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Las estadísticas del censo con alambre y huincha aisladora

por 31 agosto, 2012

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Hace más de un mes, en esta misma comunidad, conté mi mala experiencia con el Censo de Población y Vivienda, creyendo sinceramente que se trataba de un caso aislado. Exponía en la columna que los censistas no sólo llegaron a mi casa fuera del plazo establecido para el censo, sino que, además, en lugar de dejar un anuncio para una próxima visita, me conminaban a llamar a un número. Número que pertenecía a la encargada regional del censo, quien procedió a censarme de modo telefónico, procedimiento descrito como no permitido en la misma página del INE. Esa columna desató una avalancha de comentarios, contando casos similares o peores. Entre ellos: casas con sello de “vivienda censada”, pero en las que los moradores no fueron encuestados y a veces ni siquiera notificados de visita alguna; casas en las que los cuestionarios fueron respondidos por personas menores de edad o residentes no habituales, incluyendo conserjes de edificios; personas que debieron autocensarse; manzanas y barrios enteros por los que no pasó un censista.

La contundencia y la cantidad de los casos nos obligó a crear un formulario para que se inscribieran las personas no censadas. Reunimos, en dos semanas, cerca de 230 casos. Un número que actualmente, en nuestro registro, va en 317. A esas personas les prometimos llevar sus datos al INE, en busca de una solución o, al menos, una respuesta.

La respuesta del INE nos llegó hoy. Y es, por decir lo menos, penosa. En ella, junto con informarnos lo obvio, es decir, que el censo cambió sus procedimientos de encuesta y que los plazos extendidos llegaban hasta fines de julio, se nos explica que no habrá nuevo levantamiento de datos. Es decir, si usted quedó sin ser censado, o toda su familia, o todo su edificio, o todo su barrio, pues, mire usted, mala pata. Mala pata, porque el INE ya está contento, celebrando que sólo el 1,66 por ciento de Chile quedó sin ser censado, según proclaman los datos oficiales.

Es en este exacto punto cuando el INE debería recordar, a modo de moraleja, lo ocurrido con los festejos anticipados –e injustificados– del ministerio de Salud a propósito del fin de las listas de espera. Porque cuando se hacen malabares con las cifras, puede caérsenos el espectáculo completo al suelo. Como dice el escritor y ensayista francés Daniel Pennac,“estadísticamente todo se explica; personalmente todo se complica”.

¿Qué quiere decir esto?

Quiere decir que en la respuesta del director del INE, Francisco Labbé,  se nos explica que, por ser un censo de vivienda además de población, si no hay moradores, basta que el encuestador anote los datos de la vivienda (es decir, hasta la pregunta número dos del cuestionario) y asunto resuelto. Vivienda censada, punto para las estadísticas y eso es parte del 98 por ciento de la victoria. Algo parecido nos explicaba el ministro Longueira, hace un tiempo, diciendo que si una persona tiene dos viviendas, una en la playa y otra en la ciudad –algo que, como todos sabemos, ocurre con la mayoría de nuestros compatriotas– sólo en una de las viviendas corresponde aplicar el cuestionario a la familia, y en la otra sólo se pondrá el autoadhesivo. Lo que no se nos explica es con qué especie de telepatía adivinan los encuestadores cuándo se trata de una vivienda sin moradores, cuándo es una vivienda con moradores ya censados y cuándo corresponde una nueva visita porque los moradores están ausentes.

Bajo esta premisa, y asumiendo la explicación de nuestras autoridades, bien podría ocurrir que tuviésemos una población censada de, no sé, 15 millones, y un número de viviendas desocupadas nunca antes visto. ¿Daríamos estadísticamente por terminado, entonces, el problema habitacional en Chile? ¿Concluiríamos qué respecto de la curva demográfica? ¿Cuál será la estimación que hará el INE para distinguir entre las casas con moradores ausentes (y estimar el número de moradores no censados) y las casas sin moradores? ¿Qué estadística de población y de localización se sostiene con la lógica del “si están, están y si no, ya me invento los datos”?

Esto no se trata de que no me cuenten a mí –o a cualquiera de las 317 personas que se han inscrito para dar cuenta de no haber sido censadas– y de querer salir a toda costa en la foto. Se trata de que con estimaciones mañosas y procedimientos irregulares se quiere construir la realidad del país sobre la que se estimarán necesidades, verdades y se proyectarán y ejecutarán políticas públicas por una década. Todo ello, con datos cuyos enormes agujeros serán tapados como tantas veces en Chile: con alambrito y huincha aisladora.

No soy la única en denunciar la falta de rigor de este censo. Lo han hecho economistas y parlamentarios, además de supervisores del proceso y encuestadores, que eran instruidos para inventar los datos o preguntarlos a quien fuera.

Cuando todo se explica desde los subterfugios técnicos, olvidamos el propósito del censo, que es saber quiénes somos, cómo somos y cuántos somos. Gracias a la excelencia que nos proclaman en este procedimiento censal, el único dato que podremos creer a ciencia cierta es cuántas casas hay. Lo que se piensa dentro de ellas, las personas que las habitan, en qué creen y cómo viven, seguirá siendo un misterio tan insondable como los criterios con los cuales nuestras autoridades hoy celebran.

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