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La cruzada de la mala hierba

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Quizás lo que diga a continuación, motivado tanto por el documental «Actores Secundarios», como por las reacciones posteriores, pueda sonar un poco burdo y básico, pero me excuso en que se trata de una comunicación informal bastante íntima y algo autorreferente (todo testimonio lo es), y no un ensayo cuyos supuestos y operaciones requieran ser mayormente fundamentados.



Personalmente creo que la mala hierba nunca muere. Y parte de la mala hierba somos nosotros los «actores secundarios» (título del documental muy sugerente, más allá del contenido melancólico, del todo legítimo por lo demás, con el que a poco andar fue siendo llenado en la sala de edición). Para mí, el que la mayoría de aquellos que fuimos sigamos siendo, estemos vivos y cuerdos (cual más, cual menos) es todo un triunfo.



Como la mala hierba, a pesar de los pesares, no nos pudieron exterminar. Podríamos sospechar, como los autores alemanes que se lamentaban de que los nazis no les quemaron sus libros, de que esta sobrevivencia es un signo de que nos fue permitido, ex profeso, vivir. En tal caso, nuestra vida ya no sería nuestra, sino como le ocurrió a los delatores, viviríamos de prestado, funcionales máquinas sin libre albedrío. Replicantes, como en Blade Runner.



Con todo el tiempo que ha pasado no me siento que se me haya favorecido con el don de la sobrevivencia para ser un replicante. Sí, es verdad, hay gente que tiene cargos y negocios, y la transición ha sido su mina de oro, y en justicia (quizá) otros, más entregados y sacrificados a la causa, debieran estar ahí. No he sido invitado a esa fiesta, no pongo la música, pero tampoco -ay, dolor, porqué digo esto- me interesa.



Y claro, tengo que trabajar como bruto, desvivirme en la angustia por la salud de mis hijas, enrabiarme por las pequeñas injusticias cotidianas a que es (soy) sometido el vulgo, etc. Pero esa historia no es sólo mía, sino de toda mi familia por generaciones. «Mi gente» ha sido, durante dos siglos, explotada. Claro, mi bisabuelo era artesano zapatero, mi abuelo periodista autodidacta, mi padre profesor normalista, yo profesor universitario.



Pareciera que hay «movilidad social», pero la verdad es que no. Sólo ha cambiado la escala, y yo, respecto de quienes están en el cinco por ciento superior de la distribución del ingreso en Chile, sigo siendo un proletario de mierda, que tiene que trabajar de sol a sol (en realidad de iluminación artificial a iluminación artificial) para poder comprarme Ä„tres libros! al mes y asegurar mis condiciones materiales de existencia (comer, vestirme, dormir).



No conozco otra vida. No me enorgullece para nada (no ando con casco de obrero ni overol para saber que soy tal), pero eso es lo que soy, eso fue mi viejo, su padre y su abuelo. Es un dato de la causa, nada más. Pero tampoco nada menos. Y todavía tengo el bichito de que esto no tiene porqué seguir así. Por todo el oro del mundo no quiero que mis tres hijas tengan que trabajar catorce horas diarias para tratar de vivir decentemente. Es más, para mí mismo no quiero esta realidad de no tener tiempo para tomarme MI tiempo.



Tampoco quiero que el esfuerzo de mis antepasados, de darme herramientas de lo que antiguamente llamábamos «conciencia de clase», quede a medio camino. Me sigo preparando, leyendo, discutiendo, haciendo flexiones y saliendo a trotar (Ä„en serio!) para cuando sea necesario. Y gasto lo que consigo con el sudor de mi frente en conciertos, discos, libros, viajes al sur, etc., porque también nos pertenece lo que la humanidad produce.



A mi hija mayor no le canto «A las barricadas», pero escuchamos Molotov, nos conmovemos con Manu Chao y Bersuit Bergarabat, y discutimos sobre la puesta en escena de Kraftwerk o lo fome que fueron los Chemical Brothers. Le pido que me acompañe a despedir los restos de Luis Advis y le explico su aporte a la música docta chilena al hacer una cantata para los trabajadores del norte. Y creo que no sabe mucho sobre Karl Marx, pero sí tiene claro que la ciudad de Santiago está pésimamente diseñada, que hay especies en extinción, que la danza no tiene recursos suficientes para proyectarse, que a los mapucheperuanosbolivianoscoreanosychilenosensuecia se les quiere hacer desaparecer pues son diferentes y delatan, con su sola existencia, todo lo que se llevan los dueños de los diariosradioscanalesempresasarmasdrogasuniversidadesyprostitucióninfantil. En fin, a sus doce años la tiene bastante clara: que si no trabajamos nos vamos al coño, mientras otros se soban la guatita y van a la nievedesiertolagunasanrafaeleisladepascua.



¿Y no era de eso de lo que se trataba, hermanos y hermanas? Más allá o acá de la democratización de los centros de alumnos, de lo entretenido que es para cualquier generación tomarse su liceo y encerrar a los profes, más allá de lo que sentimos y gozamos haciendo lo que hicimos.



Quizás suene feo y burdo (lo advertí): siempre se trató de lucha de clases. Al menos para una parte importante del movimiento social del que formamos parte. Y esa causa no ha sido derrotada, pues el problema se mantiene tal cual ¿o alguno de ustedes pertenece al dos porciento superior del ingreso de este país? Da lo mismo el formato, la bandera, la edad, el gurú de turno, etc.



El problema es el mismo, y nosotros también, a pesar de los pesares y de que ahora no andemos con el morral sino, algunos, con la Palm o conectados, en este momento, al ciberespacio, desde donde les mando un fuerte y cariñoso abrazo, de mucho ánimo y alegría, porque aún hay mucho que hacer y todos están bienvenidos a la cruzada de la mala hierba que nunca muere (porque para que muera tendría que morir el sistema que la engendra, pero esa ya es harina de otro costal).



Manuel Guerrero Antequera es sociólogo y profesor universitario. Su padre fue uno de los profesionales comunistas degollados por agentes del régimen militar en 1985.




  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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