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Se viene Marzo

por 8 febrero, 2013

Se viene Marzo
Estoy preparando tres columnas para marzo, una sobre ‘los parias de la PSU’, otra sobre ‘su ideólogo’ Cristián Cox, y finalmente otra sobre ‘lo que aprenden los niños de nuestra elite conservadora’. Tres columnas para reflexionar, en un año que nuevamente estará marcado por movilizaciones estudiantiles, sobre lo que han hecho con nuestra educación y sobre lo que esperamos desde una conciencia más crítica de cara al siglo XXI.
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El centro de Santiago ha estado muy agradable estas dos últimas semanas, menos congestionado, menos frenético, con un ritmo que llama al paseo que, perdido y sin ninguna diligencia que realizar, se deja llevar de librería en librería, partiendo desde el Paseo Bulnes hasta el barrio Bellas Artes o caminando desde República hasta Lastarria, en todos los extremos, por supuesto, de librería a librería. El café, la sandwichería, el restaurant son buenas oportunidades para sentarse al medio del trayecto y dejarse llevar por la lectura tranquila de ese libro que compramos con o sin razón, no importa, en cualquiera de los extremos. Santiago hace rato ofrece una buena oportunidad para dar un paseo cívico, para pensar en uno mismo o para dejarse llevar por el fisgoneo, el voyerismo inteligente, o el delirio posmoderno de hacer todo y nada, pues repito poco importa. Muchos cronistas han destacado este lugar común sobre Santiago, y de verdad, tienen toda la razón: Santiago se puede descubrir y un buen ejercicio es hacerlo desde el extremo de una librería hasta el otro extremo, en otra librería —insisto— donde lo que importa son los libros, la lectura y la experiencia del caminar leyendo también la ciudad. Lo que menos importa o casi nada son los libreros, seres realmente para estudio: el infierno siempre siguen siendo los otros.

Estoy preparando tres columnas para marzo, una sobre ‘los parias de la PSU’, otra sobre ‘su ideólogo’ Cristián Cox, y finalmente otra sobre ‘lo que aprenden los niños de nuestra elite conservadora’. Tres columnas para reflexionar, en un año que nuevamente estará marcado por movilizaciones estudiantiles, sobre lo que han hecho con nuestra educación y sobre lo que esperamos desde una conciencia más crítica de cara al siglo XXI. Digo que son columnas para marzo porque febrero es, casi inconscientemente, un mes para descansar, bajar el ritmo a las cosas y hacer sin hacer mucho. También, por qué no, para leer con asombro y sin tanto sentido de contingencia. Además, el verdadero reality que me interesa, producto de los sucesivos emplazamientos públicos que se le han realizado a Cristián Cox, Decano de la Facultad de Educación de la PUC, por su responsabilidad en uno más de los descalabros educacionales que nos dejó la Concertación —la PSU— ese reality digo, está en suspenso hasta marzo, creo, pues como buen concertacionista Cristian Cox, seguro siguiendo el principio Bachelet: esperará a marzo para dignarse responder sobre ese tsunami educacional que nos legó. Sus coroneles Jorge Manzi y David Bravo ya han dado la cara, incluso han amenazado dejar el buque si no para la ‘guerrilla’… literalmente. Para marzo será.

El verdadero reality que me interesa, producto de los sucesivos emplazamientos públicos que se le han realizado a Cristián Cox, Decano de la Facultad de Educación de la PUC, por su responsabilidad en uno más de los descalabros educacionales que nos dejó la Concertación —la PSU— ese reality digo, está en suspenso hasta marzo, creo, pues como buen concertacionista Cristian Cox, seguro siguiendo el principio Bachelet: esperará a marzo para dignarse responder sobre ese tsunami educacional que nos legó: sus coroneles Jorge Manzi y David Bravo ya han dado la cara, incluso han amenazado dejar el buque si no para la ‘guerrilla’… literalmente. Para marzo será.

Así que lo mejor es pasear, flanear, de librería a librería y ver qué ofrecen sus mesones y escaparates. Ofrezco cuatro breves reflexiones, libres, mientras llega marzo, sobre cuatro libros encontrados en estas dos últimas semanas. Obvio, si me lo permiten.

La primera. Ayer terminé de leer ILADES: testimonio de una historia (1965-1998), escrito por Francisco López Fernández. Se trata de una reflexión histórica muy personal sobre el famoso Instituto Latinoamericano de Estudios Sociales, una especie de centro de estudios católico que influyó con su pensamiento y su acción a buena parte de intelectuales y activistas sociales en el agitado Chile que va desde fines de los 60 hasta el retorno a la democracia en los 90. Impresiona darse cuenta de un plumazo que ese catolicismo se esfumó casi por completo de la esfera social, y que hoy impera uno o más conservador o más escandaloso y judicial. También por cierto uno más farandulero, con curas tipo Paulo Coelho, jesuitas también, pero ese catolicismo más serio y comprometido se ha desvanecido casi por completo.

ILADES tuvo en sus inicios entre sus profesores y conferencistas a Franz Hinkelamert, Paulo Freire, Luis Scherz y Fernando Enrique Cardozo, por nombrar a algunos. Por cierto, también sufrió en su seno conflictos ideológicos producidos por el marxismo ambiente en América Latina, lo que se resolvió, de acuerdo a una petición que el mismo Paulo VI le hiciera a los jesuitas del mundo, cuando ILADES se dio a la tarea de luchar contra el marxismo y sus derivaciones ideológicas, económicas, políticas y culturales. Su bandera de lucha fue el famoso ‘humanismo cristiano’, mote que le acompañó también durante los años de la dictadura, en el que su aporte no sólo fue luchar contra lo que denominaban marxismo, sino también contra el neoliberalismo, erigiendo pensamiento alternativo que hasta el día de hoy es muy influyente. No se puede entender la transición política de los 90 soslayando el papel que jugaron centros de reflexión y formación como ILADES.

La segunda. Estoy terminando de leer Los enemigos íntimos de la democracia de Tzvetan Todorov. Lo dejé de lado para leer de una vez el libro sobre ILADES. Este otro necesita más lentitud en la lectura, pues llegado el minuto, Todorov comienza a desmontar la lógica discursiva y de acción del neoliberalismo, con una extraordinaria fineza en la escritura. Este ejercicio lo hace al mismo tiempo que deja en evidencia cómo el neoliberalismo y el totalitarismo soviético son, en muchos aspectos, igualmente nocivos, dos caras de una misma moneda abisal y fatua para la democracia. Dice, “la sociedad que imaginan los neoliberales parece un club de miembros voluntarios que perfectamente podrían decidir cancelar su abono, porque son autosuficientes. Suprimen la referencia a una filiación social y cultural, pasan por alto la necesidad de reconocimiento por parte de las personas con las que vivimos y descartan la búsqueda del bien colectivo por miedo a que lleven al totalitarismo”. Pensar que llevamos ya 40 años siendo gobernados por neoliberales: nada que un buen café no ayude a superar.

La tercera. Un filósofo alemán muy interesante está siendo traducido. Se llama Wolfgang Sofsky. De él ya había leído un extraordinario ensayo sobre la importancia de proteger la vida privada, y llevo bien avanzado otro ensayo suyo titulado Tratado sobre la violencia. Confieso que no es fácil de leer, por su dureza y honestidad intelectual. No es un libro para comprender la violencia, a veces es para vivirla. Una breve cita: “… el siglo XX no sólo conoció un desarrollo monstruoso de las técnicas de aniquilación bélica, sino también un continuo progreso en las de la tortura, tanto en las guerras grandes y pequeñas como en los sótanos de las dictaduras… la tortura se convirtió en un arma del Estado contra la disidencia y la subversión… ahora se evidencia lo que la tortura siempre fue y lo que el pretexto de la información apenas disimulaba: represión y terror, y nada más”. ¿Chile, país de torturadores? Lo fue. La pregunta es si lo sigue siendo.

La cuarta. Finalmente, me estoy dando un gusto y leo por las tardes un maravilloso libro de Marvin Harris que se titula Vacas, cerdos, guerras y brujas. Me detengo ahora brevemente en el fenómeno bien conocido del “potlatch”, forma maniaca de consumo y despilfarro conspicuo con el fin de ganar una supuesta competencia por estatus y aprobación social. El “potlatch” consiste en donar o destruir más riqueza que el rival, así lo avergüenzo y gano la admiración social. Obviamente, Harris se deleita en comparar este comportamiento primitivo con el de las clases altas contemporáneas, despilfarran conspicuamente tanto o más. Pero, con una ironía fina concluye que lo único que puede detener hoy el despilfarro de las clases altas es la amenaza de impuestos fiscales redistributivos. Ante ello se ven obligados a “otorgar el mayor prestigio a los que tienen más pero lo demuestran menos”, porque en el fondo lo que importa es siempre el “potlatch”, aunque sea uno retorcido y extravagante como este. En Chile sabemos de eso: #opusdeistyle.

Hasta ahí estas cuatro breves reflexiones de cuatro breves libros comprados por estos días.

Santiago sigue siendo una ciudad abierta y plural, cada vez más. Un lugar común que no está de más volver a repetirlo cada verano. En todo caso, febrero pasa rápido. Se viene marzo.

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