Opinión
Beyer encapuchado
Si para algunos la “capucha” es una simple, pobre y sudada polera, para otros es una corbata de seda italiana o un gesto de desdén y desprecio. Mientras unos se encapuchan para ejercer la violencia directa, los otros, los más violentos, lo hacen para continuar con un proceso de exclusión que sólo puede ser explicado por un ideologismo cultural. Es evidente.
La calle ha vuelto. Los paros han vuelto. Las tomas han vuelto. Y también, la estrategia comunicacional que busca desprestigiar al movimiento estudiantil como causa de la violencia.
Desde ese ya lejano discurso del 21 de Mayo del 2011 cuando el Presidente, dedo en ristre, fraseo endentado y ceño fruncido gritó a la galería que no aceptaría que los “violentistas” bla, bla, bla… hasta ayer, cuando el tema fundamental del duopolio de medios de comunicación era comprobar, cuánto más o cuánto menos, la “violencia” consumía en sus fauces fogosas al movimiento estudiantil.
Todo el mundo sabe que los estudiantes no son violentos, pero el gobierno insistía en poner el acento ahí. Gana, sin duda. Provoca un olvido interesado sobre el tema estructural-educacional de fondo y provoca que la opinión pública hable sobre algo puramente estacional y momentáneo respecto al todo de la marcha y del movimiento estudiantil: los encapuchados.
[cita]La ‘violencia estructural’ es esa violencia que está profundamente incrustada en las estructuras sociales. Cada vez que miles de seres humanos mueren de hambre pudiendo objetivamente evitarlo si adoptáramos un sistema de distribución de los recursos justo, o cada vez que nos encontramos con una enfermedad no tratada y controlada correctamente teniendo los conocimientos y tratamientos disponibles, estamos hablando de violencia estructural. El carácter evitable de esta violencia es fundamental.[/cita]
El otro día en una construcción protestaron con fuego y barricadas porque la patronal respectiva no cancelaría aguinaldo dieciochero: había encapuchados. Contra el Transantiago, hay encapuchados; contra las farmacias, hay encapuchados; contra la explotación de la Patagonia, hay encapuchados. En Aysén, Punta Arenas, Calama o Freirina, hay encapuchados.
En todos los ejemplos de ‘violencia directa’ urbana, hay encapuchados.
No sólo ahí. También en todos los ejemplos de ‘violencia estructural’ y de ‘violencia cultural’, siempre hay encapuchados.
La ‘violencia estructural’ es esa violencia que está profundamente incrustada en las estructuras sociales. Cada vez que miles de seres humanos mueren de hambre pudiendo objetivamente evitarlo si adoptáramos un sistema de distribución de los recursos justo, o cada vez que nos encontramos con una enfermedad no tratada y controlada correctamente teniendo los conocimientos y tratamientos disponibles, estamos hablando de violencia estructural. El carácter evitable de esta violencia es fundamental.
Como dice el sociólogo Johan Galtung, es perfectamente entendible que sea inevitable que una persona muera de tuberculosis en el siglo XVIII. Hoy no, no es entendible y menos inevitable. Si sucede, no podemos dudar que estamos en presencia de esa ampliamente impersonal violencia estructural. Sus víctimas viven una vida hecha de opresión, explotación y humillación sin necesariamente ser capaces de identificar un culpable dice el sociólogo Galtung, agregando que la violencia estructural es “silenciosa y no se muestra[…]y puede ser percibida como algo natural, como el aire que nos rodea”.
Ahora bien, la lógica de la ‘violencia cultural’ sirve de factor para legitimar tanto la ‘violencia directa’ como la ‘violencia estructural’, pero además para mistificarlas o disimularlas en sus efectos dándoles, como dice Galtung, la apariencia e incluso el sentimiento de ser “buenas” o en todo caso “no tan malas”. Los ejemplos son innumerables, pues cada vez que un grupo se siente “el pueblo elegido” considerando a los demás como “el resto no elegido”, en ciertas circunstancias, es la justificación perfecta para el ejercicio de la violencia directa contra los individuos de ese “resto” o para sostener estructuras de marginalización y exclusión (violencia estructural) contra ese mismo “resto”. Son esos estereotipos de clase que se perpetúan a través de algunas ideologías.
Es el famoso “triángulo de la violencia” de Galtung. La violencia directa es siempre sólo un acontecimiento, la violencia estructural es siempre un proceso y la violencia cultural, una invariante, una permanencia. Todas se alimentan de todas, y cada una se reproduce en su dimensión.
¿Sólo la violencia directa tiene encapuchados? Claramente, no. Cada tipo de violencia tiene sus “encapuchados”.
Si para algunos la “capucha” es una simple, pobre y sudada polera, para otros es una corbata de seda italiana o un gesto de desdén y desprecio.
Mientras unos se encapuchan para ejercer la violencia directa, los otros, los más violentos, lo hacen para continuar con un proceso de exclusión que sólo puede ser explicado por un ideologismo cultural. Es evidente.
Teniendo los medios y el conocimiento para terminar de una buena vez con la exclusión y marginalización que produce la distribución actual de los aprendizajes y de la educación de calidad, teniendo los medios para iniciar un nuevo ciclo y proceso virtuoso que termine de una buena vez con la educación proletaria para el niño proletario, teniendo objetivamente todo eso y más para refundar la educación pública fuera de los márgenes del mercado y la ideología neoliberal ¡y no hacerlo! eso no es más que violencia estructural.
Es el clasismo chileno de la elite, sí, pero lo es también su ideologismo neoliberal tan descerebrado, su conservadurismo ultramontano de puro ritualismo litúrgico, su ─al fin─ violencia cultural, disfrazada de tecnocratismo y verborrea economicista, de paternalismo colonial de huaso maulino: son sus tristes capuchas que encubren su rostro de violentistas, hoy estructurales y culturales, ayer directos.
La calle ha vuelto y volverá porque nuestra violencia de cada día es muy potente, agresiva, feroz, radical. Es claro, por tanto, que aunque ni una sola botella infernal y en llamas sea nuevamente arrojada por un encapuchado, las marchas seguirán teniendo como superficie infinita un cemento áspero, duro y violento. Todos lo sabemos, mire las cifras, más de 80% de apoyo, ¿por qué será?
Por eso le decimos: ministro, “sin odio, sin miedo, sin violencia, por favor, sáquese su capucha”.
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