Opinión
Transformadores, incrédulos y pragmáticos
La legitimación de las movilizaciones estudiantiles se debe a un sinfín de factores: la justeza de sus demandas y saber trasmitirlas con claridad; la incorporación de otros sectores sociales; la creatividad para manifestarse; la locuacidad de sus dirigentes; la neutralización de los medios de comunicación masivos que tienden a criminalizarlos y el uso de las redes sociales, entre otros, son cualidades que instalan a un movimiento trascendente, que se ubica como un actor relevante en la discusión del sistema educativo, que no busca ajustes, sino reformas.
Este año, de contiendas parlamentarias y presidenciales, ha puesto de relieve el interés de los líderes políticos por sintonizar con las demandas de sus posibles votantes, ejercicio que algunos practican con sinceridad, mientras otros suelen hacerlo como estrategia electoral, como parte del rito para seducir electores. En resumen: los políticos, aparentemente, tienden a estar más receptivos. Pero, a diferencia de otros periodos, la gente está empoderada de su rol fiscalizador y propositivo; la calle no solo reclama, también propone: Freirina, Magallanes, Aysén, los estudiantes y los mapuches, han sido movimientos que dieron muestras de capacidad para proponer soluciones a los problemas que el modelo económico y social genera.
Revisando la última encuesta que realizó el Centro de Investigación y Desarrollo de la Educación, CIDE, a los actores del sistema educativo, la cual involucró a apoderados, estudiantes, profesores y directivos, nos encontramos con una información significativa para quienes aspiran a representar a la ciudadanía en La Moneda y el Parlamento: la mayoría de los seis mil estudiantes de séptimo básico y cuarto medio encuestados, creen que la movilización social es un instrumento efectivo para alcanzar conquistas económicas: ya lo dijo Santos Discepolo “el que no llora no mama y el que no mama es un gil”.
[cita]Una generación que no persigue hacer la revolución, que busca con mucho éxito transformaciones que gozan de legitimidad social e instalan anhelos plausibles que tensan el conservadurismo del establishment político: hace dos años la educación gratuita aparecía como una reivindicación de antaño, trasnochada, hoy parece posible, social, técnica y políticamente viable.[/cita]
¿Es necesario que los estudiantes vuelvan a movilizarse para que se produzcan cambios reales a nivel de la educación superior? La respuesta es contundente: el 57.5 % lo cree indispensable, mientras solo un 14. 6 % piensa que se puede prescindir de la calle.
La respuesta visibiliza el cambio de paradigma asimilado por la generación de este nuevo milenio, quienes entienden la movilización social como un mecanismo de presión; como la ampliación del hacer política; como un instrumento efectivo para conquistar sus demandas y generar diálogos fructíferos y duraderos.
La legitimación de las movilizaciones estudiantiles se debe a un sinfín de factores: la justeza de sus demandas y saber trasmitirlas con claridad; la incorporación de otros sectores sociales; la creatividad para manifestarse; la locuacidad de sus dirigentes; la neutralización de los medios de comunicación masivos que tienden a criminalizarlos y el uso de las redes sociales, entre otros, son cualidades que instalan a un movimiento trascendente, que se ubica como un actor relevante en la discusión del sistema educativo, que no busca ajustes, sino reformas.
El dato permite interpretar que las organizaciones estudiantiles cuentan con un amplio nivel de respaldo, que tienen el mandato de continuar con las movilizaciones en función de reivindicaciones país, pues se entiende que la crisis educativa es global y, por ende, su solución debe materializarse impulsando transformaciones en las políticas educativas.
El discurso de los estudiantes se sostiene sobre una generación exitosa, que tiene una alta autoestima, consciente de las luces que entregó a otros sectores sociales y de las limitaciones que tiene la política tradicional a la hora de solucionar los problemas de la gente.
Esta mirada global se puede encontrar en el paso de los dirigentes estudiantiles a ser dirigentes sociales, quienes a pesar de que algunos interesados en mantener el statu quo los han calificado de destructores del sistema, de fumadores de opio o representantes del apocalipsis de la estabilidad política, han puesto al centro la voluntad de cambiar la institucionalidad, de modificar las relaciones entre la ciudadanía y quienes han sido mandatados para buscar soluciones a los problemas de sus electores.
Una generación que no persigue hacer la revolución, que busca con mucho éxito transformaciones que gozan de legitimidad social e instalan anhelos plausibles que tensan el conservadurismo del establishment político: hace dos años la educación gratuita aparecía como una reivindicación de antaño, trasnochada, hoy parece posible, social, técnica y políticamente viable.
Para este año, tendremos en la calle a una generación de jóvenes ávidos por movilizarse, pragmáticos, incrédulos de los grandes discursos y los liderazgos personalistas, transformadores, desapegados de las instituciones, dialogantes y disponibles a postergar su desarrollo en función de lograr un mejor bienestar para todas y todos.
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