. El segundo piso es un poco mejor pero el nivel de los internos es más bien bajo. El tercer piso es más completo, tiene pieza individual, mozo, televisión y el nivel de los reclusos es refinado.
Sin pensarlo mucho pedí el tercer piso. «Buena decisión», me dijo, luego de recibir el cheque.
Recuerdo que hacia mucho calor en el mes de enero de ese año. Mientras me llevaban a mi aposento miré la piscina y pensé: «Cresta, seré huevon, se me olvidó el traje de baño». Al llegar al tercer piso el «jefe de reclusos» me ofreció un mozo para hacerme la cama, lavar mi ropa y atenderme en los mandados, todo por un precio módico. Al tiro le dije que sí. Al final tuve mala suerte, me dieron una pieza pegada al baño, que tenía una gotera que no me dejo dormir en toda la noche.
Luego un amable interno me llevó en un «city tour». Primero vamos a la sala de juegos, me dijo. Tenían unas 4 mesas de pool, sala de naipes, biblioteca, un gimnasio bastante equipado y unas máquinas de flipper. Me llamó mucho la atención que no había nadie jugando, lo mismo que en la piscina. Las multicanchas también estaban desiertas. ¿Dónde está todo el mundo?, le pregunté a mi anfitrión «Eduardo, no se olvide que esto es una cárcel» me respondió, sin dar más explicaciones.
A las siete de la tarde nos cerraron el piso. Cuando escuché el portazo sentí una claustrofobia paranoica. No te preocupes, me dijeron, a las siete de la mañana abren el candado. En ese momento realmente sentí angustia. Estaba preso.
Al otro día, por la mañana mi abogado me informó que, previo pago de una fianza, quedaba libre. Capuchinos me costó $350.000 más el mozo y la fianza. En total terminé pagando casi $800.000 por una noche. La noche más cara de mi vida. Ahora que me acuerdo, a pesar de ganarle el juicio a la Suprema, nunca me devolvieron el costo de mi estadía en «Punta Cana».
Si usted ha estado alguna vez preso me comprenderá. Si no lo ha estado, créame que da lo mismo la cárcel en la cual lo encierren: el tormento interior supera infinitamente cualquier concesión de comodidad física o material.
La prisión -para quienes la hemos vivido- es algo que se lleva por dentro. Estar preso es un estado mental. La mente juega sucio al interior de una cárcel. No importa que la celda sea privada, limpia y con televisor. La cabeza siempre recuerda que estás privado de libertad. Las neuronas impiden gozar de cualquier aparente privilegio material. La libertad no tiene precio.
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