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La hora de los laicos

por 14 octubre, 2012

En medio de la crisis y de las críticas a la Iglesia, se ha hablado con fuerza del rol del laicado. Se sostiene, con justa razón, que los curas no damos espacio y que es hora que soltemos algo del poder y confiemos en los hombres y mujeres que quieren aportar pero no encuentran cómo hacerlo. Que no los tomamos en cuenta, que no los dejamos participar realmente, que no los formamos bien. Es la pura verdad. Pero no es toda la verdad.
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Hace seis años, cuando recién llevaba uno de ordenado sacerdote, una señora me esperó a la salida de la misa. Ese domingo había predicado sobre Jesús como Pan de Vida, recordando que la misericordia del Señor es más grande que nuestros pecados, que la Eucaristía es una invitación a comer, y que era bien raro sentarnos a la mesa del dueño de casa y no comer. Al terminar de saludar a los feligreses, la señora se acercó y me señaló con claridad que lo que yo había dicho no era correcto y que no era lo que la Iglesia, en su Magisterio, sostenía. Me defendí, discutimos un rato y nos despedimos. No del todo satisfecha, a los pocos días me envió una carta donde, de puño y letra, citaba las fuentes bíblicas y magisteriales que sustentaban su posición y demostraban mi equivocación.

No estuve de acuerdo ayer ni lo estoy hoy con la opinión de aquella señora. Considero que su postura excesivamente tradicionalista interpreta la Escritura de manera literal y el Magisterio de manera estrecha y con poco criterio pastoral. Sin embargo, siempre reconoceré en ella el tipo de laico que uno espera para nuestra Iglesia. Alguien capaz de esperar al cura a la salida de misa y decirle, con respeto y claridad, lo que no le pareció de su prédica o del modo de celebrar la Eucaristía. Ella, con su visión y parecer de las cosas, se había tomado en serio su rol de bautizada.

En medio de la crisis y de las críticas a la Iglesia, se ha hablado con fuerza del rol del laicado. Se sostiene, con justa razón, que los curas no damos espacio y que es hora que soltemos algo del poder y confiemos en los hombres y mujeres que quieren aportar pero no encuentran cómo hacerlo. Que no los tomamos en cuenta, que no los dejamos participar realmente, que no los formamos bien. Es la pura verdad. Pero no es toda la verdad.

En medio de la crisis y de las críticas a la Iglesia, se ha hablado con fuerza del rol del laicado. Se sostiene, con justa razón, que los curas no damos espacio y que es hora que soltemos algo del poder y confiemos en los hombres y mujeres que quieren aportar pero no encuentran cómo hacerlo. Que no los tomamos en cuenta, que no los dejamos participar realmente, que no los formamos bien. Es la pura verdad. Pero no es toda la verdad.

Yo invito a muchos laicos a preguntarse: ¿qué hago yo por profundizar mi fe y aumentar mi participación en la Iglesia? ¿Cuándo fue la última carta o declaración de los obispos que leí? ¿Hace cuánto tiempo que no agarro yo mismo la Biblia y leo un pasaje de ella e interpreto lo que a mí me dice, sin que otro la interprete antes por mí? ¿Recuerdo el nombre de la última encíclica del Papa? ¿Qué esfuerzo he hecho en el último tiempo por actualizar mi conocimiento teológico? Sospecho que muchas de las respuestas son un “no sé”, “hace mucho tiempo”, “es que no sé cómo”.

Aquí no es cosa de empatar responsabilidades. Sabemos de sobra que el empedrado tiene mucha culpa. Pero no podemos seguir con la actitud infantil que no asume la propia responsabilidad. El espíritu del Concilio Vaticano II gritaba: “¡Adultos en la fe!” Eso es lo que necesitamos si queremos una Iglesia distinta y renovada. Necesitamos hombres y mujeres que hagan un examen honesto y descubran que nos ha sobrado comodidad, que seguimos infectados de una religiosidad pasiva, que repetimos como loros creencias que no entendemos para nada, que un día, como advirtió Karl Rahner —¿quién es Karl Rahner?—, nos podrían decir que no hay Trinidad sino que solo Dios, y nada pasaría, nada cambiaría en nuestras vidas, porque nadie entiende la Trinidad. Que, finalmente, si la fe de nuestros hijos es aguachenta, no es solo culpa de “la Iglesia”, sino sobre todo del tibio testimonio que les hemos dado como padres.

Esta es la hora de los laicos. Es la hora que empujen por nuevos espacios de participación. Pero es también hora que ocupen efectivamente los que ya existen. Que estén dispuestos a meterse en el consejo parroquial o en la pastoral del colegio de los niños; que aprovechen este o aquel curso, taller o diplomado en teología; que armen una comunidad de parejas y se junten a compartir la Palabra y lo que ella les dice para la vida de todos los días; que entreguen no solo dinero, sino tiempo y creatividad en alguna iniciativa que luche por un país más justo y con menos pobreza; que si deciden casarse por la Iglesia o bautizar a un hijo no se tomen las charlas como un mero trámite—y si son malas las charlas, ¡busquen otras mejores!—; que antes de opinar a favor o en contra de lo que dijeron los obispos, hayan leído la declaración magisterial; que sean capaces de esperar al cura a la salida de la misa para corregirlo fraternalmente cuando corresponda.



Esta es la hora de los laicos. Basta de actitudes quejumbrosas. La Iglesia que soñamos la hacemos todos. De nosotros depende ser adultos en la fe y estar así a la altura de los desafíos que enfrentamos.

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