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Energía, estudiantes, marchas e indignación: los soldados derrotados

por 1 agosto, 2011

No importa que estén equivocados. Porque, en definitiva, no lo están. No les importa a ellos, ni le importa a la historia. Esa historia que escriben los vencedores, muere periódicamente para volver a ser escrita por los derrotados.
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Comencé a escribir esta columna poco después de las 11 de la mañana del jueves 30 de junio. Ha pasado casi un mes. Me pasé varios días fuera de Chile, y hoy, empezando Agosto, la miro para saber si aún tiene sentido publicarla. La vuelvo a leer y me doy cuenta, con nostalgia, y también con algún grado de optimismo, que un mes puede ser una eternidad o un suspiro.

Ese 30 de junio, mi día había comenzado como siempre temprano. Antes de las 9 ya había pasado por la oficina, dejado el auto y luego de conseguir un esquivo taxi, me encontraba en el edificio de un ministerio en el centro, adelantado y con tiempo para mirar hacia la Alameda por la ventana. A esta hora aún no había mucho movimiento en la calle y el único recordatorio de la marcha de estudiantes planificada para las 11 era un contingente de carabineros comenzando a ocupar las esquinas.

Me permito describir estos momentos de algún modo personales, pues esa mañana me encontré, por esas casualidades del destino, con una serie de acontecimientos, hechos e ideas que en conjunto me hicieron preparar estas palabras que comparto con ustedes.

No importa que estén equivocados. Porque, en definitiva, no lo están. No les importa a ellos, ni le importa a la historia. Esa historia que escriben los vencedores, muere periódicamente para volver a ser escrita por los derrotados.

En el taxi me dediqué a revisar el time-line de mi twitter (me avergüenza tantos anglicismos juntos) y me encontré con un link enviado por Carlos Huneeus a una crónica de José Ignacio Wert en El País de España llamada “Descifrando la Indignación”.

El autor hacía un muy lúcido repaso acerca de los errores que hasta ahora se han cometido al intentar comprender y encasillar a este movimiento, y se refería, al momento de intentar encontrar su vertiente ideológica, al famoso manifiesto de Stéphane Hessel: ¡Indignaos! (Destino, 2010).

Wert señala, con razón en mi opinión, que el escrito de Hessel, (de 93 años de edad y antiguo líder de la resistencia francesa contra el nazismo) falla al comparar las injusticias del sistema capitalista con las atrocidades del nazismo o el fascismo, sin embargo, el hecho de estar equivocado en uno de los ejes fundamentales de su discurso, no ha impedido en lo más mínimo que quienes han salido a las calles de España, consideren su mensaje como un himno que los define, los nombra y otorga sentido.

Cuando salí de la reunión en el Ministerio me dirigí, como muchas otras veces, a un café cercano a tomar un cortado descafeinado y una media luna. Me senté, solo, y tomé de una estantería el último ejemplar de The Clinic. Partí como todo el mundo leyendo los chistes del inicio (poco divertidos en esta oportunidad), luego pasé rápido por la editorial, (mi café ya casi se acababa y me preparaba para partir) hasta que llegué a una larga entrevista a Zurita sobre su último libro. Comencé a leerla con la secreta y hasta inconsciente intención de dejarla atrás a los pocos párrafos (no soy admirador de la obra de Zurita), sin embargo seguí leyendo.

Zurita, al igual que Hessel, se estaba despidiendo. Zurita, al igual que Hessel, comenzaba a ver el futuro a través del espejo retrovisor. Zurita, al igual que Hessel, hablaba desde la maravillosa convicción de quienes, aunque estén una y otra vez equivocados, saben que eso no importa. Que no se trata de tener la razón, pues la razón, por desgracia, se compra y se vende, cara o barata, en cualquier retail de la esquina.

Zurita hablaba de su emoción al ver despertar a nuestro país con un espíritu crítico que él llegó a pensar que ya no era posible en la época del marketing y los slogans. Se lamentaba por su incapacidad física de ir a las marchas que han comenzado a mover a los jóvenes y reflexionaba acerca de lo eterno de la incomodidad contra lo establecido. Acerca de la recurrencia de estos momentos de despertar, y cita una frase magnifica de Ernesto Cardenal: “Somos los soldados eternamente derrotados de una causa inmortal”

Me quedo mirando la frase. La vuelvo a leer y de pronto, hasta donde llegan mis limitadas posibilidades comprendo. Me quedo callado. Justamente porque comprendo.

En ese momento, la dueña del café me comenta que el gobierno está licitando un estudio, ella cree que sociológico, para analizar encuestas y estudios de opinión que permitan comprender los fenómenos sociales detrás de las distintas movilizaciones, especialmente en materia energética. Yo no sé si ella habrá entendido bien o no, o si efectivamente el gobierno pretende hacer algo así, pero hay algo que comprendí esa mañana del 30 de junio. Mientras sigamos pensando que los indignados de nuestro país, por los motivos que sea, con las banderas que sea, están “equivocados” no habrá manera alguna de entender nada. Mientras sigamos creyendo que algo, siquiera un milímetro de los diversos descontentos podrá moverse a partir de más y mejor información, jamás lograremos comenzar siquiera a comprender.

No importa que estén equivocados. Porque, en definitiva, no lo están. No les importa a ellos, ni le importa a la historia. Esa historia que escriben los vencedores, muere periódicamente para volver a ser escrita por los derrotados.

Pago la cuenta. Camino por la calle San Martín hacia Moneda para tomar un taxi, mientras grupos de jóvenes avanzan con pancartas y gritos hacia la Alameda. Desde el auto los miro por última vez. Ante mis ojos pasan las marchas (éstas y otras de mi propio pasado), las pancartas, los emblemas y el rostro de esos niños y sé que Hessel, Zurita y Cardenal, los derrotados de siempre, están en lo correcto. Ellos, y también estos niños, son los eternos soldados.

Termino de leer. Viernes 29 de julio. Repaso en mi mente los últimos acontecimientos. Miro nuevamente por la ventana. Todos mis sentidos se asoman para ver llover. Y estoy seguro. Esta tarde lloverá.

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