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Modernización de la Cancillería: matar al mensajero no es la solución

por 8 abril, 2013

Nuestra diplomacia ha estado a cargo de connotadas figuras que no han sido precisamente diplomáticos de carrera y que tampoco han respondido a una sensibilidad política única —como ha sido el caso, entre otros, de los ex ministros José Miguel Insulza, Soledad Alvear, Juan Gabriel Valdés, Ignacio Walker y Alfredo Moreno, a quienes puede sumarse internacionalistas del prestigio de Heraldo Muñoz y Carlos Portales— , como así también al hecho que los diplomáticos no han sido responsables sino ejecutores de nuestra política exterior, resulta imposible plantear que los resultados en materia de relaciones internacionales, buenos o malos, pueden guardar relación con la supuesta existencia de tales burocracias al interior de la Cancillería.
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En la antigüedad, cuando un gobernante recibía noticias inconvenientes, en no pocas ocasiones la primera medida era ejecutar al mensajero tras lo que se comenzaba a planificar cómo se difundía la mala nueva de un modo que resultase convincente y, por supuesto, conveniente. La semana anterior, una columna publicada por El Mostrador bajo el título “Un nuevo ciclo en la política exterior de Chile” —que en sí misma tiene tres méritos que contribuyen a la discusión de tan importante materia— hizo recordar a muchos al interior del edificio Carrera, la ancestral práctica de intentar solucionar un problema culpando y ejecutando al mensajero.

En primer término, la columna abordaba el escenario internacional reconociendo su creciente complejidad y dinamismo, concluyendo la conveniencia de adoptar una nueva estrategia de política exterior de mediano y largo plazo. Dado que los autores del análisis son un ex Embajador y un ex director de la Cancillería, la observación referida a la necesidad de corregir una falencia —que resulta crónica y que ellos mismos tuvieron la oportunidad de conocer con motivo de su trabajo al interior del Ministerio de Relaciones Exteriores— merece ser tenida en consideración.

Nuestra diplomacia ha estado a cargo de connotadas figuras que no han sido precisamente diplomáticos de carrera y que tampoco han respondido a una sensibilidad política única —como ha sido el caso, entre otros, de los ex ministros José Miguel Insulza, Soledad Alvear, Juan Gabriel Valdés, Ignacio Walker y Alfredo Moreno, a quienes pueden sumarse internacionalistas del prestigio de Heraldo Muñoz y Carlos Portales—, como así también al hecho que los diplomáticos no han sido responsables sino ejecutores de nuestra política exterior, resulta imposible plantear que los resultados en materia de relaciones internacionales, buenos o malos, pueden guardar relación con la supuesta existencia de tales burocracias al interior de la Cancillería.

En segundo término, el artículo también tiene el mérito de vincular la política exterior con los legítimos intereses de la ciudadanía. Sin emitir juicios ni avalar las afirmaciones de los autores referidas a la existencia de una profunda crisis de legitimidad de las instituciones de nuestro país, lo que según ellos haría imperativo el diseño de una nueva fórmula de inserción internacional para superar un modelo que consideran ya agotado, parece acertada su observación referida a que la definición de los intereses permanentes del Estado debe considerar las aspiraciones de los diversos actores políticos y sociales.

El tercer elemento de la columna que resulta oportuno destacar es que los autores, como una de sus conclusiones, proponen construir una Cancillería moderna. Si bien no precisan los alcances del proceso de construcción sugerido, optando por dejar sus detalles como un tema a debatir, resulta importante observar que postulan que una adecuada gestión de nuestra política exterior requiere abordar la existencia de “burocracias corporativas exclusivas” que se caracterizarían por su vocación excluyente. Dado que durante las últimas décadas la conducción de la Cancillería y por ende de nuestra diplomacia ha estado a cargo de connotadas figuras que no han sido precisamente diplomáticos de carrera y que tampoco han respondido a una sensibilidad política única —como ha sido el caso, entre otros, de los ex ministros José Miguel Insulza, Soledad Alvear, Juan Gabriel Valdés, Ignacio Walker y Alfredo Moreno, a quienes puede sumarse internacionalistas del prestigio de Heraldo Muñoz y Carlos Portales—, como así también al hecho que los diplomáticos no han sido responsables sino ejecutores de nuestra política exterior, resulta imposible plantear que los resultados en materia de relaciones internacionales, buenos o malos, pueden guardar relación con la supuesta existencia de tales burocracias al interior de la Cancillería.

Lo que sí ha existido ha sido una falta de acuerdo respecto a cómo debe modernizarse nuestra Cancillería y Diplomacia que ha determinado una fosilización del Ministerio de Relaciones Exteriores que junto con encadenarlo pesadamente al pasado —en lo administrativo y lo político— ha permitido la sobrevida de carreras vitalicias e incluso de los denominados “Embajadores vitalicios”, cuadro que en su conjunto impide el necesario recambio generacional al interior de nuestra Cancillería. Esta situación, acompañada en forma episódica de prácticas clientelares sustentadas en el poder político de turno y estímulos que han privilegiado la antigüedad sobre el mérito, ha determinado la postergación de generaciones de diplomáticos que ostentan un nivel de formación profesional de excelencia que no tiene precedentes en nuestra diplomacia.

Sin embargo, esta situación de carácter surrealista no guarda relación con las decisiones adoptadas en materia de política exterior y la diferencia debe tenerse clara. Esto, por cuanto, pese a lo poco estimulante del escenario, nuestros diplomáticos han cumplido las tareas que le han sido asignadas de un modo profesional que debe enorgullecer a nuestro país. Concluir que la falta de planificación en el ámbito de las relaciones internacionales, o bien la adopción o ausencia de una determinada política exterior, ha sido responsabilidad de nuestros diplomáticos —que no hacen sino exigir desde hace años la modernización de la Cancillería— no es otra cosa que volver a la práctica de culpar y eventualmente ejecutar al mensajero para deslindar responsabilidades.

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