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¿Democracia Participativa en Chile?

por 3 septiembre, 2012

En los ciudadanos que asisten a las asambleas barriales o locales, se observa una delegación natural para que los temas que hay que decidir para la ciudad en general (que no sean de su barrio), los resuelva el representante (sea dirigente social, técnico, alcalde o concejales). La justificación que dan “los ciudadanos de a pie”, es que aquellas temáticas son propias de “sus representantes” y no necesariamente de ellos. Ya sea porque no las sienten propias, o porque las ven un poco más lejanos a su realidad barrial/cotidiana.
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A raíz del complejo momento social que vive Chile, se ha desatado un debate un tanto desordenado durante los últimos meses sobre la democracia participativa. Debate que había estado prácticamente ausente, tanto en universidades, partidos políticos y en la sociedad civil. Hasta ahora han sido más notorias las descalificaciones de quienes intentan caricaturizar a quienes piden reformas estructurales (asamblea constituyente), y demonizar a quienes defienden la estructura ultra representativa.

Así han surgido  algunos “temores” sobre un modelo de instituciones democráticas más participativas, como por ejemplo, el reemplazo de la democracia representativa y la existencia de bravos “asambleísmos” para definir temáticas de relevancia nacional, regional o local.

En estricto rigor, ninguna de las dos representa el desempeño empírico de la democracia participativa, al menos observando la experiencia de algunos países y ciudades de América Latina. ¿Qué se ha observado en la experiencia internacional en relación a cómo los ciudadanos viven la “implementación” de instituciones democráticas participativas?

En los ciudadanos que asisten a las asambleas barriales o locales, se observa una delegación natural para que los temas que hay que decidir para la ciudad en general (que no sean de su barrio), los resuelva el representante (sea dirigente social, técnico, alcalde o concejales). La justificación que dan “los ciudadanos de a pie”, es que aquellas temáticas son propias de “sus representantes” y no necesariamente de ellos. Ya sea porque no las sienten propias, o porque las ven un poco más lejanos a su realidad barrial/cotidiana.

Una de las dimensiones que influye en su funcionamiento y que regularmente se observa en ciertos casos es la idea de la “proximidad”. La democracia participativa no implica necesariamente que los ciudadanos de a pie ocupen todos los espacios y participen en todos los temas. Esta es una variable determinante a la hora de una implementación sustantiva de procesos participativos y en algunos casos se ha observado que cuando se intentan promover espacios de participación ciudadana en temas globales, la participación de ciudadanos se hace notoriamente menor.

Por ejemplo, en los ciudadanos que asisten a las asambleas barriales o locales, se observa una delegación natural para que los temas que hay que decidir para la ciudad en general (que no sean de su barrio), los resuelva el representante (sea dirigente social, técnico, alcalde o concejales). La justificación que dan “los ciudadanos de a pie”, es que aquellas temáticas son propias de “sus representantes” y no necesariamente de ellos. Ya sea porque no las sienten propias, o porque las ven un poco más lejanos a su realidad barrial/cotidiana.

Contrariamente a lo anterior, este mismo ciudadano sí se vuelve participativo cuando se trata de definición de proyectos que afectarán directamente a los intereses del barrio, o cuando consideran que un tema de interés general (por ejemplo, educación gratuita) los afecta directamente. Ahí entonces la capacidad de movilización aumenta notoriamente, ya sea por medio de mecanismos de democracia directa (plebiscitos) o participación en asambleas barriales o territoriales. Son innumerables los casos de territorios que para “apoyar al proyecto de su organización barrial” participan familias completas en votaciones abiertas o en asambleas barriales. Con esto quiero señalar que la democracia participativa abre espacios (espacios que hoy no tenemos en Chile), pero el ciudadano los ocupa, sólo cuando los temas son de su interés. No se han evidenciado casos de democracia participativa en donde los ciudadanos han sacado con machete a diputados, alcaldes y concejales para reemplazarlos en su ejercicio representativo.

No hay reemplazo de “la instituciones representativas”, probablemente sí de los representantes. Digo esto, porque efectivamente surgen nuevos liderazgos y “representantes sociales” desde los espacios barriales participativos, y son ellos los que se interesan por los temas globales o estratégicos y dinamizan la democracia. Estos nuevos liderazgos sociales “representativos” tienen características totalmente diferentes a los actuales, son menos cooptables, más exigentes, mucho más pragmáticos y sirven de contrapeso a quienes ocupan los espacios representativos clásicos.

De esta forma, los esfuerzos más significativos y más exitosos de democracia participativa han estado dados por casos en donde decididamente la han vinculado con los tradicionales mecanismos y espacios de democracia representativa, incorporándola en una política de complemento. Esfuerzos como estos se observan en Montevideo y Maldonado (Uruguay), Villa González (República Dominicana), Lima y Villa El Salvador (Perú), Rosario (Argentina), Porto Alegre (Brasil), solo por nombrar algunos.

En definitiva, esta complementariedad ha servido virtuosamente para incorporar nuevos liderazgos y nuevos temas (los excluidos de la agenda política), en reemplazo de los temas planteados por los tradicionales líderes sociales y políticos que ostentaban una histórica relación de tipo clientelar con la ciudadanía. Situación que ha hecho ganar mucha legitimidad a los nuevos gobernantes y representantes frente a sus representados, aspecto que es notoriamente positivo dada la carencia de legitimidad que viven no tan solo los partidos políticos, sino que una gran cantidad de organizaciones territoriales y funcionales actualmente en Chile.

En Chile esto resulta complejo imaginarlo, porque históricamente la sociedad civil no ha sido llamada a cumplir un rol activo en la construcción de la democracia, más bien, sus intereses han sido mediados por organizaciones políticas hoy desacreditadas, que de alguna forma, le han restado autonomía a este actor de la democracia. Autonomía que se ha visto igualmente reducida por la intervención estatal en la sociedad civil durante los últimos 20 años de democracia.

Hoy se requiere fortalecer a esas instituciones representativas abriéndole espacios al representado, pero no significa reemplazo ni asambleísmo, complemento debería ser la consigna, al menos ese ha sido el camino de la democracia participativa en algunos países de América Latina y el mundo.

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