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Corea del Norte: La (in)utilidad de la guerra

por 1 abril, 2013

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Tensa calma. En las últimas semanas, los medios de comunicación de Corea del Norte no habían exhibido nada inusual. Las amenazas de Kim Jong-Il contra Occidente y la influencia norteamericana en la región se han considerado por más de una década parte de la política exterior coreana. Sin embargo, el mundo esperaba que su sucesor, el nuevo líder, Kim Jong-Un, marcara una diferencia con su padre en pos del diálogo y abriera un camino para lograr realmente la paz con su vecino del Sur. Sin embargo, hoy las palabras ataque nuclear preventivo demuestran que no existe tal voluntad. Los misiles listos para el ataque se interpretan como signo inequívoco de la hostilidad norcoreana.

Mientras las fichas de reordenan en el panorama mundial, los hechos plantean la urgente necesidad de definir claramente el rol que debe tener la Organización de Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad frente a Pyongyang. La inminencia de un ataque obliga a la comunidad internacional a actuar con rapidez. Pero, ¿actuar bajo sus mismos criterios? ¿Hasta qué punto es sensato creer que Corea del Norte cumplirá lo que dice? ¿La comunidad internacional debe emprender una campaña preventiva también?¿Es la guerra una solución a la guerra?
Responsabilidad de la comunidad internacional
El mundo es dinámico. Cambia y se transforma rápidamente. La sociedad internacional es eminentemente un escenario de tensiones, conflictos de interés, movimientos de dinero, intercambio de mercancías y migración de personas. Es por ello que -y entendiendo esta complejidad inherente del sistema- ha sido necesario regular procesos que aseguren los equilibrios de poder para mantener la esquiva paz.
Así fue como el Congreso de Viena mantuvo una paz estable en la Europa post napoleónica –excepto por los procesos independentistas de Alemania e Italia, el proceso del imperialismo colonialista y la paz armada de inicios del siglo XX – hasta que la acumulación de conflictos y las alianzas secretas estallaron en la Gran Guerra de 1914. Frente a una comunidad internacional traumatizada ante la destrucción y la muerte, nace la Liga de las Naciones –una entidad netamente idealista basada en las buenas intenciones­ – cuyas sanciones siembran el germen del odio y el resentimiento ante un injusto Tratado de Versalles que desembocará en un segundo enfrentamiento; peor que el anterior: el mundo conocerá el nazismo, los crímenes humanitarios y la bomba atómica. 
El orden mundial impuesto por la Organización de Naciones Unidas post segunda Guerra Mundial –especialmente las Conferencias de Paris de 1945 y 1946– es responsable directo de gran parte de los conflictos internacionales de los que somos silentes testigos hoy.
La división de Corea entre dos fuertes potencias vencedoras como Estados Unidos y la Unión Soviética, con la asumida carga ideológica que ello significa, no podía significar otra cosa que una bomba de tiempo dentro de los estrechos límites de la península.
La Guerra Fría -con su afán imperialista de conquista, poder y dominación a destajo- enfrentó finalmente a dos naciones que buscaban fagocitar a la otra por derecho propio. Hasta que finalmente, en 1950, las tropas norcoreanas de Kim II Sung  (apoyadas por el bloque comunista de la URSS y China) deciden sobrepasar la delimitación del paralelo 38 generando el primer conflicto abierto contra Estados Unidos y su protegida Corea del Sur. La ONU reaccionó de inmediato. Luego de tres años de enfrentamientos y más de 20 países involucrados, se logró mantener la frontera inicial y establecer un área desmilitarizado custodiado por ambos países. Sin embargo, jamás se firmó un armisticio oficial. En rigor, el conflicto se ha mantenido  pausado.
Reinicio de las hostilidades
En la década de 1960 y de la mano del desarrollo nuclear soviético, se construye el primer reactor de Corea del Norte en Yongbyon y en los setenta, otro. A partir de entonces, la desconfianza en torno a la capacidad atómica norcoreana ha molestado especialmente a Estados Unidos.
El Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968 buscaba tres objetivos claros. Por una parte, limitar los países autorizados a mantener armas nucleares – los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: Francia, China, Reino Unido, Rusia y Estados Unidos); fines pacíficos de la energía atómica; y el desarme, para de este modo conservar la paz y seguridad internacional. Ante la crisis actual, entendemos que la energía atómica es el avance científico-tecnológico más importante del siglo XX, pero a su vez, en manos inadecuadas, el más peligroso jamás inventado.
La primera crisis norcoreana siguió a dos décadas de acusaciones cruzadas de violación de TNP y derivó finalmente en el Acuerdo de Ginebra de 1995 como compromiso bilateral de cooperación y apoyo mutuo especialmente en temas energéticos para el necesario desarrollo del país asiático. Sin embargo, tanto Corea del Norte con la reanudación del programa nuclear, como Estados Unidos con el incumplimiento de la construcción de reactores de agua ligera, transgreden el acuerdo.
Las hostilidades se han mantenido en una tensa calma que Kim-Yong Il había explotado como política de Estado y en alineación con países antinorteamericanos como la Venezuela de Chávez e Irán de Ahmadinejhad, generando la distancia de Estados Unidos.
En 2003, Corea del Norte anunció su retiro del Tratado de No Proliferación en respuesta a la intensión expresada por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), organismo ligado a la ONU, por examinar sus instalaciones secretas. Se trata del único país del mundo que ha dejado el acuerdo, ya que India, Pakistán e Israel jamás han pertenecido y lo rechazan de plano.
Kim Yong-Un: ¿Nueva política norcoreana?
Corea del Norte es una nación que ha insistido en su adherir al comunismo fundacional según los lineamientos del Presidente Eterno. Y, tras 60 años de estalinismo, y una economía basada en la autosuficiencia, los norcoreanos con su marginación, pobreza y hambruna, llaman la atención del mundo con amenazas nucleares y así lograr alcanzar su visión de desarrollo vía apoyo económico internacional.
Tras la muerte de Kim Yong-Il, su hijo y heredero político, Kim Yong-Un, abría una posibilidad de cambio en la postura exterior de Corea del Norte, más allá de la excéntrica figura de su antecesor. Sin embargo, las recientes amenazas de Pyongyang no hacen más que alejar cualquier intento por solucionar la precaria situación de sus habitantes.
Lo cierto es que ante una emergencia internacional, una luz roja en el escenario mundial, el peligro al enfrentamiento armado es latente y posible si las cosas se ponen difíciles. La guerra se justifica si se produce en el marco de la legítima defensa, de la causa justa, del derecho a la intervención, del derecho a la guerra. Sin embargo, cuando la amenaza es nuclear quizá sea necesario –y humanamente obligatorio- dar un margen de laxitud y abogar por que los esfuerzos diplomáticos hagan lo suyo: evitar una catástrofe humanitaria o, incluso, el exterminio.

La ONU, a pesar de sus notorias falencias, debe enfrentar esta realidad firmemente con la voz del mundo y sus ideales de paz, comprensión y colaboración. Recordemos que son potencias mundiales dialogando con países pobres, sin salida y desesperados por una solución. Está claro que el mundo es un tablero de ajedrez, pero más allá de los juegos de poder, Corea del Norte pide ayuda a gritos.

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