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Paulmann: el chantaje en la ciudad

por 4 mayo, 2012

Paulmann: el chantaje en la ciudad
Un privado poderoso decide hacer su negocio y todos nosotros pagamos sus externalidades negativas. Y si alguien plantea reparos nos chantajea con la inversión y el empleo, y luego, enfrentado a sus errores en vez de proponernos aprendizaje, nos sugiere conformismo.
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La comparación recientemente hecha por el señor Horst Paulmann, dueño del Costanera Center, quien afirmó: “Cuando en Francia se construyó la Torre Eiffel, todo el mundo estaba en contra. Hoy es el orgullo de París. Eso va a pasar con Costanera”, es claramente una de esas frases que grafican el momento en que nos encontramos. Lo único que tienen en común la Torre Eiffel y el Costanera Center, es que ambos son monumentos, pero en nuestro caso, de cómo no hacer ciudad. Un privado poderoso decide hacer su negocio y todos nosotros pagamos sus externalidades negativas. Y si alguien plantea reparos nos chantajea con la inversión y el empleo, y luego, enfrentado a sus errores en vez de proponernos aprendizaje, nos sugiere conformismo.

Hacer ciudad sin planificación, sin instituciones y sin herramientas suficientes, parece ser la única explicación para un proyecto de inversión que ha chantajeado permanentemente a presidentes, ministros y alcaldes, incapaces de resistirse a sus promesas de modernidad y futuro. Siempre han terminado por ceder de forma explícita o implícita; amparándose en mecanismos burocráticos algunos, en interpretaciones de débiles normas, otros.

Gobernar este chantaje permanente entre inversiones y empleos versus cumplir con las normas básicas de convivencia, es donde debieran estar puestos los esfuerzos futuros de toda autoridad política y técnica de nuestra ciudad. Festinar un proyecto que refleja la nula capacidad de aprendizaje de alcaldes, ministros y presidentes, sería seguir aumentando las externalidades negativas del mismo.

Las ciudades se encuentran siempre en un equilibrio precario entre crecer y gobernar su desarrollo. Su dinamismo o fragilidad dependerá siempre del adecuado arbitraje y equilibrio de las instituciones existentes, tanto para expandirse y ocupar los territorios donde se proyecta, como para resolver los naturales conflictos internos de convivencia. Sostener su dinamismo y al mismo tiempo no extender mas allá de sus reales capacidades su tamaño y complejidad, son las condiciones básicas para el balance de su metabolismo.

El ejercicio permanente de todo organismo vivo —la ciudad— que va desarrollándose en relación con otros sistemas —el territorio—, es de acoplamiento estructural como diría Maturana y Varela, acoplamiento que no es otra cosa, en el caso de la ciudad, que un proceso de aprendizaje institucional que le permite gobernar estas relaciones complejas y dinámicas de forma permanente y recursiva, siempre y cuando integre sus experiencias en forma de conocimiento y reorganización.

Tal rol juega la clase política cuando es de calidad, y el gobierno de la ciudad cuando existe y cumple su rol de árbitro y regulador de actividades de difícil convivencia. Es por eso que gobernar este chantaje permanente entre inversiones y empleos versus cumplir con las normas básicas de convivencia, es donde debieran estar puestos los esfuerzos futuros de toda autoridad política y técnica de nuestra ciudad. Festinar un proyecto que refleja la nula capacidad de aprendizaje de alcaldes, ministros y presidentes, sería seguir aumentando las externalidades negativas del mismo.

Mientras tanto, a los demás sólo nos está reservado lo mismo que al crítico de la Torre Eiffel, Guy de Maupassant, al que aludió Paulmann: ir a tomarnos un café todos los días en el Costanera Center para no tener que verlo.

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