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Juan Somavía

por 23 enero, 2013

Probablemente, la mayor y más permanente contribución de Somavía al mando de la OIT consistió en haber incorporado la dimensión social en el tratamiento de las cuestiones económicas y financieras mundiales. Un asunto muy fundamental, especialmente en fases de crisis, circunstancia en que como bien se sabe, los gobiernos tienden a hacer pagar los costos de los descalabros a los más pobres.
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Cuentan que en los años 60, el entonces embajador de Chile ante la ONU en Nueva York, don José Piñera Carvallo, padre del actual Presidente Sebastián Piñera, a poco de tomar posesión de su cargo cayó en la cuenta de lo difícil que le resultaría darse a conocer entre los centenares de embajadores y los miles de diplomáticos de todo rango que atiborraban el inmenso edificio. Como don José era un hombre de vasta cultura y aguda inteligencia, a quien además no le faltaba audacia ni ocurrencia, urdió un plan de batalla que consistió en hacer que su secretaria le llamara desde la Misión de Chile a la ONU varias veces al día. De modo que, de tanto en tanto y a diversas horas, por el sistema de amplificación del edificio se podía oír una voz femenina que clamaba: “Embajador Piñera, Embajador Piñera de Chile, favor comunicarse con el centro de comunicaciones”. Según el mismo embajador Piñera contaba entre risotadas, no pasó mucho tiempo antes que al presentarse por su nombre, recibiera de su interlocutor un sonoro “Ah, of Chile”.

Ha pasado el tiempo, y desde entonces hasta ahora en Chile han ocurrido diversos sucesos sobresalientes, las más de las veces dramáticos, todos los cuales han dado notoriedad y visibilidad a nuestro país en el mundo. Pero no obstante aquello, y como nos consta a quienes hemos tenido ocasión de visitar países que nos lucen remotos y otros que no lo son tanto, de continuo nos ocurre que nuestros ocasionales interlocutores nos pregunten con toda candidez ¿Y dónde queda Chile?

Pasada la sorpresa y sensación de incomodidad que suele embargarnos, y luego de tomar nota del baño de humildad y realismo sobre nuestra genuina circunstancia en el mundo que la interrogante implica, nos vemos obligados a situar geográficamente a nuestro país y a mencionar algunas generalidades. Terminada la explicación, la que casi siempre nos obliga a pasar en sobrevuelo por México, Brasil y Argentina, normalmente recibimos de vuelta una exclamación de comprensión, cuya traducción más literal seria ¡Ya, ok, Pinochet!

Probablemente, la mayor y más permanente contribución de Somavía al mando de la OIT consistió en haber incorporado la dimensión social en el tratamiento de las cuestiones económicas y financieras mundiales. Un asunto muy fundamental, especialmente en fases de crisis, circunstancia en que como bien se sabe, los gobiernos tienden a hacer pagar los costos de los descalabros a los más pobres.

A los chilenos nos gustaría que nuestro país fuera relacionado de buenas a primeras con nuestros grandes y galardonados poetas, como Neruda o la Mistral, con nuestros narradores más famosos como Isabel Allende o Bolaño, con nuestros músicos insignes como Arrau, con nuestros más talentosos deportistas, con nuestra bella geografía o, en último caso, hasta con nuestro cobre. Pero no, aunque nos pese, la realidad es que todavía cuando se habla de Chile en el exterior, normalmente,  la primera imagen que se viene a la mente es, tristemente, la del dictador de marras. Lo cual implica que, al contrario de lo que quisiéramos creer, todavía sobre Chile se sabe poco en el mundo, o que en todo caso, lo que se sabe es sobre nuestras desgracias de toda índole, más que otra cosa.

Y no estamos solos en este pequeño pero significativo drama de asociaciones mentales perversas e injustas. Me consta por ejemplo que a los rumanos les irrita fuertemente que su país sea relacionado automáticamente con el dictador Nicolás Ceausescu, o con el Conde Drácula, y que prefieren que se les vincule con la famosa gimnasta Nadia Comaneci. Y no menos feroz y destructiva resulta la asociación de ideas que tiene a lugar respecto de Colombia, en cuyo caso se trata de imágenes no menos deplorables y sangrientas, como las FARC, los carteles de la droga o Pablo Escobar. En el caso de Libia, a mayor abundamiento y para infortunios de sus habitantes, el  país sigue siendo asociado y lo seguirá por largo tiempo con la figura estrafalaria de Muhammad Gadafi.

En cuanto a Chile, existe un ámbito menos mediático y popular, en donde varios de nuestros compatriotas nos han aportado y nos siguen aportando prestigio, contribuyendo además al conocimiento de nuestro país. Aquel es el ámbito de las relaciones internacionales y los asuntos mundiales en general, donde un pequeño e insigne grupo de compatriotas, internacionalistas y diplomáticos, han dejado una huella indeleble, regalándonos fama, reconocimiento y prestigio como país, desde las altas responsabilidades que han ejercido y ejercen. Como es actualmente el caso de Michelle Bachelet, Directora de ONU Mujer y de Heraldo Muñoz, a la cabeza del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Y no deja de ser significativo y hasta curioso, que en un espacio tan marcado por las lógicas del poder desnudo, como es el caso de las relaciones entre los Estados que se dan en los organismos multilaterales, un país tan pequeño y periférico como el nuestro haya sido capaz, sin embargo, de ejercer tanta influencia y de proveer figuras tan notables, emblemáticas recordadas por sus aportaciones para hacer del mundo una realidad más vivible, mas cooperativa y menos conflictiva.

Juan Somavía, hasta hace muy poco Director General de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de las Naciones Unidas, cargo que ejerció por 12 años, es uno de estos compatriotas destacados en este ámbito. Cuya brillante trayectoria como internacionalista y diplomático, sigue la huella de otros chilenos universales.

La de Hernán Santa Cruz, por ejemplo, quien fuera miembro del grupo de redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948, quien tuvo el mérito de haber incorporado en el texto los conceptos de los derechos económicos, sociales y culturales, bajo la premisa que los derechos humanos son un todo indivisible. Santa Cruz fue además quien concibió la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), una institución que hasta hoy sigue contribuyendo al desarrollo regional y que, a través de sus objetivos, emparenta la obra de Santa Cruz con la trayectoria de otro de nuestros grandes internacionalistas, don Felipe Herrera, por un largo periodo director e inspirador del Banco Interamericano del Desarrollo (BID).

Mientras Somavía ejercía como embajador de Chile ante la ONU le correspondió integrar el Consejo de Seguridad, y presidir en varias oportunidades en Consejo Económico y Social de la ONU (Ecosoc). Pero durante este periodo, su obra personal más sobresaliente consistió en haber persuadido al Secretario General de la ONU y a sus distintas agencias, de la necesidad de convocar a una Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social, a nivel de Jefes de Estado, la cual se celebró con gran éxito y convocatoria en Copenhague en 1995. Correspondió a Somavía presidir el Comité Preparatorio Mundial de la que se conoce como la Cumbre Social, la cual en sus resultados implicó un drástico y favorable giro en la manera en que hasta entonces los asuntos económicos y sociales eran procesados en el marco de la ONU, sus agencias y otros organismos multilaterales vinculados a las cuestiones económicas y del desarrollo.

Cuando Somavía asumió la dirección general de la OIT, un organismo tripartito constituido por gobiernos, empleadores y trabajadores, se convirtió en el primer representante del hemisferio sur en dirigir el organismo. Como Director General, y probablemente inspirado en su labor al mando de la Cumbre Social y en sus propias convicciones humanistas y progresistas, Somavía promovió la idea según la cual “la calidad de una sociedad se mide por la calidad del trabajo que ofrece”, concepto a partir del cual acuñó la idea de “trabajo decente”, la cual la OIT adoptó como la expresión más contemporánea de su mandato institucional, y que la mayoría de los gobiernos del mundo asumen como un objetivo a alcanzar en cuánto a sus políticas de desarrollo y empleo.

Probablemente, la mayor y más permanente contribución de Somavía al mando de la OIT consistió en haber incorporado la dimensión social en el tratamiento de las cuestiones económicas y financieras mundiales. Un asunto muy fundamental, especialmente en fases de crisis, circunstancia en que como bien se sabe, los gobiernos tienden a hacer pagar los costos de los descalabros a los más pobres. Esta labor la inició Somavia en 2002, a propósito de la Comisión sobre la Dimensión Social de la Globalización, la continuó en la Cumbre Social y la consolidó en la Cumbre Mundial de empleo en 2009, evento en el cual la OIT adoptó el Pacto Mundial para el Empleo, destinado a inspirar políticas internacionales y nacionales destinadas a la recuperación económica, generar empleos y ofrecer protección a los trabajadores y sus familias.

Con Somavía como Director General, la OIT incrementó sensiblemente su influencia y por lo mismo, comenzó a participar en las reuniones cumbre del G-20 y en otras varias instancias donde se deciden los asuntos mundiales. En un sentido general, se reconoce que Somavía consiguió algo que para entonces parecía imposible: que la OIT y las cuestiones laborales que promueve y alienta, pasaran a estar en el centro de los debates mundiales sobre las respuestas a las crisis y los modelos de desarrollo.

Juan Somavía políglota, internacionalista, diplomático de fuste y aliado por convicción y doctrina en las alturas de la escena mundial de los más pobres del planeta, contribuyó grandemente a hacer posible, entre muchas otras cosas, que Jefes de Estado y altos funcionarios de todo el mundo hicieran, para variar, asociaciones mentales positivas y prestigiosas para nuestro país.

Juan Somavía acaba de regresar a Chile y viene para quedarse.  Con la cuerda y el entusiasmo que sabemos que le queda, ojalá pueda seguir entregando su talento y experiencia entre nosotros, para el engrandecimiento de Chile.

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