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La autocrítica de Ricardo Núñez

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La mayoría de los chilenos no tienen que arrepentirse absolutamente de nada. Mucho menos andar ahora golpeándose el pecho en la Escuela Militar para beneficio de los verdaderos y únicos responsables del golpe, que fueron quienes lo promovieron y realizaron, no sus víctimas, que fuimos casi todos los demás.





El senador Ricardo Núñez se ha dirigido a un atento y apreciativo auditorio del seminario «Ejército y derechos humanos: Compromiso para el siglo XXI», que se llevó a cabo en la Escuela Militar. Lo ha hecho en el marco de la situación generada en el país por la publicación del informe acerca de la tortura, y la exigencia generalizada a quienes participaron de una u otra manera en aquellos horrores a que asuman su responsabilidad. El senador, en cambio, aseguró que el Golpe de Estado de 1973 se hizo «francamente inevitable» debido al alto clima de polarización existente en el país a fines de la década del sesenta y comienzos de la del setenta.



Afirmó que no hubo voluntad suficiente en esa época, en la que, a su juicio, la vida en sociedad se «había hecho malsana». Núñez señaló que la confrontación ideológica se hizo evidente con lemas como el «Avanzar sin transar» y «Yakarta ya viene», lo que revelaba una profunda odiosidad de la que, dijo, ha sido difícil despojarse. Asimismo, reconoció que el respeto de los derechos humanos no fue debidamente valorado e internalizado por los actores políticos de la época.



El legislador agregó que la izquierda tampoco supo entender la posición de las fuerzas que se oponían a la llamada «vía chilena al socialismo», impulsada por el ex presidente Salvador Allende. «Desde nuestra perspectiva, qué duda cabe, hicimos una lectura equivocada de la situación. No entendimos el rol de la ideología de un sector importante de la sociedad, que no estaba en condiciones de aceptar la radicalización de la vía chilena al socialismo, que no quería seguirnos en nuestra propuesta de cambios, que deseaba seguridad por sobre el salto histórico que pretendíamos», sostuvo. A ello, añadió que «la prudencia y la apertura a otras fuerzas políticas a la que llamaba Salvador Allende, no fue escuchada por nosotros. El golpe de Estado se hizo, desgraciadamente, inevitable».



Efectivamente la vida en sociedad había alcanzado en 1973 un nivel malsano. También es verdad que algunos en la izquierda, entre los cuales confiesa haberse contado el mismo Ricardo Nuñez, no escucharon el llamado a la prudencia y apertura a otras fuerzas políticas a las que llamaba Salvador Allende, y llamaron en cambio a «avanzar sin transar».



Pero el senador Nuñez no tiene porqué sentirse tan arrepentido de ello, porque lo que hicieron él y quienes entonces compartían su posición no tuvo demasiada importancia en la creación del clima malsano existente a fines de 1973, que hizo posible el golpe de Estado y todo lo que vino después.



La responsabilidad principal de lo que ocurrió la tuvieron otros, y de muy lejos. La verdad es que el papel de la ultraizquierda de la época, el senador Núñez incluido según su propia confesión, no fue nunca demasiado relevante. Toda la verborrea revolucionaria ultraizquierdista de la época, como suele ocurrir generalmente con este tipo de expresiones políticas, fue en lo fundamental, por así decirlo, mucho ruido y pocas nueces. Fueron guatapiqueos, como se los calificaba con bastante justicia en las fraternales discusiones de entonces en el seno del pueblo.



Una de sus máximas construcciones, los famosos cordones industriales, por ejemplo, cuando fueron expuestos en detalle al general Carlos Prats poco antes del golpe en una reunión sostenida en casa de uno de los más locuaces voceros del «avanzar sin transar», merecieron el siguiente comentario del General: «aguantarán quince minutos el asedio de un pelotón». Así ocurrió efectivamente, aunque hay que mencionar que ese fue uno de los pocos lugares donde algo se peleó el «once’, por poco que fuera, a gran honor de los que en ello participaron y especialmente de aquellos que entregaron allí la vida.



La verdad sea dicha, estimado senador, toda la prédica y aún las acciones de la ultraizquierda del Chile de los sesenta y setenta, incluidos sus propios y personales aportes a la misma, hubieran pasado mayormente sin pena ni gloria. Esto es, naturalmente, si no hubiese sido por El Mercurio, su principal vocero de la época, junto al resto de la prensa reaccionaria. Aún más, estimado senador, si Ud., y la ultraizquierda de entonces no hubiesen existido, los hubiesen inventado. Como efectivamente ocurrió con el caso de connotados provocadores ultraizquierdistas que reaparecieron después como agentes de la DINA. Como quizás será comprobado cuando nuevas desclasificaciones de documentos nos muestren el muy probable papel de la inteligencia de los EE.UU. en el oscuro episodio del asesinato de Edmundo Pérez Zujovic.



Y eso nos lleva a la inevitable conclusión, estimado senador, que el clima malsano no fue en realidad el producto de que Ud. no escuchara los llamados del Presidente al diálogo y siguiera déle que déle con la lesera de «avanzar sin transar.» Que eso ayudó, ayudó. Que en ese momento Ud. la embarró, la embarró. Para que vamos a decir una cosa por otra, y es bueno que ahora lo reconozca. Pero nunca tanto, estimado senador. «No se me vaya al chancho», como habríamos dicho en otras épocas menos refinadas. La verdad es que aportó Ud. un elemento menor, y sin mucha importancia, a una campaña científicamente diseñada, y hábilmente ejecutada, por otros que no tenían ni un pelo de «ultras», destinada a crear en Chile un clima malsano que hiciera, como Ud. dice, inevitable, el golpe de Estado.



De paso, afirmar que algo que efectivamente terminó por ocurrir era, en el punto y en el momento que ocurrió, inevitable, constituye una simple perogrullada. El asunto es que Ud. sugiere que lo inevitable del golpe en el momento en que ocurrió se debería a la acción de la ultraizquierda, y eso es completamente falso.



Es más, no puede Ud. agregar al daño hecho entonces, el otorgar ahora una suerte de empate moral a quienes fueron en realidad los que lograron hacer inevitable ese momento. En lugar de seguir haciendo declaraciones destinadas nuevamente a acaparar los titulares de la prensa de derecha, quizás deberíamos intentar reflexionar un poco más en serio acerca de cuáles fueron las verdaderas causas de que en un momento determinado el golpe se hiciera inevitable, y lo que es peor, que ocurriera efectivamente, con las trágicas consecuencias que todos conocemos.



Para eso hay que analizar el período de entonces en su propio mérito. Se trató de un período auténticamente revolucionario, en que millones de personas sencillas asumieron una enorme y constante actividad política, impulsados por esa conjunción de astros que se produce muy de tarde en tarde, pero que provoca los grandes hechos históricos. Eran encabezados por un gobierno que en lo fundamental los interpretaba. Con objetivos y un programa muy claros y compartidos por la abrumadora mayoría de la población, a diferencia de lo que afirma el senador Núñez.



Estos no eran otros que remover las trabas principales que por décadas venían impidiendo el desarrollo del país, cuestión en la cual concordaban incluso los organismos internacionales y hasta la propia Alianza para el Progreso impulsada por el Presidente Kennedy. Se buscaba completar la reforma agraria, nacionalizar el cobre, hacer la reforma universitaria, combatir la desnutrición y el analfabetismo de la población, extender la educación y la cultura a millones de compatriotas. Esas tareas -recogidas todas en el programa de la Unidad Popular- se cumplieron en lo fundamental, con una extensión, una profundidad impresionantes, considerando lo breve del tiempo transcurrido.



Al mismo tiempo, los cambios se realizaron con un consenso -unanimidad en el caso del cobre, la misma que no ha logrado repetir para cambios muchísimo más moderados el ahora muy consensual senador Núñez- asombroso, considerando el clima creado por la desesperada resistencia a los mismos por parte de los sectores afectados. En lo fundamental, además, dichos cambios se realizaron en forma bastante pacífica y con un apego total a la legalidad existente, y desde luego con pleno respeto a los derechos humanos. Lo más importante para el país es que todas esas gigantescas transformaciones socio-económicas fueron en definitiva irreversibles y constituyen las verdaderas bases del Chile moderno.



Es cierto que el extremismo de izquierda de dentro y fuera de la coalición de gobierno de entonces promovió constantemente ir más allá del programa de la UP, y algunos «excesos» se cometieron en ese sentido. Pero en lo fundamental la acción del gobierno se ciñó a un programa de amplio consenso. Ciertamente el manejo de la economía no fue muy católico que digamos, sin embargo, fue conservador al lado de lo que han hecho otras revoluciones en este terreno.



Fue ciertamente importante la intervención de los EE.UU., pero otras revoluciones han sobrevivido a intervenciones extranjeras muchísimos más directas y dañinas. Las causas de que se llegase en un momento dado a la situación que hizo posible el golpe no se encuentran por lo tanto en ninguno de estos factores.
La situación se hizo insostenible en 1973 principalmente porque la oposición de entonces, hegemonizada crecientemente por la derecha, fue capaz, con el apoyo efectivo de los EE.UU, de generar un clima de caos generalizado y en ese clima, el mayor nivel posible de odio hacia el gobierno. «Junten rabia, chilenos» era su consigna.



La derecha estaba empeñada en ello desde el gobierno de Frei Montalva, contra el cual promovió ya un intento de golpe de estado. Dicha actividad se hizo frenética luego de la elección del Presidente Allende y antes de que éste asumiera la derecha asesinó al comandante en jefe del Ejército, General Schneider, en otro intento de golpe de estado, asimismo apoyado directamente por la CIA. Es decir, la derecha venía generando las condiciones que finalmente hicieron posible el golpe de Estado de 1973, desde antes que asumiera el gobierno de Allende.



Ciertamente, esta actitud de la derecha chilena no se debía a la tan manida declaración de del Congreso de Chillán del Partido Socialista, la cual desde luego se había quedado en eso, en las palabras. La actitud golpista de la derecha se debía en lo fundamental a que las transformaciones socio-económicas impulsadas por los gobiernos de entonces afectaban el corazón agrario de lo que con justeza se denominaba entonces la oligarquía.



Es por eso que no es más que un sofisma la argumentación del «empate moral», la idea de «los dos demonios», la idea de que no se puede culpar de lo ocurrido a sus autores «unilateralmente,» sin tomar en consideración el clima previo supuestamente creado por la ultraizquierda. Esta teoría fue formulada brillantemente por Jaime Guzmán como lo recordaba recientemente El Mercurio al reproducir una entrevista suya referida al tema. Claro que Jaime Guzmán agregaba por entonces una justificación adicional: el hecho que lo obrado por la dictadura era una suerte de guerra preventiva, para impedir el establecimiento en Chile de una dictadura comunista.



Naturalmente, a la luz de lo ocurrido posteriormente en los países socialistas, dicha argumentación parece hoy día francamente pasada de moda. Sin embargo, constituía entonces un argumento adicional muy efectivo en especial al interior de las FF.AA., formadas por los EE.UU. en la ideología de la guerra fría. Pero el hecho de que dichos argumentos fueran efectivos no significa que fueran verdaderos. Fueron en lo fundamental, eficaces construcciones de propaganda por parte de la derecha, las que ciertamente terminaron por creerse ellos mismos. Y todavía las repiten, con el inapreciable aval del senador Núñez.



La gente es capaz de soportar enormes sacrificios durante las revoluciones, y así ocurrió en nuestro país. Sin embargo, cuando lo fundamental que motivó a millones de personas a levantarse hasta ese estado de actividad se ha conseguido, la gente común y corriente empieza a valorar antes que nada la tranquilidad de vida cotidiana en condiciones de mínimo orden. Es lo mismo que ocurre en cualquier huelga, como lo saben todos los dirigentes experimentados.



El gobierno de la Unidad Popular no fue capaz de imponer el orden que entonces el país demandaba porque no tuvo nunca la decisión de antes ordenar sus propias filas. El error trágico del Presidente Allende fue precisamente ése, no estar nunca dispuesto a enfrentar con decisión el tema inevitable de ordenar la casa para adquirir la legitimidad necesaria para imponer el orden a quienes verdaderamente estaban promoviendo el caos en el país, que era la oposición de derecha, la que a esas alturas había optado directamente por el terrorismo desatado.



Esta indecisión del Presidente se mantuvo hasta el último día, cuando significó el retraso trágico de un llamado a plebiscito que bien pudo ser la última oportunidad para evitar el golpe de Estado. Ella estuvo en la base de la dificultad para alcanzar acuerdos con la oposición democrática, no golpista, así como para mantener la adhesión de las FF.AA.. Sin embargo, ello no se debió en lo fundamental al hecho que la ultraizquierda fuera en verdad muy importante, más allá de la estridencia que alcanzaba debido a la amplificación que le otorgaba la prensa de derecha. Fue más bien un problema del Gobierno y del Presidente, y también de los demás miembros de la coalición que pudieron imponer una conducta diferente al Presidente. En eso no estuvimos a la altura de las circunstancias, no cabe duda alguna.



El extremismo no es cosa buena. Tiene que ver con la unilateralidad, con la sobrevaloración al extremo de un aspecto determinado de la realidad, hasta el punto de distorsionar por completo las percepciones acerca de la misma. El extremismo conduce a las conclusiones más deschavetadas. Lamentablemente, dichas conclusiones generalmente inspiran acciones igualmente desequilibradas e irresponsables, a veces propias, pero las más de las veces de terceros, normalmente más o menos dañinas.



Nadie está libre de la unilateralidad, por cierto. Más bien, las visiones que logramos tener acerca de las cosas son normalmente bastante unilaterales. Sin embargo, la sola conciencia de la inevitable unilateralidad y limitación de las propias visiones usualmente constituye un buen antídoto contra el extremismo. Abre la mente a escuchar otras opiniones, a ponderar varios aspectos, antes de formarse una opinión, y muchas más todavía antes de recomendar o adoptar un curso de acción. La conciencia acerca de la propia unilateralidad aconseja prudencia.



Sin embargo, nadie está libre tampoco del extremismo, es decir, de ver distorsionados los propios juicios al extremo por un determinado aspecto de la realidad. Cuando jóvenes, por ejemplo, simplemente por inexperiencia, a veces sencillamente por entusiasmo, todos hemos sido muchas veces extremistas. No obstante, cuando seguimos siendo extremistas de viejos es como para preocuparse. Claro, puesto que ello apunta a una o varias de entre diversas posibilidades, ninguna de las cuales parece muy digna de encomio.



A veces los viejos nos ponemos extremistas por frivolidad, para llamar la atención con razonamientos bombásticos. Otras veces lo hacemos por oportunismo, para aparecer más papistas que el papa, para presentar un certificado de buena conducta, por así decirlo, cuando ello nos parece conveniente. Cabe también la alternativa todavía menos agradable de habérsenos revenido el cerebro en demasía hasta perder la capacidad de relacionar varias cosas simultáneamente.



Existen en política como es de sobra sabido, extremismos de izquierda y extremismos de derecha. Menos analizados, sin embargo, son los extremismos de centro, que también los hay, desde luego.



Los extremismos de centro absolutizan precisamente las buenas cosas que valoran y practican los del centro, al igual que ayer absolutizaban algunas de las buenas cosas que hacen los revolucionarios. Los extremismos de centro se presentan como el anti-extremismo, o como el extremismo arrepentido. Sin embargo, la exageración de las cosas del centrismo, la exaltación de la moderación, de la amplitud, del diálogo, de la conciliación en definitiva, puede conducir a conclusiones tan extremistas como la exageración unilateral de cualquier otro aspecto de la realidad.
Hay personas más propensas al extremismo de izquierda, otras al extremismo de derecha y también hay otras bien dispuestas al extremistas de centro. Y hay, finalmente, personas que se pasean de uno a otro extremismo. Estos últimos son extremistas sin remedio.



Finalmente, senador, quiero recordar a Ud. que la enorme mayoría de los militantes y partidarios de la Unidad Popular no siguieron nunca sus consignas extremistas de entonces. Muy por el contrario, apoyaron lealmente, hasta el final, al Presidente Allende. Aún más, aunque muchos estaban en contra del gobierno del Presidente Allende hacia fines de 1973, la mayoría de los chilenos estaba sin embargo en contra del golpe militar, como ha dicho el ex Presidente Aylwin. Una abrumadora mayoría lo hubiese rechazado con mucho mayor fuerza si hubiese sabido lo que se venía.



Así fue, por si Ud. no lo recuerda. Y en este sentido, la mayoría de los chilenos no tienen que arrepentirse absolutamente de nada. Mucho menos andar ahora golpeándose el pecho en la Escuela Militar para beneficio de los verdaderos y únicos responsables del golpe, que fueron quienes lo promovieron y realizaron, no sus víctimas, que fuimos casi todos los demás.



Quiero recordar adicionalmente a Ud. que los principales exponentes del ultraizquierdismo en Chile, que fueron los dirigentes y militantes del MIR -apenas unos muchachos entonces- fueron al mismo tiempo quienes más rápidamente reaccionaron ante la nueva situación creada luego del golpe militar, y enfrentaron a veces a los golpistas con las pocas armas que tenían, en las manos. Pagaron muy caro por ello. Con sus vidas en muchísimos casos; en primer lugar, con las vidas inestimables de Miguel Henríquez, Bautista Van Schowen, y tantos otros brillantes y consecuentes dirigentes que murieron como héroes.



Cientos de otros militantes y simpatizantes del MIR aportaron adicionalmente una cuota completamente desproporcionada de detenidos, torturados y exiliados por la dictadura. Con todos ellos Chile mantiene una gran deuda. Ellos representaron en ese momento mejor que nadie la dignidad de todos. Porque la única actitud digna de un pueblo oprimido siempre será luchar por su libertad con todos los medios a su alcance.



A todos ellos, estimado senador, se les debe más respeto.



Manuel Riesco es economista. mriesco@cep.cl

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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