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El desarrollo chileno, un cuento del tío

por 3 octubre, 2012

El desarrollo chileno, un cuento del tío
La historia indica que para desarrollarse se necesita un Estado social y desarrollista o una sociedad negociada fundada en la armonía en las relaciones ciudadanas, sea a la alemana o a la japonesa. Como dijo Roubini en el Wall Street Journal: Marx tenía razón, el capitalismo puede destruirse a sí mismo. Una transferencia permanente del ingreso del trabajo al capital tiene como consecuencia un exceso de capacidad instalada y una falta de demanda.
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Los círculos gobernantes chilenos proclaman que estamos muy próximos de ser un país desarrollado. Nuestro ingreso por persona se acercaría al portugués, la meta para serlo. Y como no se alcanzó en el bicentenario de la Primera Junta de Gobierno, 2010, lo haremos en el de la declaración de la independencia, 2018. Las razones: el libre mercado, la jibarización del Estado y la consiguiente supuesta modernización capitalista.

Para acortar distancias dan las cifras en dólares ajustados por su poder adquisitivo en cada país, una moneda que no existe. Pero no dicen que en los países atrasados ese ajuste produce un ingreso más alto que el real, en razón de que los salarios son más bajos, lo que disminuye el costo de vida. En Chile, por esa maniobra, el ingreso por persona sube de 14.228 dólares a 17.222 y, en Portugal, más avanzado, solo de 22.413 a 23.361.

Además sostienen que nuestros desiguales ingresos son apropiados al nivel de desarrollo. Implícita está la posición de Hayek: esas diferencias son el motor del crecimiento. Por tanto, como instrumento de justicia social aplican la propuesta de Jaime Guzmán: orientar la función redistributiva del Estado a superar la pobreza, no a lograr una utópica igualdad. Y, como Guzmán, tendríamos que aceptar la desigualdad como dato de la Creación.

La plutocracia

Ese modelo ha sido recientemente criticado con dureza por la Iglesia Católica. En especial, por ser un sistema de desarrollo centrado en el lucro, con un Estado con las manos atadas para la prosecución del bien común, que privilegia el asistencialismo descuidando la justicia y equidad en los sueldos y con desigualdades escandalosas entre ricos y pobres. La consecuencia son movilizaciones sociales que pueden poner en peligro la gobernabilidad.

La clase política tiene tres opciones ante el creciente descontento popular por la distribución del crecimiento tan anunciado. Seguir el actual camino, y correr el riesgo de ingobernabilidad que señala la Carta Pastoral. Aumentar el derrame hacia abajo, como lo ha hecho Venezuela desde hace décadas o Arabia Saudí cuando hay síntomas de insatisfacción. O aprender de las críticas a nuestro modelo de Ricardo Hausmann, un economista convencional pero pragmático, Osvaldo Sunkel, Ricardo Ffrench-Davis y otros.

Durante los últimos 20 años la pobreza ha disminuido, pero la desigualdad se ha mantenido relativamente estable. Por ello, desde la dictadura militar, somos dos países, el de los ricos y el de los pobres. Y el de los ricos se concentra en la élite, el decil (10 % de la población) con ingreso más alto.

Chile resiste bien la actual y larga recesión de occidente, gracias a las importaciones de la China comunista. La economía y el ingreso por persona subieron en dólares, en el período 2007-2011, 51,66 % y 33,48 %, respectivamente.

Mucho mejor si les fue a los milmillonarios chilenos de la lista Forbes. Ahora son 5 en vez de 4 y sus fortunas subieron entre esos años, en total y per cápita, 102,47 % y 61,98 %, respectivamente. Y su capital pasó a ser del 12,33 % del PIB al 16,46 %, concentración de la riqueza que solo es superada en el mundo por Israel, Líbano, Rusia y Ucrania.

Estado: base del desarrollo

Peor todavía. Esa supuesta vía de desarrollo no solo es inhumana como dice la Iglesia, es además un cuento del tío plutócrata

El capitalismo se incubó en el imperio mercantilista británico. Londres monopolizó el comercio con sus colonias, destruyó la hermosa artesanía textil de la India y prohibió la fabricación de clavos para herraduras a sus colonos americanos. Cuando se aseguró el monopolio mundial de manufacturas, se abrió en una relación centro/periferia. Por ello los economistas clásicos hablaron de economía política y no de ciencia económica.

Después siguió EE.UU., cuyo primer Secretario de Economía, Alexander Hamilton, protegió a su naciente industria y organizó el primer espionaje industrial para conocer los secretos de los textiles británicos. La Alemania de Bismarck fue más allá. Estableció los primeros seguros sociales (vejez, salud, accidentes del trabajo), la instrucción primaria obligatoria, la investigación científica universitaria, etc. Ese socialismo de cátedra pasó a Francia como solidaridad. Más tarde llegó a Estados Unidos con el Nuevo Trato de Roosevelt.

Igualdad: base del desarrollo

Así nació la economía social de mercado alemana y el dirigismo francés, dos tipos del Estado social. Y una versión pálida del Estado del bienestar en los EE.UU.

Los europeos, cuando tuvieron un PIB per cápita similar al chileno de hoy en la década de 1960, como indica el economista de la Fundación Sol Gonzalo Durán, unos US$ 15.000, fueron más igualitarios que nosotros ahora. En 1961 Dinamarca tuvo un gini (medida de la desigualdad) bruto altísimo, 54,5, pero el neto (después de impuestos progresivos y traspasos sociales) fue la mitad, 27.0. En 1969, Finlandia, 53,1 bruto y 29,5 neto. Y en 1965 Alemania, bruto de 47,1 y neto de 32,9. Chile, según la OCDE, tiene un gini bruto de 52 y un neto de 49, o sea, con una mínima corrección, que resulta de bajos tributos y escaso asistencialismo.

Las tres primeras décadas de la segunda posguerra, 1945-75, son llamadas gloriosas por los franceses y la edad de oro por los británicos. Galbraith, el más influyente economista norteamericano en su época, publicó, en 1958, un libro con el título La Sociedad Opulenta. Mientras en el "exitoso" Chile de hoy solo el 6 % considera justa la distribución del ingreso (Latinobarometro 2011). Los descontentos del progreso, según The Economist, que todavía no se convence que el mercado sin regulaciones y supervisiones es crisis, no progreso.

De ahí saltamos al desarrollismo asiático, ahora llamado capitalismo de Estado, aunque sus Estados son más pequeños como porcentaje de sus economías que los occidentales avanzados.

Japón, a comienzo del decenio de 1960, tenía un PIB por persona similar al de los países del Cono Sur de América. Dirigido todo el abanico económico por el mítico Ministerio de industria y comercio internacional, en consulta con el capital, el trabajo, las universidades, etc., el país se transformó en uno de los más avanzados del mundo. Corea, que al inicio de los 60 era más pobre que todos los países latinoamericanos, comenzó con planes quinquenales, reprimió al capital y al trabajo, y tuvo el crecimiento más alto en el mundo durante el último medio siglo, más de 4.000 %. En ambos casos no hubo necesidad de redistribuir, la distribución primaria era más igualitaria. Ahora los sigue China.

La historia indica que para desarrollarse se necesita un Estado social y desarrollista o una sociedad negociada fundada en la armonía en las relaciones ciudadanas, sea a la alemana o a la japonesa. Como dijo Roubini en el Wall Street Journal: Marx tenía razón, el capitalismo puede destruirse a sí mismo. Una transferencia permanente del ingreso del trabajo al capital tiene como consecuencia un exceso de capacidad instalada y una falta de demanda.

Chile rentista: en busca de una salida

A los países rentistas, que viven de la exportación de productos primarios, en especial de la industria extractiva, como Chile del cobre, esa norma no es aplicable, no necesitamos ser creativos ni un mercado nacional para tener buenas cifras económicas. Es la maldición de las materias primas.

La clase política tiene tres opciones ante el creciente descontento popular por la distribución del crecimiento tan anunciado. Seguir el actual camino, y correr el riesgo de ingobernabilidad que señala la Carta Pastoral. Aumentar el derrame hacia abajo, como lo ha hecho Venezuela desde hace décadas o Arabia Saudí cuando hay síntomas de insatisfacción. O aprender de las críticas a nuestro modelo de Ricardo Hausmann, un economista convencional pero pragmático, Osvaldo Sunkel, Ricardo Ffrench-Davis y otros.

Esta última alternativa implica, como mínimo, un Estado activo en la capacitación del capital humano y en el fomento de encadenamientos hacia arriba y hacia abajo, en vez de horizontales, en nuestra actividad económica y de los polos industriales sectoriales para diversificar nuestra economía con mayor valor agregado, etc. O sea, el gobierno debe impulsar el proceso ante la falta de creatividad empresarial.

Y una reforma tributaria que suba los impuestos a la renta de las empresas al nivel de las personas naturales, con rebajas solo para inversiones en mayor valor agregado, y que impida la llamada "elusión" por medio de sociedades de papel, múltiples RUT y paraísos fiscales. Más una seria revisión de los tributos a la minería de acuerdo a la legislación de los países de nuestros inversores extranjeros.

Ese es el pago que nuestras élites deberían efectuar por partir el país en dos, el de los ricos y el de los pobres, y engañarnos con un cuento del tío.

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