Éramos tan pocos que parió la abuela…
La derecha tuvo que reconocer que no contaba con la fuerza necesaria para enfrentar con posibilidades de éxito las próximas elecciones presidenciales, emergiendo la candidatura de Sebastián Piñera como verdadero certificado de defunción de una Alianza por Chile que existía sólo en el papel. Sin embargo, este hecho que demuestra la potencia de la alternativa concertacionista, ha sido puesto en duda por quienes desde el oficialismo insinúan el peligro de una derrota, desconociendo la historia, la evolución de nuestra sociedad y las transformaciones del sistema político.
La UDI creyó en un momento que la mayoría conseguida en votos se convertiría en hegemonía absoluta en el corto plazo. Para eso contaba con un partido disciplinado, el apoyo de los empresarios más poderosos del país, un líder con arrastre popular como Joaquín Lavín y una identificación con el pinochetismo que, incluso, le permitía abandonar al viejo general sin el peligro de ser catalogados como desleales con «la obra del régimen militar».
Por otro lado, Renovación Nacional hacía agua por todas partes, no encontraba el sostén necesario para un discurso propio, sus dirigentes que en el pasado se llamaban a sí mismos «liberales», se comprometían con el proyecto de sus vecinos conservadores, las divisiones internas inviabilizaban cualquier otra opción y parecía que ya se habían rendido ante lo inevitable.
Pero el escenario cambió. Y el clamor popular encarnó en una mujer sus anhelos de un trato más respetuoso e igualitario, de mayores libertades, más equidad en el reparto de los frutos del crecimiento y más participación en la toma de decisiones del Estado. Además, la gente todavía considera a los gobiernos de la Concertación como el mínimo aceptable para la democracia, a pesar de las críticas, los errores y las debilidades, así como el contundente respaldo ciudadano a la gestión del Presidente Lagos, demuestra que su confianza aún permanece intacta.
De esta manera, la derecha se quedó atrás, las encuestas demostraron que sus promesas convencían cada vez a menos personas y comenzaron a aflorar los personalismos que tradicionalmente han cruzado a este sector político. Hasta que un día nació la candidatura de Sebastián Piñera y, como en los cuentos infantiles, el príncipe dormido por la aguja envenenada de sus adversarios despertó. El poder que le dan sus millones, la simpatía que demuestra en cámara y la inteligencia que nadie niega, le convenció que había llegado la hora de irrumpir en la carrera por La Moneda, porque no tiene nada que perder y mucho que ganar: ¿sembrar ahora para cosechar en el 2010?
El sentido común indica que dos candidatos y el renacer del espíritu de fronda ponen en peligro a la derecha de perder en la primera vuelta. En todo caso, como dicen los ingleses, el sentido común es el menos común de los sentidos, por lo que algunos personeros de la Democracia Cristiana se adelantaron en declarar que Piñera era una amenaza pues ocupaba el centro político y que era necesario revisar el acuerdo de realizar primarias.
Si bien la reacción del partido de la falange fue rápida para desautorizar a los nerviosos e imprudentes, es bueno ahondar en el análisis porque opiniones de este tipo indican que hay quienes no han comprendido cabalmente la naturaleza del país en que vivimos.
La Concertación es un proyecto y no una mera alianza electoral. La lucha contra la dictadura y los años de administración conjunta han construido no sólo una amistad cívica, sino que una comunidad de propósitos que, con matices y orientaciones plurales, concibe un modelo de país democrático y moderno, integrado a América Latina y al mundo, con cohesión social, justicia y solidaridad.
Aquí están el centro y una parte considerable de la izquierda, juntos en lo que se ha llamado el «progresismo», conglomerado que expresa las transformaciones ocurridas en el sistema político chileno de los últimos treinta años, y que reúne la potencia y la legitimidad suficiente como para ganar cualquier elección, condiciones que se volverían en contra de quien quiera romper con la coalición más exitosa de la historia de Chile.
La derecha, en cambio, no ha logrado despegarse de su pasado autoritario, carece de credibilidad democrática y de la capacidad para interpretar segmentos de la población más allá de su propio espacio, y ha sido incapaz de mostrar la solidez que se requiere para ser alternativa de gobierno.
Ahora aparece una figura que concita nuevamente la esperanza de que es posible algo distinto, pero una cosa es lo que se quiere y otra muy diferente la realidad. No tenemos delante al líder de una gran corriente de pensamiento, ni al constructor de un partido, ni siquiera a un operador político comprometido con una causa mayor. Sebastián Piñera es un personaje y sus circunstancias, un hacedor de empresas y publicista de si mismo cuya imaginación y gusto por el poder lo llevan a estar en política. Una especie de Silvio Berlusconi versión chilena, que no pasa del jurel tipo salmón de la típica fotocopiadora criolla.
También se equivocan los que creen que su origen demócrata cristiano y la decisión de votar no en el plebiscito le dan credenciales suficientes para sumar a una parte del centro, porque quienes opinan de ese modo se olvidan que su identificación con la derecha lo aparta de un segmento de los chilenos que sabe distinguir entre la simpatía y sus convicciones.
¿De que se trata, entonces?. Me parece que de la evidente falta de apoyo de una opción que no logra remontar y que se siente amenazada por un nuevo adversario que bloquea la posibilidad de crecer hacia la vereda contraria. Pero este es un falso dilema que da lugar a conclusiones equivocadas. Hay que escuchar a la gente y de vez en cuando hacerle caso.
Cristián Fuentes V. Cientista político.
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