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La indignación de la vejez

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Hay tantas cosas que me conmovieron de Saraband, la última película de Bergman: su estructura novelesca; las claras reminiscencias psicoanalíticas de la historia; su mirada neutra ante dramas cercanos y verosímiles que nos desarman; la implacable inercia de la vida, donde nuestros actos van sumando a un todo del cual no podemos librarnos aunque queramos; pero sobre todo me estremeció el crudo retrato que hace de la vejez.



Cuando dejemos de ser hábiles, cuando dejemos de tener valor económico, bien sea en términos de dinero, fama, fuerza de trabajo, sexualidad, es decir, cuando ya no sirvamos para nada y a nadie, el valor de nuestra vida se tornará difuso para los demás.



Tengo miedo de llegar a viejo, de quedarme solo, sin nadie que se preocupe por mí. Soy un poco cascarrabias, un tanto intransigente y también mañoso, pero ni más ni menos que el común de la gente, y me pregunto: ¿Quién cuidará de mí cuando ya no valga nada? Debo de confiar en los afectos que he cultivado durante la vida, me respondo, aunque tal vez no sea suficiente: basta mirar alrededor, aquí frente a mi casa, en el Parque Forestal, y ver las decenas de viejos solitarios sentados en una banca, o acarreados en una silla de ruedas por una enfermera. Además, los pocos grandes afectos que conservo y cuido, seguramente, para entonces, van a estar pasando penurias semejantes a las mías, y quizá la mayor compañía que podamos brindarnos será una llamada matutina para saber cómo va la próstata o la artritis, si es que aún conservamos el juicio.



Más de alguien replicará: para eso están los hijos. Bueno, no tengo la suerte de tener hijos y la legislación chilena no me permite adoptar uno con mi pareja. En la película, los hijos tampoco están ahí para los ancianos: no quieren saber nada de ellos por antiguas querellas o se han marchado lejos. Quienes los conservan cerca y mantienen una buena relación pueden sentirse un tanto más respaldados; aún subsiste un cierto deber moral de cuidar a los padres durante la ancianidad. Sin embargo, la vida moderna hace cada vez más difícil esta tarea y van quedando pocos que tienen el tiempo, el espacio y la generosidad para sacrificar parte de su vida ofreciendo cuidado y compañía a un viejo inútil.



Como resultado de esta cuenta amarga, estimados lectores, una mayoría de ustedes terminará sus días en una interacción más cercana con su cuidadora o con el vecino de pieza en la casa de reposo, que con sus propios hijos.



Propósitos y loables ideas para cambiar este estado de cosas existen por cientos, cada uno de nosotros ya habrá tomado sus propias precauciones, pero, como inspiración para la lucha, prefiero una imagen de la película: un viejo huraño mirando a la cámara lleno de indignación, corroído por la angustia. Pareciera decir: no bastan los eufemismos y las buenas intenciones.



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* Pablo Simonetti es escritor

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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