«Para nosotros, la libertad…»
Hay temas que no se pueden eludir y que las noticias internacionales se encargan de volver a evocar cuando menos se esperan. El de la libertad de conciencia se destaca en primera línea y siempre entre los más polémicos. Claro que todos estamos de acuerdo sobre el principio, la teoría, el concepto, o cualquier nombre no figurativo que se le pueda otorgar. Pero también debemos reconocer, por mucho que nos duela, que tiene sus propios límites, considerando que toda conciencia nace en la sociedad misma.
Me acuerdo que el tema había surgido con fuerza unas semanas atrás, en una picada a pocos metros de la Plaza Italia donde la conversación se había deslizado de consideraciones estrictamente literarias al tópico más abstracto de la tolerancia. En algún momento, animada por el deseo de provocar para dar un nuevo impulso al debate, se me ocurrió lanzar en la mesa una ley que fue promulgada en Francia aproximadamente un año atrás, como consecuencia de la llegada masiva de inmigrantes islámicos, con formas de vida y de expresión cultural que habían generado conflictos violentos y repetidos en los establecimientos escolares. Basándose en los principios de libertad de conciencia y de laicidad sobre los cuales descansa la Constitución francesa en general y la legislación del sistema de enseñanza pública en particular, dicho texto prohibía el uso de cualquier signo religioso, sea cruz, kipá, velo u otro, en las escuelas estatales.
Cuando conté esa anécdota en mi grupo de amigos -con los cuales sigo convencida de compartir una profunda comunidad de ideas-, las reacciones no se hicieron esperar, pero en una dirección opuesta a la que había imaginado: lo que se había concebido, originalmente, como una protección de la libertad individual era interpretado ahora como una violación de ésta.
El mismo concepto de tolerancia y de libertad de conciencia supone que todas las opciones morales y espirituales son aceptables mientras no dañen a los demás ni afecten los derechos de otros ciudadanos, lo que significa que una creencia, sea lo que sea, no se puede apropiar de un espacio compartido por la comunidad o de los medios de comunicación públicos. Ahora, no cabe duda que la frontera es estrechísima y fácil de traspasar sin que nadie se diera cuenta, hasta que se haya realizado un acto de violación de los derechos básicos. Ahí abundan los ejemplos…
Uno bastante impactante salió el 2 de marzo pasado en la edición internacional del diario alemán Spiegel: una mujer turca de 23 años, matada por balazo en plena calle en Berlín, «crimen de honor» (entre los 40 que han alimentado a las columnas desde el año 1996) cometido por sus propios hermanos. ¿Su delito? haberse divorciado de su primo, también turco, con quien había sido forzada a casarse a los 16 años. En el mismo impulso de independencia, Hatin Surucu había descartado su velo, se había matriculado en una escuela técnica donde estudiaba para ser electricista, y había empezado a salir con hombres alemanes: una suma de corrupciones inaceptables para su familia y comunidad… que realizaron los funerales según la tradición islámica, con el ataúd envuelto en versos del Corán.
Si volvemos al debate anterior a la luz de ese evento, la controversia pierde su validez. En Europa existe un problema cada día más agudo con las mujeres islámicas quienes, a veces, han nacido fuera de su país de origen, y sin embargo siguen padeciendo el yugo de una cultura machista y segregacionista a la cual la mayoría de ellas quieren escapar. No nos hagamos los inocentes: la famosa prohibición del uso de atributos religiosos en las escuelas públicas se refiere claramente al velo, ya que antes de la proliferación de familias islámicas, habían cohabitado grupos religiosos distintos por décadas, en esas mismas escuelas, sin que haya sido necesario implementar una reglamentación similar.
Ahora, ese signo de pertenencia a una comunidad espiritual se ha transformado en sinónimo de violación de los derechos humanos y del ciudadano.
Recordemos que la legislación de Francia, país que nos sirvió de ejemplo, da el derecho de crear escuelas confesionales subvencionadas por el Estado donde ese tipo de restricción no se aplica. Prohibir el uso de atributos religiosos en las escuelas públicas es una manera de dar a las niñas y adolescentes procedentes de grupos intolerantes e incluso fanáticos, una oportunidad de conocer otra realidad durantes las horas cotidianas correspondientes a la educación obligatoria.
Además, esa «prohibición» tan controvertida es la ilustración viva de un concepto sobre el cual nadie me va a contradecir: respetar las opciones morales y espirituales de los ciudadanos no equivale a darle a cualquiera el derecho de invadir el espacio común, sino que permite a todos vivir en una igualdad básica, sin jerarquización ni autoridad impuesta.
Sylvie Moulin. Académica, cronista y coreógrafa.
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