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Homero Simpson y la Universidad

por 16 octubre, 2012

Homero Simpson y la Universidad
Repensar un modelo curricular que junto con abaratar los costos fiscales y familiares, disminuya la estada de los alumnos en los claustros y mediante coordinaciones entre las universidades docentes y los gremios empresariales, se amplíen las pasantías pagadas por las propias compañías demandantes, de modo dual —lo que además aportaría ingresos para ayudar a costear su educación— y solo después ser habilitados profesionalmente por sus casas de estudios, podría constituir un aliciente para mejorar la pertinencia y actualización de la educación técnica y profesional y un estímulo a más esfuerzos de los estudiantes por concluir sus carreras.
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Homero Simpson, sí, el mono animado amarillo de la TV, es un técnico profesional especializado. Trabaja nada menos que en los controles de una central de energía atómica, en una pequeña villa rural, dominada por las decisiones atrabiliarias de Mr. Burns, el dueño de la planta. Y todos los días, tras terminar su turno, alegre, despreocupado y apurado por volver a casa para reunirse con su familia frente a la TV —o pasar por una cerveza al bar de Moe’s— arrastra accidentalmente en su capucha, un trozo de material radioactivo que, desde luego, cae en las alcantarillas de la ciudad, amenazando con intoxicar al conjunto de Springfield.

Pero es precisamente su rudeza campesina, desprolijidad ignara, escasa apostura y aún menor prestancia estético-cultural —“white trash”, diría algún bostoniano, en una descripción que quiere dividir esas aguas “blancas y rubias” de los más cultivados “Wasp” (white, anglosaxon & protestant)— lo que explica su éxito: Homero es el hombre masa del siglo XXI, es la cultura “pop”, lo prosaico, el mismo bárbaro de los motetes burlescos de la Edad Media, que se mofa de la rigidez de los abates dominicos y del pomposo poder de la Iglesia. Por eso tantos millones se identifican con él, en un acto casi inconsciente de rebeldía ante la dictadura de esa cultura aristocrática que impuso, por siglos, sus normas de conducta, conocimiento organizado, gustos, tradiciones y portes inconfortables, basados en los compulsivos contratos de relaciones de la antigua y agresiva nobleza europea: grave, seria, profunda, reconcentrada y contenida, obrando en la Tierra, la tarea de Dios.

Tras los recientes cambios en los sistemas de becas y créditos, en que el Estado deberá asumir gran parte de los costos de los estudios universitarios, la autoridad busca, con razón, abaratarlos, entre otros, mediante una disminución en la duración de las carreras y mayor eficiencia en la generación de especialistas.

Homero, en cambio, es lo opuesto a ese paradigma, no obstante ser un profesional especialista. Es decir, es una persona que cursó 12 años de educación básica y media y luego otros tres o cuatro de su especialidad, sin que ese largo proceso inductivo haya dejado en su carácter un ápice de la tradicional cultura “pilgrim” americana. Pareciera que algo en él —de hecho era “hippie” en los ‘60— repugnara de las “buenas costumbres” de sus antepasados luteranos y/o calvinistas, siempre ocupados, con adusta circunspección, de construir el Reino de Dios en esas tierras de oportunidad y libertad. Tal es uno de los resultados posibles de un modelo educacional que apuntó a generar una oferta profesional y técnica que respondiera a las demandas de una economía de enorme vitalidad como la de Estados Unidos en los 50-60 y que no obstante la potente inmigración, vivió los efectos encarecedores de la mano de obra, producto del pleno empleo.

El ministro de Educación, Harald Beyer, reunido con el Consejo de Rectores de las Universidades, les ha pedido recientemente un informe que explique por qué las carreras en Chile se extienden, en promedio, dos años más (6,4) que en los países de la OCDE (4,4), así como el por qué de los altos niveles de deserción (35,5 % al tercer año). Ambos factores son obviamente incidentes en los altos costos por estudiante de las universidades tradicionales, 63,7 % más de lo estimado por esos planteles, al tiempo que la tasa de titulación es muy baja: de cada 100 estudiantes que ingresan a primer año, sólo 57 se titulan.

En este marco, desde el 2006 al 2011, el Estado ha invertido en fondos concursables más de $70 mil millones en programas de innovación académica y calidad docente para renovación de mallas y capacitación de profesores y, tras los recientes cambios en los sistemas de becas y créditos, en que el Estado deberá asumir gran parte de los costos de los estudios universitarios, la autoridad busca, con razón, abaratarlos, entre otros, mediante una disminución en la duración de las carreras y mayor eficiencia en la generación de especialistas.

En Europa y EE.UU., para postular a la habilitación profesional se requiere del grado de bachiller (que se entrega en muchos casos al tercer año), pero la legalización final no atañe a las universidades, sino a los gremios y prácticas profesionales. En Chile, como se sabe, basta la graduación para estar habilitado, aunque, en los hechos, la mayor parte de los licenciados terminen perfeccionando las claves de su carrera en el trabajo y que el primer año de universidad sea habitualmente de nivelación, dadas las insuficiencias académicas con que muchos estudiantes de media llegan a la educación terciaria. Mientras, la formación universal-universitaria, que amplíe perspectivas culturales de los alumnos, es cada vez más escasa, tendiendo así el sistema chileno al modelo profesionalizante del tipo Homero Simpson.

Si bien esta perspectiva responde a necesidades históricas y podría ser una derivada del propio progreso —lo que en Chile se refleja, por ejemplo, en una demanda no satisfecha de 45 mil técnicos y profesionales para la minería en los próximos años— repensar un modelo curricular que junto con abaratar los costos fiscales y familiares, disminuya la estada de los alumnos en los claustros y mediante coordinaciones entre las universidades docentes —privadas o públicas— y los gremios empresariales, se amplíen las pasantías pagadas por las propias compañías demandantes, de modo dual —lo que además aportaría ingresos para ayudar a costear su educación— y solo después ser habilitados profesionalmente por sus casas de estudios, podría constituir un aliciente para mejorar la pertinencia y actualización de la educación técnica y profesional y un estímulo a más esfuerzos de los estudiantes por concluir sus carreras, al menos en lo que a técnicas, conocimientos especializados y el oficio se refiere.

Las universidades de investigación, por su parte, ya con menos demanda, atraerían a sus carreras —tan largas como fueran necesarias y por tanto más caras— a aquellos estudiantes con merecimientos académicos interesados en ampliar sus perspectivas, y según sus intereses, vocación y aptitudes, optar por una carrera universitaria de mayor profundidad y completitud, al estilo de la hoy menospreciada cultura “aristocratizante”, apuntada a la formación de un tipo de persona más plena e integrada a la búsqueda de respuestas a los depreciados misterios de la materia y el espíritu, del hombre, la sociedad y su historia, del ser y tiempo, cuyo cultivo, empero, hace la sutil diferencia entre el liderazgo creador de cultura, de aquel de la reproducción o consumo de sus digestos.

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