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Perro muerto

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Una vez designado el gabinete de la Presidenta Bachelet, se hizo entrega de las carpetas con las tareas que deberán asumir estos servidores públicos en los primeros 100 días; en especial, aquella promesa de devolver la dignidad a los ciudadanos y ciudadanas, entregándoles más participación en la decisión de aquellas cuestiones que les afectan sus planes vitales. Participación efectiva, real y vinculante, dotándolos de un sistema de protección de derechos cuya ratio ética es, precisamente, la dignidad de los seres humanos.



Una tarea titánica que apunta a reformar el sistema de pensiones y profundizar la cobertura de salud; un conjunto de iniciativas que buscan que chilenas y chilenos, cuando estén viejos, no se suman en la miseria económica y espiritual. Iniciativas que, algún siútico botado a progresista se apurará en decir que sentarán las bases del New Deal con que deberemos enfrentar el Chile del 2010.



Estaba en esta reflexión, cuando recibí el llamado de una señora mayor -como muchas- que trabajó por años como secretaria y cuya pensión le alcanza ahora con suerte para una alimentación y una subsistencia rudimentaria, por lo que a pesar de sus sesenta años se vio obligada a trabajar gracias a la buena voluntad de algún buen cristiano, que le concedió el privilegio o favor de darle trabajo. Todo bien con la señora, todo mejor con este buen ciudadano que apostaba a devolver parte de la dignidad perdida a una mujer anciana.



Todo bien como digo, hasta que nuestra pensionada se lesionó seriamente su pierna al caerle una barrera de acero en su pie, por un descuido lamentable de una conocida e histórica cafetería de Providencia. En ese momento, ella inició un peregrinaje de un lugar a otro buscando ayuda, con la legítima pretensión que los daños causados y el descuido intolerable del mencionado lugar de recreo, le sean resarcidos.



¿Por qué no concurrir al sistema de protección de salud de los trabajadores, si el accidente ocurrió durante su hora de almuerzo?.



¿Por qué no reclamar una reparación razonable de quien provocó el daño?



Simple, nuestro buen amigo progresista en la creencia cristiana que la caridad se basta a sí misma, no había celebrado contrato de trabajo con ella, esto es, en buenos términos, que ella trabajaba a la negra: no exigía derechos laborales y quien le daba trabajo, podía dormir tranquilo, pues había disminuido en algún decimal el impactante porcentaje de cesantía del primer semestre del 2005 y claramente, el pago a la anciana mujer era menor que el diezmo católico.



Ella, muy agradecida de la caridad recibida, no exigió de su empleador que asumiera los costos del accidente de trabajo y sólo le quedó abierta la posibilidad de buscar en el sistema jurisdiccional ordinario una reparación.



Pero a la fecha, luego de seis meses, esta señora no sólo sigue cesante, sino con una infección grosera en su pierna y un diagnóstico de probable gangrena.



Mis queridos amigos caritativos, esas almas cristianas -como decía el candidato del helicóptero- se han molestado cuando les requerí simplemente colaborar con la pretensión de nuestra anciana accidentada y declarar que ella trabajaba, ya que de no mediar el accidente, se encontraría aún sirviendo el café en una consultora progresista y muy cristiana.



Esto me ha hecho pensar en lo complejo que resulta mantener una línea de coherencia entre el discurso público y la práctica privada; más aún, cuando alguien se irrita por el ejercicio legitimo de los derechos de la trabajadora a la negra, pues podría perjudicarlo: Ä„No me vengas con eso, no ves que me voy de vacaciones!.



Todos, mi amigo incluido, celebramos el triunfo de Michelle Bachelet el domingo 15 de enero. Todos, incluso este caritativo señor cristiano, nos congratulamos por el progreso de Chile, más aún, nos emocionamos sinceramente con el discurso de la Presidenta electa la noche de su triunfo.



Todos, incluyéndome, celebramos los avances en la infraestructura vial que heredamos del gobierno del Presidente Lagos y todos exigimos al Estado hacerse cargo de la grosera inequidad en la distribución de la riqueza en nuestro cristiano país.



Todos, además, sostenemos la necesidad que el Estado administre correctamente la caja fiscal, todos, los que a la hora de meternos la mano al bolsillo y pagar nuestras obligaciones impositivas, hacemos simplemente perro muerto y Ä„que no me caguen las vacaciones con reclamos de izquierdistas trasnochados!



Ciertamente, la representación pro bono no sólo es una cuestión de izquierdista trasnochado, sino la práctica más específica de hacer efectivos los derechos fundamentales, incluso, respecto de una mujer vieja y enferma.



Querido amigo, lamento haberte incomodado con mi súplica de ayuda para tu trabajadora o ¿mejor la llamamos tu objeto de caridad?



Felices vacaciones amigo!



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* Luis Correa Bluas. Abogado. Master en Derechos Fundamentales por la Universidad Carlos III de Madrid.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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