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La Contraloría y los estatutos de la U. de Chile

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A partir de una visión estrictamente moderna de la vida, la historia se asemeja a una vigorosa locomotora. Cuyo sentido y orientación es determinada por la izquierda y el progresismo, pero su velocidad es regulada por la pugna entre tales fuerzas y el mundo conservador y de derecha. Así es como, mientras los sectores privilegiados de la sociedad lograron detener por siglos el desarrollo de los derechos laborales, el actuar de los sindicatos, a veces a nivel microscópico, logró la disminución de las horas trabajadas.



Por lo menos desde mi punto de vista, agnóstico por cierto, la única posibilidad de una vida con sentido es tomar parte por el proyecto de trasformación que encarna el progresismo y la izquierda. Pues, aunque la derecha nos hace perder el tiempo y, de esta manera, la posibilidad de una mejor vida para las generaciones contemporáneas, su efecto desaparece a la luz del curso de la historia. De hecho, en la práctica deben negar su tradición, a saber, muy pocas personas de derecha tendrían cara, aunque lo piensen, para decir hoy en día que la gente debe trabajar 14 o 16 horas diarias.



Sin embargo y, a pesar de su pequeñez histórica, el mundo conservador logra frenar por instantes finitos del tiempo procesos de relevancia histórica. Es así como, en el transcurso de la semana pasada la Contraloría General de la República ha rechazado la tramitación de los nuevos estatutos de la Universidad de Chile.



Más allá de los argumentos jurídicos, los cuales en una pequeña porción podrían tener cierto mérito, el texto de rechazo demuestra una inconmensurable ignorancia del quehacer universitario, toda vez que el texto desconoce la autonomía de la institución. Aspecto que ha estado estrechamente ligado a la tradición histórica de nuestra casa de estudios y que, además, ha sido clave en su capacidad de pensar y transformar el país.



Mucho peor aún, el documento no sólo muestra tal desconocimiento de la historia de Chile, sino que además, revela una clara animadversión contra la Universidad de Chile y su trascendental proceso de creación de estatutos democráticos. Seguramente los señores de la Contraloría no desconocen, que la génesis de tales estatutos es la primera experiencia post dictadura, en que una comunidad define democráticamente su carta fundamental. Aquello no sólo contrasta con la experiencia del último cambio constitucional del país, el cual se desarrolló a puertas cerradas, sino que además es absolutamente ajeno a la naturaleza antidemocrática de la misma Contraloría.



De manera más específica, cabe señalar que el documento de rechazo presenta notables contradicciones, ya que más del 80% de lo objetado ya está asumido en el vigente DFL (decreto con fuerza de ley) de 1981, en relación con la autonomía que la Universidad tiene para determinar su organización. Por otro lado, ya en un contexto de democracia, en el año 1994 la Contraloría aprobó en igual procedimiento los estatutos de las nuevas universidades estatales que se estaban creando (la Universidad de los Lagos y la Tecnológica Metropolitana). En los cuales se pueden ver los mismos elementos de supuesta inconstitucionalidad, que hoy arbitrariamente se le objetan a los estatutos de la Casa de Bello.



Tal vez, la diferencia reside en lo «peligroso» de nuestro proceso de definición de nuevos estatutos. Pues seguramente estos caballeros de la Contraloría han de conocer que nuestros estatutos fueron refrendados en los tres estamentos de la Comunidad Universitaria. Que incluso, nuestro proceso permitió que tal comunidad retomara, después de los oscuros años de la dictadura, su voz rectora de quehacer universitario. Tal vez, se teme que poco a poco este país sea más democrático, que las personas definan de manera participativa el curso de sus vidas, que exista una espacio para tan importante definición, que en el futuro la Contraloría General no se pueda dar las atribuciones que se da en la actualidad, donde con sus torpes objeciones pretende asumir un rol de órgano colegislador.



Ante este ataque del mundo conservador y sus poderes fácticos, la Comunidad universitaria debe reaccionar con toda la fuerza de la tradición que encarna, tradición de excelencia, de transformación social, de respeto a las ideas y de compromiso con la realidad nacional. Tradición que contrasta con el lastre dictatorial que ostenta la Contraloría y su ejército de abogados al servicio de los enclaves autoritarios.



La Comunidad de la Universidad de Chile debe aprovechar este duro revés para dejar de vivir con el vuelito que nos dejó el proceso de fines de los noventa. La locomotora de nuestra modernización y democratización, esqueleto de los nuevos estatutos, debe reanudar la velocidad de antaño. Pues cuando la Chile se transforma el País también lo hace y cuando aquello sucede los arquitectos de los obstáculos a los cambios sociales que urgen en el País, vuelven a sus casas con la sensación de un esfuerzo en vano, de una vida sin sentido.



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Nicolás Grau Veloso. Presidente de la FECH.






  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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