La educación y la política sin sociedad
Los partidos políticos y el gobierno se mantienen lejos de esta sensibilidad, lejos de la agenda social de la educación. La opinión de dos connotados personeros de la Concertación expresa el acuerdo de nuestra elite de hacer política sin sociedad.
Las reacciones a la Acusación Constitucional presentada por un grupo de parlamentarios en contra del ministro de Educación, Harald Beyer, evidenciaron de inmediato el divorcio entre el sentido común ciudadano y la política. Mientras los partidos consideran el tema como un problema de oportunidad o legalidad, para la mayoría de los ciudadanos la acusación parece un juicio al lucro en la educación. Por ello, es muy probable que una gran mayoría de la ciudadanía la apoye.
Los partidos políticos y el gobierno se mantienen lejos de esta sensibilidad, lejos de la agenda social de la educación. La opinión de dos connotados personeros de la Concertación expresa el acuerdo de nuestra elite de hacer política sin sociedad.
Ricardo Lagos declaró este fin de semana al diario El País que “da la impresión de que la ciudadanía quisiera tomar las credenciales que le otorgó a sus representantes políticos y ejercerlas directamente, y eso que es bueno porque demuestra que la ciudadanía se siente más empoderada, puede llegar a ser tremendamente antidemocrático”. Enrique Correa, lobbista y operador político de la Concertación, sostuvo que “la política regresó en plenitud. El 2011 dio la impresión que los movimientos sociales habían dejado a la política de rodillas. Eso es una ilusión. Los llamados a que se vayan todos conducen al autoritarismo”.
[cita]En todas estas circunstancias ronda la omisión de la sociedad. Lo más probable es que para la gente Beyer ni siquiera represente al gobierno que lo nombró. Simplemente es el símbolo de quienes no desean terminar con el lucro, hipertexto de la acusación que posiblemente no fue tenido en cuenta en su momento, pero que está instalado en el sentido común de la calle.[/cita]
Para ambos, el malestar democrático de la sociedad encierra un peligro antidemocrático y autoritario que requiere, como dice Correa, “una política bien llevada… (que) … explica las esperanzas en la vuelta de la Presidenta Bachelet”.
Tales declaraciones expresan de manera cruda el juego instrumental de la política nacional frente a la opinión de la ciudadanía, y la pérdida de sentido de lo público.
El gobierno se enfrascó en el empate ético con la Concertación haciendo la defensa de Beyer como “el ministro que más ha hecho contra el lucro”, y sus partidos se aprestan para citar a declarar al Congreso a numerosos políticos de la Concertación.
Este instrumentalismo de la política frente al tema que seguramente será eje de la campaña presidencial, indicaría lo que un connotado intelectual de izquierda (Norbert Lechner) llamó en los años 90 “el descentramiento de la política”. Es decir, ella no se inserta ni resuelve lo sustantivo de la sociedad. Sus juegos resultan irrelevantes, ya que el poder y la solución de los problemas están en otra parte.
De este juicio no escapa Michelle Bachelet. A poco de su llegada a Chile, lo que más parece preocupar a su núcleo es que el tema enreda su cronograma de silencios y calienta el escenario con un problema donde no puede omitirse.
Prácticamente nadie quiere hacerse cargo del tema de fondo: la crisis de legitimidad, además de calidad, del sistema educativo chileno, inducido por el mercado salvaje de la educación desde su municipalización y la introducción simulada del lucro en la educación superior. No es como se sostiene, un problema de la educación pública solucionable con más plata, sino que se trata de lo público de la educación, como un valor republicano que orienta sus instituciones.
Que la derecha defienda el mercado lo menos regulado posible y la permanencia del lucro, parece natural. Mal que mal, es lo que ha sostenido desde siempre. Lo que resulta poco claro son los oblicuos argumentos de la Concertación.
Sin ir al fondo, sus partidos se han divido fuertemente, y los ex ministros de Educación Mariana Aylwin y Sergio Bitar han apoyado a Beyer o criticado el camino tomado por sus parlamentarios. Otros ex ministros como Andrés Velasco, José de Gregorio y José Joaquín Brunner han sido explícitos en defenderlo, lo mismo que a su manera hizo el presidente del PPD, Jaime Quintana, lo que le valió fuertes críticas de Osvaldo Andrade, Presidente del PS, y por cierto de todo su partido.
Pero en todas estas circunstancias ronda la omisión de la sociedad. Lo más probable es que para la gente Beyer ni siquiera represente al gobierno que lo nombró. Simplemente es el símbolo de quienes no desean terminar con el lucro, hipertexto de la acusación que posiblemente no fue tenido en cuenta en su momento, pero que está instalado en el sentido común de la calle.
Es posible que la acusación constitucional, cuya crítica tan transversalmente hace la política, fracase. No existe voluntad política alguna de enfrentar y juzgar el tema sino, por el contrario, si se lee bien la coyuntura, los llamados de la política son a omitir el sentido común ciudadano. “La educación chilena goza de buena salud”, señaló José Joaquín Brunner en la prensa del fin de semana. Las clases se desarrollan normalmente, “hay más becas, créditos subsidiados y oportunidades que antes”. Nada hace presagiar una crisis”. El ministro “necesita revisar y ordenar su agenda (…) y abocarse a unas pocas prioridades”.
El colofón es que la sociedad no existe, y si existe, se puede controlar con la buena política, como sostiene Enrique Correa. Representarla se torna peligroso o antidemocrático.
La crisis de la educación fuertemente activada el año 2011 se ha transformado en la vida de los otros, de los que no tienen poder, de generaciones de estudiantes fracasados que deben defender sus títulos en la calle o los tribunales. En cualquier sistema político no darle repuesta o convivir con ello es una mala señal. Incluidos aquellos sistemas de elites satisfechas, que se ven monolíticos y estables en su superficie, pues la política que se vuelve una ficción lejos de la gente generalmente termina mal.
La esperanza puesta en Michelle Bachelet debiera hacer esta consideración. El movimiento social por la Educación empezó el 2006, y ella recibió y debió dar respuesta a un petitorio de estudiantes secundarios de cuatro puntos: fin de la LOCE, fin de la Jornada Escolar Completa, Tarjeta Universal y Gratuita en Transportes y… fin del lucro. Prácticamente es la misma generación, con otros dirigentes, la que vuelve a hacer la pregunta: ¿y el lucro cuándo?
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