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Bachelet y el voto protesta contra Piñera

por 9 julio, 2013

Lo que pronostican los ciudadanos en las primarias recientes es que no quieren un segundo gobierno de la Alianza. Bachelet para las elecciones de noviembre tiene la ventaja sobre el resto de los candidatos, por decisión del gobierno, de encarnar en gran medida a este descontento ciudadano. Ninguno de los candidatos restantes simboliza de manera significativa ese descontento.
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Diversas lecturas han comenzado a plantearse a partir de los resultados de las primarias del 30 de junio pasado. En varias columnas publicadas en este medio se proponen interpretaciones que van desde la sociología de la religión –“Bachelet como figura cristológica”– pasando por “lecturas ciudadanas” hasta la indecidibilidad e incompletitud de explicaciones acerca del comportamiento de la “opinión pública”. Por cierto, todas ellas ponen de relieve aspectos de interés para el análisis.

A mi turno, me atrevo a terciar en el debate con una interpretación más próxima al análisis de la capacidad gubernativa y sus resultados en ciclos electorales. Las elecciones muestran la conformidad o disconformidad de la gestión gubernamental respecto de las expectativas ciudadanas. Como sabemos, lo que finalmente importa de un gobierno para los ciudadanos son sus resultados. Los resultados que la gente ilusiona, a pesar de su frustración reiterada con la política y los políticos. Lo que el gobierno pone en juego cuando da a conocer sus propuestas es su palabra. Palabra que valida con su cumplimiento y el país evalúa por sus resultados. Resultados –como afirmaba C. Matus– es la palabra que encumbra o hunde a un gobierno.

Lo que pronostican los ciudadanos en las primarias recientes es que no quieren un segundo gobierno de la Alianza. Bachelet para las elecciones de noviembre tiene la ventaja sobre el resto de los candidatos, por decisión del gobierno, de encarnar en gran medida a este descontento ciudadano. Ninguno de los candidatos restantes simboliza de manera significativa ese descontento.

El gobierno de Piñera empeñó su palabra con una promesa de cambio de una “nueva forma de gobernar” –y de un conjunto de materias bien concretas que por conocidas no son del caso citar– que abrió primero espacio a las expectativas, pero que al cabo de algunos meses trocó en decepción con ciertos rasgos de protesta e ira en casos como los medioambientales –termoeléctrica Barrancones, proyecto HidroAysén–, lucro en educación, abusos del retail, Isapres, AFP o en protestas de corte local como en Magallanes y Aysén. Lo anterior se ha dado en un contexto de término de un ciclo y de agotamiento del paradigma de gobernabilidad. Son precisamente los elementos arquitectónicos que caracterizaron dicho paradigma –eficacia, legitimidad y estabilidad– los que hoy parecen estarse cuestionando.

Conflictos y demandas de nuevo tipo propios de una etapa caracterizada por rasgos como la pos transición, la pos hegemonía neoliberal, sumado al término del ciclo de despolitización están socavando las bases sobre las que se configuro el paradigma de gobernabilidad en los inicios de la transición.

Lo que observamos en términos de resultados es que las demandas ciudadanas, en proceso creciente de empoderamiento político ciudadano, han sido desatendidas, ignoradas –el mejor ejemplo, las vacaciones de la ministra de educación–. Campea la más pura ideología, si la realidad no concuerda con la ideología el defecto se encuentra en la realidad. Por ello, no se escucha o no se quiere escuchar. Del mismo modo, demandas y protestas han sido duramente reprimidas. En perfecta sintonía con esta lógica, Bachelet, paralelamente, fue atacada dura y sistemáticamente.

Para esta perspectiva analítica, en las recientes elecciones lo que podemos observar es un proceso de identificación de la protesta –en relación con los resultados del gobierno– con la candidatura que representa Bachelet. El voto a Bachelet es también una respuesta de los que   perciben que ese voto duele a la gestión. De allí que el Voto Bachelet tiene como destinatario al gobierno de Piñera en primer lugar y al oficialismo –Alianza por Chile– en segundo.

Allamand y Longueira se presentaron como la continuidad del gobierno. La menguada votación alcanzada por ambos, en contraposición a la obtenida por Bachelet, muestra en los hechos un castigo al gobierno. Así lo reconocen partidarios de la actual administración. El presidente de RN se queja contra el gobierno y asegura que este “se las arregla para ayudarnos a perder elecciones”. Para otros como Manuel José Ossandón el resultado de la elección muestra en los hechos que el gobierno “ha sido arrasado”.

Lo que pronostican los ciudadanos en las primarias recientes es que no quieren un segundo gobierno de la Alianza. Bachelet para las elecciones de noviembre tiene la ventaja sobre el resto de los candidatos, por decisión del gobierno, de encarnar en gran medida a este descontento ciudadano. Ninguno de los candidatos restantes simboliza de manera significativa ese descontento.

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