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Desigualdades y actitudes escandalosas

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La Conferencia Espiscopal de la Iglesia Católica de Chile ha dado a conocer el documento «Hemos visto al Señor…». En él señalan que Chile avanza esperanzadamente hacia el Bicentenario, con evidentes logros sociales y políticos. Además se apresta a elegir en paz un nuevo Presidente de la República. En dicho documento los Obispos declararon su «preocupación por los hermanos y hermanas que sufren la injusticia de un salario, jubilación o montepíos insuficientes, y los efectos de una pobreza persistente.



En nuestro país las diferencias sociales, manifestadas en calidad de vivienda, acceso a bienes de consumo, salud, educación, salario, etc., alcanzan niveles escandalosos, mientras la equidad y la globalización de la solidaridad siguen siendo un desafío que aún espera respuestas urgentes. Invitamos a incentivar los programas encaminados a superar la pobreza y a implementar caminos de mayor equidad».



Tal declaración no pasó inadvertida y, al parecer, las desigualdades serán cuestión fundamental de la elección de diciembre. Se trata de un problema universal. Por ello los obispos católicos chilenos reclaman una globalización de la solidaridad para enfrenarla. Sin embargo, el mundo va en otra dirección. El destacado economista norteamericano Jeffrey Sachs así lo denuncia en su reciente libro «El fin de la pobreza». Según él la pobreza puede desaparecer del mundo el año 2025 sí y sólo si los países desarrollados ayudan a los países pobres.



Desde 1961 que la Asamblea General de las Naciones Unidas acordó que los países económicamente avanzados aporten el 0,7% de su Producto Nacional Bruto (PNB) en asistencia extranjera. Tal compromiso fue ratificado en la Cumbre de Desarrollo Social de Copenhague en 1995 y en Monterrey. No debiera ser tan doloroso, pues se trata de apenas setenta centavos por cada cien dólares de renta.



¿Cuál es el balance 44 años después? Para llorar a gritos. La ayuda mundial era de sólo un 0,33% a principios de los noventa. Hoy es aún menos: un 0,25%. El aporte social al desarrollo de Estados Unidos sólo asciende al 0,15 por ciento de su PNB. Anotemos que el gasto en defensa es de 4 por ciento, unos 500 mil millones de dólares. Nada menos que treinta veces la ayuda al desarrollo. Lamentablemente, en Europa sólo Dinamarca, Luxemburgo, los Países Bajos, Noruega y Suecia destinan el 0,7% en ayuda internacional al desarrollo. Mientras esto no cambie, el mundo seguirá divido por desigualdades escandalosas.



Por cierto, los Obispos chilenos no nos están pidiendo que nos quedemos de brazos cruzados esperando un cambio solidario global. Así, un semanario financiero convocó la semana pasada a algunos precandidatos presidenciales a hablar de cómo superar lo que llamó «vergonzosas desigualdades». No ayudó al objetivo del encuentro que no se haya invitado a todos los candidatos, particularmente a los de la izquierda extraparlamentaria. Tal omisión nos recuerda que mientras no rija en Chile la igualdad política, «una persona, un voto», es muy improbable que el diálogo en pro de la igualdad sea, en cuanto plural, sincero. Hubiese sido conveniente, quizás, escuchar también a los líderes sindicales chilenos.



Tampoco ayudó que tal diálogo se haya hecho en «Casa Piedra», verdadera Meca de los grandes eventos empresariales. Señalo esto, aunque resulte odioso, pues si se trata de hablar de desigualdades escandalosas, debemos hacernos primero un examen de conciencia y cargar en silencio y con vergüenza la vela que cada uno de nosotros aporta en este entierro de la caridad cristiana y de la justicia evangélica.



Pues escandaloso, para la teología cristiana, es toda acción u omisión que induce a pecar, que solicita al mal. Tal solicitación debiera producir, en una sociedad moralmente sana, inquietud, admiración e indignación, cuando no justa ira. Pues es escandaloso que gerentes de empresas que tienen sueldos treinta veces superiores a sus más humildes empleados hagan gárgaras públicas con la desigualdad y nadie diga nada.



Sea dicho de paso, por cierto la situación del sector público, en democracia, es bastante más equilibrada en este sentido que en el privado. Pero, por cierto, no es tampoco para cantar loas al Señor. Todo así resulta un poco escandaloso pues en la medida que tales escalas de sueldos existen, y no pasa nada, inducen a los otros a imitarlas. Bien que todos se incorporen al debate acerca de las causas y remedios de la desigualdades escandalosas. Mas que se haga predicando con el ejemplo y metiéndose la mano en el bolsillo. De otro modo, el resultado neto es otro escándalo más.


















  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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