La altura de Facebook y la altura de los tiempos
Señor Director:
En esa ya distante “Carta abierta a Eduardo Sabrovsky”, atendiendo al uso por parte del Sr. Sabrovsky de las afirmaciones de Carl Schmitt sobre la “universalidad” y la “despolitización”, me preguntaba qué entendería el Sr. Sabrovsky por un derecho universal e incondicional a la crítica, y, especialmente, qué entendería por una política universitaria. Leyendo con decepción sus dos cartas, el Profesor Titular de la Universidad Diego Portales ha despejado esta duda.
Sabemos, creemos saber, lo que significa “Dictadura” en Chile. Sabemos, creemos saber y comprender, la relación estructural entre endeudamiento, tortura y desaparición de los cuerpos, retiro de televisores, privatización, despolitización, el miedo y las restricciones democráticas. Nada de esto se puede disociar, como pretenden aquellos que separan las “sombras” y las “luces” del “Gobierno Militar”, sus sótanos y sus cuidados antejardines. Sabemos que es esa relación estructural lo que aceleró la instalación de la homogeneidad liberal en Chile. Bajo la perspectiva de Schmitt –o del Sr. Sabrovsky- la izquierda chilena habría contribuido en este proceso de aceleración, “al igual que la dictadura”, mediante el recurso de la universalidad de los derechos humanos. Ese “al igual”, que emplea el Sr. Sabrovsky en su inicial columna en El Mostrador (“La franja del No y la despolitización de la sociedad chilena”), contiene una complejidad que he intentado exponer al traducir su tesis recurriendo a la cruda equivalencia entre la neutralización del cuerpo mediante la tortura y el endeudamiento de los estudiantes, y la neutralización del cuerpo político a través del recurso de la universalidad de los derechos humanos. Esta cruda equivalencia se sobrentiende por la comprensión de lo que significa “Dictadura” en Chile.
El Sr. Sabrovsky, finalmente, intenta explicar esta equivalencia. Pero la referencia a Lévinas –que contra la pretensión del Sr. Sabrovsky revalida mi traducción pues el cuerpo como “mero trozo de carne” suprime toda relación y sostiene la economía sin rostro de Totalidad e infinito-, o la ilustración de lo que implican las relaciones entre fuerza, ley y justicia –donde el Sr. Sabrovsky utiliza, y no es extraño entre los lectores de Schmitt, la manida idea levinaseana de la “postergación” como diferencia entre lo humano y lo no-humano, emergencia de la pasividad y la responsabilidad, pero también del “permiso siempre postergado” que Lévinas pudo encontrar en Ante la ley de Kafka-, o, por último, las noticias sobre el “liberalismo mundializado”, no despejan la complejidad de la equivalencia que supone la afirmación del Sr. Sabrovsky. Parecen, más bien, injertos o superposiciones.
Así como del énfasis en las tendencias estructurales no se sigue necesariamente la legitimación de los horrores –concuerdo con esta idea del Sr. Sabrovsky-, tampoco del énfasis en la “Universalización de los Derechos Humanos” se sigue necesariamente la legitimación de la despolitización o la actual hegemonía (neo)liberal en Chile (no hay por estos lados algo así como un “liberalismo coherente”, dicho sea de paso). Pero una cosa es clara: de la Dictadura chilena, que puede ser la cifra de muchos procesos mundiales, sí se siguen necesariamente los horrores que conocemos. Aquí es donde esa equivalencia del Sr. Sabrovsky, secundada por Schmitt, deviene una impostura.
¿Por qué el Sr. Sabrovsky no logra despejar las complejidades de esa equivalencia en sus cartas de respuesta? Porque, como lo expuse en mi carta anterior, el argumento es mañoso si se orienta contra el fondo de la posición política del Sr. Sabrovsky. El Sr. Sabrovsky tiene confianza en la “modernización liberal que puso a andar la dictadura en los años ’80” (“El malestar en el liberalismo”, El Mostrador, 7 de septiembre de 2012), donde todas las universidades son privadas, Facebook es para debates distraídos y la ficción compensatoria no puede ser otra que la “excelencia”, la “meritocracia” y la “independencia”. Le preocupan algunas incoherencias de este liberalismo, como las de Milton Friedman, que, en todo caso, como Alvaro Bardón y Rolf Lüders, se inclinan por la legalización de las drogas (“El malestar en el liberalismo”, El Mostrador, 7 de septiembre de 2012), al igual que los estudiantes. “Todos son liberales, usted mismo Sr. Flores, el modelo, todo”, piensa el Sr. Sabrovsky. Equivalencias en este mundo de la especulación. Pero le preocupa especialmente la manera con que la “universalidad de los derechos humanos” contribuyó en la consolidación de su propia ficción compensatoria –la excelencia, la meritocracia- para justificar el estado de las cosas. Y es que, después de todo, el Sr. Sabrovsky rubrica las tesis de Schmitt porque está de acuerdo con su idea de la “universalidad” (de los derechos humanos, de los derechos laborales, etcétera) como consumación liberal. No es que quisiera recuperar la “política concreta” y desandar el proceso de “despolitización”, motivo por el que algunos lectores de “izquierda” aplauden la columna del Sr. Sabrovsky. Nada de eso. Como lector de Freud, quiere mostrarle a la izquierda la verdad de lo que niega. La verdad y los beneficios: “una sociedad meritocráticamente lograda” es una “sociedad despolitizada” que gira alrededor de un “polo de irreductible opacidad”: “el capital cultural”, “su reproducción y la de la elite, que es su portadora” (véase el artículo “Universidad de la excelencia, política cultural, poder”, en revista Papel Máquina, N°2).
Como lo he planteado con diversas estrategias, algunas acertadas, la mayoría fallidas sin duda, no encuentro una justificación teórica –y práctica- para plantear una “estrecha asociación” entre la izquierda –que el Sr. Sabrovsky estira sin distinciones- y la Dictadura sustentada en la figura de la “Universalidad de los Derechos Humanos”. Esta tesis es una desafortunada forma de replicar el interesante debate sobre las “complicidades manifiestas” y “estructurales” entre la escena crítica y la Dictadura, entre la Concertación y la Dictadura o, más recientemente, entre la “impotencia categorial” y la “globalización”, debate que atraviesa el espectro de la “escena” del pensamiento chileno, que por su parte también requiere una revisión crítica. Por el contrario, la tesis del Sr. Sabrovsky viene a confirmar su posición, una posición que depende, en último término, de la articulación simbólica adherida al “liberalismo coherente”, la “excelencia” y la “meritocracia”. “Así van las cosas en el mundo y la universidad debe estar a la altura de los tiempos”, murmura el Sr. Sabrovsky.
Quedará abierto el debate, aquí o en Facebook. Siempre es interesante romper esa distinción –que es una pendiente- entre “medios masivos” y “medios exclusivos” que sirve de excusa al Sr. Sabrovsky para cerrar el intercambio. Debatir, por ejemplo, sobre el simplificado tratamiento de la «despolitización», el sesgado criterio de comprensión de la «universalidad» y la economía de las intercepciones teóricas. Facebook, así como este medio, me parecen lugares apropiados, accesibles a estudiantes, profesores y lectores en general, para dejar circular estos debates –con sus descuidos y omisiones, sus generalizaciones y aciertos- y la necesidad incondicional de la crítica, lejos de esos “intersticios del nuevo orden” donde el Sr. Sabrovsky aguarda el surgimiento de “nuevas elites” (“Universidad de la excelencia, política cultural, poder”, en revista Papel Máquina, N°2). Esperemos que la Universidad Diego Portales no se convierta en uno de esos intersticios y no busque su sentido en “la altura de los tiempos”.
Converger con el tiempo es diferir en el tiempo. Como decía Elias Canetti, ese autor recomendado con modestia por el profesor Eduardo Sabrovsky en su carta de despedida: “no estar nunca con lo que es válido en el momento. El efecto retrasado lo es todo, la recuperación a posteriori del tiempo”.
Ivan Flores Arancibia. Doctorando, Universitat Autònoma de Barcelona