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Amalgama

por 30 abril, 2006

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El gris, más que ningún otro color en la escala de los recuerdos, tiene matices insospechados, ocultos. La gama del gris reina poderosa sobre el blanco y el negro en esta tarde lluviosa, al final del invierno.



Apetece mucho aparcar un rato la realidad inmediata, los temas coyunturales acuciantes, y dejar descansar el hígado que es quién recibe todos los derechazos del cotidiano global. Justo el tiempo en que la memoria parpadea entre dos polos opuestos; el del norte en Montreal 2006 y el del sur en Chile hace más de ocho años.



Entonces, por razones que no vienen al caso, andaba de estreno en funeral de encantamiento en atraganto. Sucedieron muchas cosas de manera inesperada y vertiginosa. Sin embargo mirando aquél pasado todavía bastante presente, vuelvo con emoción a un día muy sereno off, off, off, Santiago.



Sin traicionar secretos llamaré a esos parajes, Las Nieves.
No diré cómo encontrar aquellos caminos para que sus árboles sigan creciendo fastuosos desafiando el cielo, los bosques preserven su espíritu y los trigales todavía verdes puedan continuar bebiendo el agua sagrada.



Ni nombraré el camino a Las Nieves para proteger la serenata de los grillos, el aroma fresco de la hierba; para no delatar nocturnos de besos prolongados.



Nunca diré cómo se llega hasta las Nieves para exorcizar el asfalto que a escasas leguas de allí, atropella a lo largo y ancho de su kilométrica tumba, la delicada rebeldía de las flores, borrando huellas necesarias.



Guardaré bajo siete llaves el camino hasta Las Nieves para conservar el sabor del viento, la transparencia de la noche, el alborozo del silencio.

Ocultaré el camino hasta Las Nieves para retener intacta la sinfonía verde-roble, luminosidad frondosa. Ni lo nombraré por respeto a la tierra que alimenta las raíces atávicas de un castaño solemne.



Quienes habitaban esos parajes eran gente no infectada con el virus mortal del medrar febril. Eran gente luminosa y auténtica.

Para recibir la primavera del fin del mundo, reímos mas que mucho, danzamos y bebimos celebrando la vida, recordando ausentes queridos, durmiendo por casualidad al llegar el alba con el escalofrió apetitoso del ultimo cuento de brujas y de espíritus.
Hablando de encantamientos, contaré uno mas, solo uno más. La víspera de aquella primavera en Las Nieves, a la hora del lobo vi una silueta misteriosa, pañuelo blanco en alto bailando con la noche, sonriendo, seduciéndome. Deslumbrada me acerqué recogiendo un poco las faldas alborotadas que me impedían llegar al abrazo de aquél fantasma. Corrí o tal vez volé. No había nadie Solo un resplandor en el aire formando remolinos, y mis pies desnudos húmedos con el rocío del amanecer.

De vuelta a la realidad, desafiando el trafico alucinante de Santiago a la noche, un niño descalzo de apenas ocho años cronológicos con ojos de muerte milenaria me pidió a la luz de un semáforo, algo. Lo que tuviera. Unos pesos. Recuerdo la densidad del aire, mi propia vergüenza en aquel instante. Una vergüenza que se queda incrustada. Igual que la lepra. La miseria y la pobreza como el smog, están condenados a reciclarse y a vivir de su propia contaminación en su propia sordidez.

No sé si cuando pase más tiempo o adquiera un grado de deshumanización superior, excluiré del disco duro de mi vida varias indigestiones de lo que todavía llamo injusticia. De momento no me da la gana de ignorar la evidencia.



En esas divagaciones estaba cuando he sentido la necesidad de descansar un rato, de abandonar el sur, de estar semi-consciente algunos minutos, pocos, para evitar un despertar destemplado y la sensación de no haber dormido ni vivido.

Pero he soñado y ha sido un sueño extraño, sin cortes, editado de principio a fin. O una aparición. O sencillamente el revoloteo de la mariposa.



Veo una mujer joven sosegada y triste. Ha llorado y el llanto ha dejado surcos profundos en su rostro medieval hermosísimo. Lagrimas silenciosas de ilusiones avasalladas caen incontenibles empapando la blusa de algodón debajo del abrigo. Desolada miro por la ventana apenas abierta hacia ese color indefinido que tiene el crepúsculo del sueño. Muy lejos hay luces de neón intermitentes y molestas. Vuelvo a la mujer junto a mí tan sola, tan vulnerable, tan cercana. La abrazo y acaricio sus manos pequeñas, muy frías, casi de niña. Quisiera mecer su corazón sin consuelo. Ella se acurruca hasta hacerse un ovillo como si buscara volver al vientre protector y olvidar un mal pensamiento, una pesadilla. Sus ojos color miel de ardiente desamparo, miran errantes y enormes la luz tenue del salón. Quiere ponerse de pie pero no puede, quiere gritar pero tiene la boca amordazada. Golpea el propio cuerpo asombrado. Dentro, donde el dolor se agazapa, el alma es una percha hueca, amputada, a la deriva.



Se ha hecho de noche en ella y ella quiere bajar los párpados, desaparecer en la oscuridad. Nunca dejaremos que se vuelva a perder. Así que preparamos el dormitorio suyo y engalanamos la cama con antiquísimas sábanas de hilo de Holanda. Llena de besos duerme al fin. Acariciando suavemente los cristales del ventanal las ramas desnudas de los árboles dejan ver la luna entre nubes que aparece y desaparece con el viento. Finjo cerrar la puerta pero me quedo escuchando, su respiración. Luego todo se desvanece y el parpadeo de la pantalla del ordenador me obliga a salir del sopor, agotada, con un cansancio impropio. Solo he dormido diez minutos. Vuelvo a leer lo escrito pero siento que nada de lo narrado me pertenece al final de la hoja. Al final de los sueños.

Y así desde el tobogán ártico donde al hablar las palabras heladas se convierten en estrellas y caen a la nieve en cámara lenta, vuela el pensamiento tembloroso incansable sin querer posarse en ninguna flor.



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Begoña Zabala es actriz y vive en Montreal, P.Q.








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