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Newsweek y la revolución digital Opinión

Newsweek y la revolución digital

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Roberto Meza
Por : Roberto Meza Periodista. Magíster en Comunicaciones y Educación PUC-Universidad Autónoma de Barcelona.
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Tal como el Huffington Post, que se inició humildemente como un blog alimentado desde el escritorio de los periodistas Arianna Huffington, Lerer y Peretti y que terminó valorizado en US$ 6 millones o el de la cubana Yoani Sánchez, que pone regularmente en jaque a la poderosa elite del PC cubano, cada uno en su medio y estructura social, constituyen ejemplos del impacto que las nuevas TIC’s están teniendo en las sociedades herederas de la revolución industrial y que, más temprano que tarde, generarán profundos cambios en las formas en que nos debemos reorganizar para el futuro.


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El tradicional y reconocido semanario de información Newsweek, uno de las más prestigiosos de EE.UU., ha anunciado que el próximo 31 de diciembre abandonará el papel como soporte de sus contenidos, para estar disponible únicamente en Internet, a partir de 2013.

La decisión, adoptada luego de casi 80 años de historia impresa, se une a la de otros grandes medios en papel que, tras la crisis del arribo de la radio, primero, y de la TV analógica, después, consiguieron adecuarse a esas competencias —atendiendo a la hipótesis de cierta exclusividad sobre el sentido de percepción específico que impactaban— pero que, esta vez, comienzan a rendir sus estandartes y a ajustar su negocio a las condiciones estructurales de la nueva economía que emerge.

En efecto, su editora, Tina Brown, explicó que más allá del “romance del impreso y la camaradería de esas horas antes del cierre en una noche de viernes”, la caída sistemática de la publicidad destinada a medios impresos y el creciente uso de tablets, smartphones y otros tipos de lectores electrónicos, han forzado una decisión que, empero, muchos otros medios en papel se resisten a aceptar como inevitable (esperando, tal vez, el “papel digital” ya en desarrollo).

Por el peso de los hechos y la porfiada realidad, Brown ha reconocido que el futuro es digital. Seguramente, hace 15 años, iniciada la masificación de las TIC’s e Internet, los analistas del área tranquilizaron a los capitanes de los medios escritos afirmando que aquellos eran simplemente “otros medios” (aunque con la particularidad de impactar varios sentidos a la vez) y que, tal como en su victoriosa lucha frente a las viejas tecnologías de la información y las comunicaciones, era posible enfrentarlos con éxito, manteniéndose en el tradicional soporte.

Buena parte de la actual crisis financiera internacional se explica por la digitalización del dinero: los capitales especulativos, transformados en señales electrónicas que se mueven a la velocidad de la luz entre asentamientos contables bancarios de Nueva York a Tokio, de Londres a Hong Kong, aumentaron la velocidad de circulación del dinero a niveles inimaginables, generando una sensación de riqueza que estimuló la imaginación financiera del Wall Street y enormes ganancias, pero también, como hemos visto desde 2008, grandes pérdidas.

El error ha sido, empero, entender Internet y las nuevas TIC’s, como “medios” y no como lo que son: un salto cualitativo de las fuerzas productivas, cuyas consecuencias no solo están cambiando el rostro del periodismo —y lo seguirán haciendo—, sino el del conjunto de la actividad económica humana. Lo que está sucediendo en las comunicaciones es apenas la cúspide del iceberg, porque la digitalización es un fenómeno que está inundando el conjunto del quehacer económico, modificando la forma en la que producimos y, por consiguiente, en la que nos relacionamos y organizamos. Si la revolución industrial fuera a la sociedad lo que al ser humano es el desarrollo de su sistema muscular, la digitalización universal es a la sociedad, lo que al ser humano es el desarrollo de su sistema nervioso. Un salto que transformará todo.

Veamos. De partida, buena parte de la actual crisis financiera internacional se explica por la digitalización del dinero: los capitales especulativos, transformados en señales electrónicas que se mueven a la velocidad de la luz entre asentamientos contables bancarios de Nueva York a Tokio, de Londres a Hong Kong, aumentaron la velocidad de circulación del dinero a niveles inimaginables, generando una sensación de riqueza que estimuló la imaginación financiera del Wall Street y enormes ganancias, pero también, como hemos visto desde 2008, grandes pérdidas.

El intercambio de conocimientos, que antes de la Internet corría a la velocidad del sonido o del avión, también multiplicó su ritmo y, con ello, generó una inusitada transferencia de información, amplificada por su acumulación en esa suerte de memoria mundial que es la www. Este proceso mejoró las condiciones de vida de millones de personas, facilitando con textos, sonido, fotos y videos, soluciones a todo tipo a problemas en la producción, distribución, marketing, comercialización, bodegaje, administración, etc, en la industria, minería, agricultura, comercio, turismo, entretención, etc, todas áreas que, además, comienzan masivamente a operar mediante algoritmos en computadores cada vez más poderosos, mejorando la eficiencia —aunque con menos personal y aumentando el desempleo—, en un idioma común universal: matemáticas binarias que, con sus 0 y 1, reemplazan los infinitos signos, letras, palabras y frases de los complejos lenguajes tradicionales y diversidad de culturas, haciendo realidad la sesentera búsqueda de Noam Chomsky de un lenguaje madre de nuestra especie.

El ingenio y creatividad digital no se han quedado en la producción. Ha traspasado también la puerta de los hogares. La domótica está transformando el concepto de vivienda y hasta de familia, cada vez más conectada y organizada en torno a softwares con los que controlan el riego, iluminación, temperatura, música o programas de TV, mientras sus refrigeradores pueden enviar pedidos de abasto, directamente a la computadora del supermercado y las mamás, desde su trabajo, controlar el trato que las parvularias del jardín infantil le están dando a sus hijos.

En la revolución de las TIC’s analógicas del siglo XX, la mayoría éramos sólo receptores. La digitalización nos está transformando en receptores y emisores activos, rompiendo esa unidireccionalidad que imponían la radio y la TV y que otorgaban a esos los medios su gran poder y seducción. Hoy, cualquiera es un broadcaster, subiendo a Youtube la “noticia” que acaba de grabar con su smartphone o enviando la comprometedora foto del dirigente político a su red de Facebook. Esta sola cualidad revoluciona las relaciones entre poder y ciudadanía e influye en la forma de ejercer la democracia. Que lo digan los estudiantes o ecologistas y sus manifestaciones citadas a través de la red.

Hoy ya no es “mi palabra contra la tuya” de antaño, sino “tu registro contra el mío”, lo que traslada la confianza desde la categoría y calidad de la persona, a la cualidad del medio. Tal vez este nuevo poder es el que explica en parte la desilusión actual respecto de aquellas respetadas y encumbradas elites políticas, religiosas, económicas o culturales del pasado, cuya característica para la mantención de su poder era, por lo demás, esa unidireccionalidad y exclusividad de difundir información, casi siempre destacando lo bueno y escondiendo lo malo.

Tal como el Huffington Post, que se inició humildemente como un blog alimentado desde el escritorio de los periodistas Arianna Huffington, Lerer y Peretti y que terminó valorizado en US$ 6 millones o el de la cubana Yoani Sánchez, que pone regularmente en jaque a la poderosa elite del PC cubano, cada uno en su medio y estructura social, constituyen ejemplos del impacto que las nuevas TIC’s están teniendo en las sociedades herederas de la revolución industrial y que, más temprano que tarde, generarán profundos cambios en las formas en que nos debemos reorganizar para el futuro.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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