Opinión
EFE
Chile y Ucrania: de la solidaridad a la cooperación
Después de cuatro años de respaldo político y diplomático, existe la oportunidad de avanzar hacia una nueva etapa basada también en la cooperación concreta. Chile tiene algo que ofrecer a Ucrania. Y tiene mucho que aprender de ella.
La reunión que sostuvieron esta semana en Nueva York los presidentes José Antonio Kast y Volodymyr Zelensky, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas, constituye una oportunidad para profundizar una relación que desde 2022 ha estado marcada principalmente por el respaldo político y diplomático de Chile a Ucrania.
Hay una continuidad que conviene destacar. Sebastián Piñera condenó la invasión rusa en febrero de 2022, Gabriel Boric mantuvo esa posición durante sus cuatro años en La Moneda, y José Antonio Kast la ha ratificado desde el inicio de su gobierno. Tres administraciones políticamente muy distintas han coincidido en la defensa de la soberanía e integridad territorial de Ucrania y del principio de que las fronteras internacionalmente reconocidas no pueden ser modificadas mediante el uso de la fuerza. De esta forma, el respaldo a Ucrania se ha convertido en una política de Estado.
Existe una razón de fondo. Chile y Ucrania comparten valores como la democracia y la libertad, el respeto al Estado de derecho, los derechos humanos y la solución pacífica de las controversias, así como la defensa del multilateralismo y del derecho internacional. Para países que no son grandes potencias, la existencia de reglas internacionales no es una abstracción jurídica, sino una garantía esencial de seguridad.
Después de más de cuatro años y medio de guerra a gran escala, sin embargo, es posible avanzar desde el respaldo político hacia una cooperación más concreta.
Chile tiene algo que ofrecer. Nuestro país acumuló durante décadas una importante experiencia en desminado humanitario. Según cifras de la Cancillería, cuando Chile concluyó ese proceso en 2020 habían sido despejadas 200 áreas, destruidas 179.815 minas y liberados más de 27 millones de metros cuadrados de territorio. El gobierno de Gabriel Boric ofreció colaborar con Ucrania en esta materia, aunque planteó hacerlo una vez terminada la guerra.
Esa condición debería ser reconsiderada. Según la plataforma oficial de acción contra minas del gobierno ucraniano, más de 132.000 kilómetros cuadrados permanecen bajo riesgo por minas y otros explosivos. La contaminación de esos territorios dificulta el regreso de sus habitantes, la agricultura, la reconstrucción y la recuperación económica.
El desminado humanitario ya se realiza mientras continúa la guerra: más de 41.000 kilómetros cuadrados han podido ser devueltos a usos seguros. En ese sentido, Chile podría aportar ahora, allí donde existan condiciones adecuadas de seguridad, sin esperar una paz cuya fecha nadie puede anticipar.
Pero la cooperación puede avanzar también en la otra dirección. Ucrania posee algo que Chile difícilmente puede obtener por otra vía: la experiencia acumulada tras más de cuatro años y medio de una guerra convencional de alta intensidad contra una gran potencia. El conflicto se ha convertido en uno de los principales laboratorios de la guerra contemporánea y está contribuyendo a definir el modelo de guerra del presente y del futuro cercano. Drones, guerra electrónica, defensa antiaérea, artillería, inteligencia, logística y nuevas formas de mando y control están siendo puestos a prueba diariamente bajo condiciones reales de combate.
No todas esas experiencias son trasladables a nuestra realidad, pero las Fuerzas Armadas chilenas tienen mucho que aprender de ellas. Intercambios de oficiales, cooperación entre academias militares y análisis conjunto de las lecciones aprendidas permitirían acceder a conocimientos que ningún ejercicio puede reproducir completamente.
Los drones son quizás el ejemplo más evidente. La experiencia ucraniana en su empleo, combinado con sensores, comunicaciones y procesamiento de información, puede tener importantes aplicaciones en la vigilancia de las extensas fronteras terrestres de Chile, desde el norte hasta el extremo austral, especialmente frente al narcotráfico, el contrabando y otras actividades ilícitas transfronterizas. No es casualidad que Kast y Zelensky hayan abordado en Nueva York precisamente la cooperación en seguridad y tecnologías de drones.
A más de 13.000 kilómetros de distancia, Chile y Ucrania pueden parecer países con pocos intereses estratégicos comunes. Pero la reunión de Nueva York mostró lo contrario. Después de cuatro años de respaldo político y diplomático, existe la oportunidad de avanzar hacia una nueva etapa basada también en la cooperación concreta. Chile tiene algo que ofrecer a Ucrania. Y tiene mucho que aprender de ella.
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