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Descriterios

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El ejército tiene ciertos reflejos instintivos reconocibles. Bajo presión, lo primero que hace es secuestrar información, para luego poner en práctica una estrategia en que dicha información, que debía ser de conocimiento público inmediato, se va dispensando de manera controlada y dosificada. La finalidad es evidente y hasta entendible: salvaguardar la imagen institucional, meta que pareciera adquirir más importancia que cualquier otra.



En este aspecto, el ejército chileno se ha modernizado en parte: ahora cuenta con un comandante en jefe avezado y astuto a la hora de ponerse frente a los micrófonos. Fue Cheyre quien puso a circular la analogía del «tsunami» para manipular la percepción de la tragedia de Antuco. En nada se parece un fenómeno tan extraordinario e impredecible como el tsunami a una tormenta de nieve que había sido pronosticada, y menos aún en una zona donde estas «sorpresas» ocurren con normalidad en esta época del año. Pero se entiende la analogía al tener en mente que la intención principal de Cheyre en un comienzo fue la de dar la impresión de que la ineptitud demostrada por el ejército al enfrentar la situación era explicable, comprensible y hasta natural: ¿a quién no lo descoloca un tsunami?



El comandante en jefe asumió una vez más la tarea de tener que dar la cara por acciones inexplicables, tanto de los responsables directos de la marcha, como de los oficiales que enfrentaron en primera instancia las preguntas de los parientes de los conscriptos y de la prensa. Sin embargo, a pesar de que se vio obligado por la tremenda evidencia a reconocer que el mando del regimiento había dado una orden irresponsable, el comandante en jefe no resistió la tentación autocompasiva que se ha hecho costumbre entre los uniformados chilenos: la de retratar a las fuerzas armadas como víctimas y no como responsables de la muerte de compatriotas, echando mano si fuera necesario a insinuaciones de complot, por ridículas y desubicadas que resultaran. No se sabe qué fue eso de los «infiltrados» que echaban a correr «desinformación», por ejemplo.



La contrapartida del mediatizado Cheyre fue el general Rodolfo González, quien se permitió muestras de impaciencia ante legítimos cuestionamientos, respondiendo en un tono golpeado a familiares y periodistas, y demostrando una falta global de sensibilidad en su trato con los civiles. El mismo contraste se ve entre la afabilidad y simpatía personal del nuevo comandante del regimiento, el coronel Espinosa, y la parquedad distante del depuesto mayor Cereceda, el que supuestamente dio la fatídica orden de marchar.



Pero estas dos modalidades de respuesta militar (que trasuntan inevitablemente la clásica y siniestra táctica del bueno y del malo en la tortura) son facetas de una misma estrategia. El fin último es el de exculpar a la institución, limitar las responsabilidades, y -esto es lo más grave— soslayar que las órdenes criminales que se dieron no fueron producto de un «descriterio» sino más bien de la conjunción perniciosa de una cultura autoritaria dentro del cuerpo armado, de un clasismo establecido en su estructura misma y, finalmente, de una larga historia de ocultamiento e impunidad.



Lo que revela el episodio de la muerte de los conscriptos en Antuco es que en este ejército del siglo XXI las órdenes no son cuestionables aunque denoten imbecilidad, que los reclutas y clases son ciudadanos de segunda categoría y que, por último, la alta oficialidad jamás se hace directamente responsable de nada, optando por culpar a los mandos medios.



Quizás la mayor distorsión en este caso sea el protagonismo del general Cheyre, cuya presencia mediática ha competido por el centro del interés con los verdaderos afectados por la muerte de los conscriptos. El relato del propio Cheyre de su encuentro con el cadáver de José Bustamante Ortiz, según el cual el general desnuda al soldado muerto de su precario uniforme mojado, le pone su propia ropa (incluyendo los calzoncillos) y le da su medalla protectora, ha recibido mucha más atención que los desmentidos o las dudas de la familia del conscripto, quienes aseguran que no se encontró tal medalla, que las ropas del soldado eran las de siempre y que más encima todavía estaban mojadas.



Mi intención no es poner en duda la historia que cuenta Cheyre (a pesar de las contradicciones y la parquedad de los testigos, todos subordinados, por cierto) sino señalar que el comandante en jefe sabe ubicarse muy bien en el centro de cualquier escenario y hacer suyo un sufrimiento del que no le corresponde apropiarse. Vestir el cuerpo de un muerto, sobre todo el de un muchacho todavía adolescente, es un ritual profundamente íntimo, que debería estar reservado para los familiares más inmediatos.



Con su performance autorreferente, Cheyre ha mostrado la seguridad típica de quien sinceramente se cree exento de toda culpa, lo que es tan lamentable como la incapacidad de los medios de darse cuenta de que este protagonismo emocional usurpa el lugar que corresponde solamente a los deudos y a la memoria de cada muchacho campesino que murió desprotegido y aterrado en medio de la tormenta. El comandante en jefe hubiera sido mucho más comedido en sus acciones y en sus palabras si los muertos fueran alféreces de la Escuela Militar; también cabe especular que se hubiera esperado su renuncia inmediata. Pero esta especulación es ociosa, porque en el ejército no existe la igualdad; a los cadetes se les da buen equipamiento y no se los somete al grado de violencia arbitraria que deben soportar los conscriptos en cada regimiento de Chile donde ocurren -a menor escala, pero constantemente—estos lamentables «accidentes».



Se podrá hablar de un «ejército de todos los chilenos» cuando la alta jerarquía se haga personalmente responsable de lo que sucede bajo su mando y cuando deje de recurrir a trucos de relaciones públicas que demuestran, a fin de cuentas, descriterio e insensibilidad, dos defectos que son incompatibles con el manejo de las armas y con el tutelaje de jóvenes inocentes.



Roberto Castillo, escritor chileno radicado en Estados Unidos (castillo_sandoval@post.harvard.edu).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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