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La llamada

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Respirando agitado y sudando a chorros, Máximo Espina se quedó un rato con el auricular como adherido a su oreja derecha, escuchando con los ojos desmesuradamente abiertos y la sonrisa congelada el característico ruido entrecortado que emite el teléfono cuando una de las partes ha cesado la comunicación. Cuando logró apartar el teléfono, se dejó caer pesadamente sobre el sillón, estiró las regordetas piernas y colocando ambas manos entrecruzadas sobre su nuca, se puso a mirar detenidamente el techo de la habitación. Mientras se aprestaba a repasar con anticipado deleite cada una de las palabras que acababa de escuchar de boca del amigo que acababa de llamarle desde Santiago.



Un segundo antes de rebobinar la conversación, un leve temblor le sacudió las entrañas al caer en la cuenta que esa llamada a su refugio veraniego debía de haberlo puesto en evidencia. A esta hora, todos sus compinches debían de estar ya bien enterados de que no se encontraba en Cachagua, Maitencillo o Caburgua, a donde les había anunciado que partiría por unos días, sino en el más modesto balneario de El Tabo, más precisamente en sus cercanías, y en una casa arrendada, a mayor abundamiento. Casi llegó a pensar que aquella imprudencia innecesaria pudo haberlo liquidado en sus pretensiones, pero se tranquilizó considerando que de todos modos lo habían llamado. Demostración más que suficiente de que su pequeña mentira no había conducido su anhelo cuesta abajo al fondo del precipicio.



Guatón, le había dicho su interlocutor y amigo. Al fin consigo encontrarte. Llevamos horas tratando de localizarte en tu celular, pero nos daba una y otra vez con el buzón de voz, o la grabación nos indicaba que tu teléfono estaba fuera del área de cobertura. Así es que después de mucho tratar de ubicarte por cielo y tierra, preguntando a conocidos y familiares tuyos logramos dar con tus coordenadas. No es el mejor momento para desaparecer del mapa, eso deberías saberlo, pero en fin, lo que importa es que te encontramos.



Te llamo para decirte que tal parece que nuestros esfuerzos darán resultado, y tendremos la satisfacción de verte ungido como ministro en las próximas horas. El asunto esta cerrado en un 99,9 %, y, salvo que ocurra algún imponderable de ultimo minuto, cuestión improbable, debieras ser contactado en las próximas horas, ya imaginarás por quién, para ser notificado personal y formalmente de tu designación. Te advierto que sólo tienen tu número del celular y que no hay manera de hacerles llegar el de tu teléfono fijo. Así es que toma todas las providencias del caso para asegurar que efectivamente te contacten.



-Te recomiendo encarecidamente -continuó su interlocutor enfatizando sus palabras- que te mantengas muy alerta y con tus cinco sentidos concentrados esperando la llamada. Cosa que no sabemos exactamente cuándo va a ocurrir, salvo que probablemente será en los próximos minutos o quizás horas, cuando mucho. Y por favor, te ruego que cuando la recibas no dejes de llamarnos para darnos los detalles.



Una vez concluido el repaso mental de la conversación, Espina se incorporó como movido por un resorte en busca del teléfono celular. Con las manos crispadas comenzó a hurguetear desesperado por todos lados, sin lograr comprender como podía ser posible que precisamente ahora no supiera del paradero del pequeño aparato. El mismo que casi había pasado a formar parte integral de su anatomía, puesto que solía portarlo casi todo el tiempo empuñado en su mano izquierda. Y buscó y buscó su extraviado artefacto, manoteando y desbaratando cuanto encontró a su paso, hasta que al fin lo encontró. Negro y durmiente, envainado y silencioso en el bolsillo superior de la chaqueta con la que había llegado a su remanso playero.



Cuando Espina agarró el aparato enarbolándolo como un trofeo entre sus sudorosas manos, se sintió por primera vez como sobrecogido por su liviandad y textura. El aparato inerte, mezcla de plástico, metales, circuitos y tecnologías ignotas para su entendimiento, parecía sin embargo estar vivo, habiendo cobrado de súbito una naturaleza biológica. Lo contempló ensimismado, sabiendo que el teléfono representaba para sí el objeto más importante, trascendente y querido de todos cuantos poblaban el ancho mundo. Y al observarlo detenidamente, con un manifiesto dejo de ternura, no tardó en reparar que su batería lucía dos escasas celdillas de carga visibles.



Los malos presagios aumentaron exponencialmente cuando se percató despavorido que el costado izquierdo de la pantalla mostraba inequívocamente que el teléfono no estaba recibiendo señal alguna. Es decir, que estaba completamente fuera de la famosa área de cobertura. Como si estuviera apagado e indiferente, virtualmente muerto. Justo ahora cuando más necesarios eran sus servicios. Ese aparato, que nunca le había fallado, se encontraba, para su desesperación, completamente inhabilitado para cumplir la misión más importante de cuantas se le habían confiado en su destino de aparato comunicacional, desde el mismo momento en que el utensilio tecnológico saliera de su fábrica en la lejana Finlandia.



Controlando apenas los temblores que le sacudían el cuerpo, nuestro Máximo Espina recordó nítidamente la negra y delgada imagen del cargador enchufado al muro de su oficina, a más de doscientos kilómetros de distancia. Pensó en salir a tratar de comprar otro, pero recordó que tenía un cargador de auto en la guantera, así es que pensó que tenía la mitad de su problema resuelto. Discurrió entonces que lo más urgente y necesario era preocuparse de localizar un sitio en donde pudiera tener la ansiada cobertura de señal. Ya debían haber transcurrido unos diez minutos desde que fuera informado de que lo llamarían , y pensó aterrorizado que quizá en ese preciso momento la llamada que esperaba pudiera estar siendo digitada.



Su mente trabajando a toda máquina le recordó que casi siempre, incluso en sitios donde no hay cobertura, suele haber un lugar en donde la señal es captada, por rebote de las ondas o por cualquier otra razón. Así es que comenzó a recorrer la estancia como alma en pena, con el teléfono en ristre sobre su palma extendida y con la vista fija en la columna indicadora de señal, implorando en voz baja para que apareciera alguna celdilla.



Recorrió como un celaje la sala. Primero corriendo sobre las puntas de sus pies como en un ridículo ballet con el teléfono en lo alto, para luego pasar a reptar sobre el suelo como una serpiente. Escudriñó cada lugar por lo alto y por lo bajo de todas y cada una de las habitaciones. Se arrimó a las paredes, salió al patio, se trepó sobre la reja. Con el brazo en alto, aleteando desesperado, se encaramó en la techumbre con grave riesgo para su vida, pero nada. Todos sus esfuerzos eran inútiles y la celdilla de sus amores continuaba sin aparecer. Quiso llorar desconsolado, pedir auxilio o encomendar su alma a algún inexistente santo patrono de las telecomunicaciones, pero solo atinó a caminar cabizbajo y completamente abatido y entregado a su negro destino, en dirección a la sala de baño, con la intención de mojarse la cara y tratar de recobrar la calma perdida.



Estaba precisamente en eso, refrescándose y bebiendo agua desde su palma ahuecada, cuando de súbito el teléfono se le escapó de la mano rodando hacia atrás del inodoro. Se agachó de prisa, e introduciendo la cabeza entre la taza de baño y el mueble del lavamanos, alargó la mano con la intención de recobrarlo. Fue entonces cuando pudo ver, por entre el tupido velo de sus lágrimas, que tres hermosas y nítidas celdillas de señal le sonreían desde la pantalla del aparato.



En las próximas treinta y seis horas, cuarenta minutos y quince segundos, nuestro Máximo Espina no ingirió alimento alguno, no se baño, no durmió ni hizo nada que pudiera poner en riesgo la recepción de la ansiada llamada. Nada que no fuera recorrer la friolera de 15.265 veces, a toda carrera, el trayecto de 25 metros justos de ida y vuelta desde el inodoro en que permaneció sentado, hasta el auto estacionado en las afueras de la casa. Un periplo extenuante entre la cobertura y la batería, que casi le impidió comprender lo que le decían desde el otro lado, cuando por fin la esperada llamada entró a su perplejo celular.





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Carlos Parker Almonacid. Cientista político.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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