John Bolton, un jurista neoconservador en la ONU
Neoconservador de la primera hora y hasta la médula, John Bolton será el representante de los EE.UU en las Naciones Unidas. Se repite la aventura de Paul Wolfowitz, el actual Presidente del Banco Mundial.
Poco importarán las oposiciones expresadas en los medios políticos, periodísticos y académicos de los Estados Unidos: el controvertido funcionario del primer círculo de hierro neoconservador del equipo de George W. Bush, será confirmado por la mayoría republicana del Senado. Como siempre, esto se hará después del ritual de catarsis, al cual se libra habitualmente, en casos como éste, la escena política oficial.
John Bolton (56), abogado y jurista dirigió durante años la American Entreprise Institute (una de las más poderosas consultoras neoconservadoras), fue Secretario Adjunto del Departamento de Estado encargado del control de armas y de la seguridad nacional. En los medios republicanos se lo conoce como el hombre de los tratados.
Vale la pena detenerse un poco en la filosofía jurídica del futuro embajador ante la ONU(1). Aplicando con rigidez la lógica neoconservadora, John Bolton sostiene la tesis que los Estados Unidos tendrían un estatuto jurídico particular en el concierto de naciones. Debido a sus responsabilidades singulares en el mundo de la posguerra fría, la superpotencia no estaría sometida a las mismas obligaciones que los demás Estados.
Bolton admite que la Casa Blanca firma tratados, pero sostiene con desparpajo que éstos no son vinculantes para su gobierno Â… puesto que nada es superior al texto fundador; la Constitución jeffersoniana. Esto implica que si un tratado limita la libertad de acción de los EE.UU, en el cumplimiento de su «labor benefactora», la Constitución, Ley Suprema, autoriza a ignorar cualquier tratado o convenio internacional. Por arte y magia del pensamiento neoconservador elaborado por Bolton, estamos en presencia de un imperialismo jurídico que no es otra cosa que la arrogante expresión ideológica de los intereses de las elites imperiales.
Recientemente, John Bolton demostró un desprecio por la ONU indigno de un diplomático. En un juego de palabras de evidente mal gusto propuso «desembarazarse de 10 de los 38 pisos de la ‘casa de vidrio», la sede de la ONU en Nueva York. Además, oficiales y analistas de inteligencia norteamericana, que trabajaron con él, lo denunciaron públicamente por haberlos obligado a inflar, en informes de inteligencia, el peligro que países como Cuba, Siria y Corea del Norte representarían para los EE.UU. Al mismo tiempo le enrostran el haber tratado por todos los medios de sacarlos de sus cargos, al haberse opuesto a tales manipulaciones.
Llama la atención que ninguna voz se haya elevado entre los habituales comentaristas internacionales (pienso en Vargas Llosa Jr. o en Andrés Oppenheimer, de Miami) -prestos en criticar a países como Cuba, Venezuela, Irán y Corea del Norte- para aplaudir o disecar la personalidad y las «dotes diplomáticas» del futuro jefe de la delegación norteamericana en el organismo multilateral por excelencia (la ONU).
Tampoco se han escuchado comentarios acerca de lo errado (o consecuente) de la decisión de Bush por parte de las cancillerías y de los diplomáticos latinoamericanos que se atropellaban para fotografiarse al lado de Condoleeza Rice en su última gira. Mutis por el foro. Porque, se diga lo que se diga, fue la propia Secretaria de Estado quien recomendó a John Bolton para ocupar el cargo: «Cuando buscábamos un embajador para la ONU yo pensé que John, con quien he trabajado mucho en diplomacia estos últimos 4 años, sería una voz fuerte»(2). Astillas de un mismo palo.
¿Que hará J. Bolton? Copar obstruyendo, para impedir toda reestructuración que democratice y amplíe el Consejo de seguridad de la ONU, que haga de este organismo multilateral la expresión de una comunidad de naciones que comparten valores comunes en la gestión de conflictos y en la aplicación del derecho internacional.
Así se consolida lentamente un estilo de ejercicio del poder que deja trazas indelebles en las estructuras multilaterales. Se radicalizan posiciones con personalidades fuertes que utilizan estrategias divisoras para atacar a quienes se han designado como enemigos, neutralizando a los adversarios y exigiendo pruebas de amor concretas a los aliados y valets. Se utiliza la desinformación para intoxicar a la opinión pública e incluso, la escucha electrónica de las delegaciones diplomáticas.
Mientras que la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, convertida en una trotamundos, se pasea de un extremo al otro del planeta marcando pautas y reclutando servidumbre con experiencia, no hay visos de estabilidad duradera ni en Afganistán ni en Irak. Al contrario, un repunte de la actividad insurgente en contra de la ocupación norteamericana se constata en las naciones ocupadas.
En los EE.UU la presión del gobierno Bush en contra de los medios que publican reportajes críticos sobre las vejaciones y torturas en Guantánamo llegó a extremos tales que el semanario Newsweek debió retractarse por haber citado declaraciones de un alto funcionario que reveló que soldados estadounidenses profanaban el Corán para presionar y ofender a prisioneros musulmanes. Donald Rumsfeld no negó los hechos sino que aconsejó a los medios «ser prudentes» con la información. ¿Libertad de expresión o autocensura?
La popular revista escribió lo que han afirmado numerosos reportajes anteriores escritos y televisivos europeos basándose en los testimonios de ex prisioneros franceses y británicos que estuvieron detenidos en la base militar donde se tortura como lo hacían en los ’70 las dictaduras latinoamericanas. Y por las mismas pseudo razones: la seguridad nacional y la guerra al terrorismo-subversión (la cuarta guerra mundial según los delirios de algunos).
Después de haber hecho gárgaras con la globalización del derecho y la justicia, las democracias occidentales y sus instituciones hacen la vista gorda a las violaciones de los Derechos Humanos. Pero en la compleja y dinámica sociedad norteamericana son muchas las organizaciones civiles de defensa de las libertades fundamentales que denuncian la tortura y resisten democráticamente a las nuevas formas de control político y social del Leviatán postmoderno.
(1) Según las informaciones y análisis de los periodistas de Le Monde, Alain Frachon y Daniel Vernet, vertidos en su libro L’Amérique messianique, Seuil, 2004, página 41.
(2) La Jornada, 7 de mayo 2005
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Leopoldo Lavín Mujica*. Profesor del Departamento de Filosofía del CollÄge de Limoilou, Québec, Canadá.
leopoldo.lavin@climoilou.qc.ca
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