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La allendización: ¿apenas un adhesivo melancólico?

por 17 julio, 2013

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Salvador Allende vuelve a transitar por las calles nuevamente. La escena viene repitiéndose al calor de las movilizaciones que despuntan en Chile desde el año 2011. Mientras una lograda caracterización permite que el oriundo de Valparaíso avance con la multitud, la personificación viraliza en fotografías y videos. Lo que la representación tuvo originalmente de teatralización, devino, más tarde, en un recurso político-cultural capaz de repetirse sin ser repetitivo.

La popularidad que viene alcanzando la recreación, pareciera ahorrarnos una pregunta clave. ¿En qué sentido los ciudadanos políticamente activados debemos recordar a Allende? Escamoteando una respuesta frontal, constato que el rostro vivo de la vía chilena al socialismo, y que por años ocupara un protagonismo trágico en poesías, novelas y obras de teatro, reaparece menos fénix que nunca.

Con Allende de vuelta por Alameda, argumentaré a favor de una allendización capilar de la escena urbana y, por lo tanto, también de la política. Radicalizando el fraseo, sostendré, inclusive, que la existencia de una identificación inter-generacional con el legado de Allende, favorece la candidatura de Michelle Bachelet. El papel adquirido y por adquirir del Partido Comunista de Chile (PCCh) refuerza tan excesivo pronóstico. Antes de seguir, cabe una aclaración esencial: aunque Salvador Allende nunca renunció a su militancia socialista, sostendré que el PCCh es el legatario popular de su herencia y su principal administrador simbólico.

 Allende después de Allende: la lectura comunista

¿Cuál fue la relación que establecieron los comunistas con el legado de Allende? A diferencia de la balcanización que experimentaría el Partido Socialista en el destierro, los comunistas en el exilio sobrellevaron la década de los setenta sin grandes divisiones que pusieran en duda su identidad partidaria. Como era posible imaginar, el gobierno multipartidario de Allende fue objeto de una remembranza laudatoria.

Cuando los comunistas acreditaron su adopción de una estrategia insurreccional (1980-1987c), otra sería la figura del panteón republicano que utilizarían como símbolo de su insurgencia. El abogado independentista Manuel Rodríguez fue el escogido. La elección buscó acrisolar juventud, patriotismo y astucia en una sola evocación. Con seguridad, para los comunistas careció por completo de importancia que Patria y Libertad hubiese sido la última fuerza política en reivindicar la biografía de Rodríguez como si fuera una flama.

Fracasada la militarización de la política (1987c), las divisiones se hicieron públicas entre “los hijos de Recabarren”. El colapso del socialismo autoritario aceleró la sangría interna y acompañó el aislamiento comunista que se prolongaría más allá del inicio del primer gobierno civil (1990c). Aunque pudieron recuperar su identidad partidaria de manera legal, la primera postdictadura fue, para los comunistas, un período de sobrevivencia.

Constreñidos por un sistema electoral asfixiante, la cultura partidaria comunista se solidificó en torno a las organizaciones de Derechos Humanos y su lucha contra la impunidad. El affaire Pinochet, entendido ahora en toda su extensión (1998-2006), renovó la legitimidad partidaria y oxigenó el testimonio como arma. Decisivo fue, también, el acercamiento directivo, pero también militante, hacia el gobierno de Hugo Chávez. Ambas operaciones, como era posible imaginar, tuvieron en la figura de Allende uno de sus principales reservorios simbólicos.

Es posible que ​la crisis ética y política de la Concertación espoleara el sostenido renacimiento comunista. Con más seguridad podemos afirmar que sucesivas reformas y replanteos electorales les permitieron, siempre en la inopia, conquistar algunas alcaldías y disputar, con mayores probabilidades de éxito, puntuales distritos parlamentarios. A mediados de la primera década del nuevo siglo la identidad comunista resurgió entre los jóvenes universitarios, pero también entre los profesores y los trabajadores precarizados.

Cuando Michelle Bachelet se convirtió en una sólida aspirante presidencial, el malestar hacia la clase política era mucho más que un suspiro académico. Hija de un respetado general constitucionalista, Bachelet recibió el apoyo comunista durante el ballotage (2006). ¿Podía haber sido de otra forma si atendemos a la biografía de alguien que simpatizaba con la desobediencia civil y, quizás, desconfiaba de la vieja política? Nadie se sorprendió que en las celebraciones de su triunfo electoral (53,50%) aparecieran emblemas extra concertacionistas. Inclusive, no es peregrino pensar en un espacio para el PCCh en el boceto original del gobierno ciudadano.

El apoyo electoral que la izquierda extraparlamentaria le brindó a Bachelet fue la antesala de sucesivos pactos electorales. Atrás quedaban muchos desencuentros y no pocas humillaciones. A propósito, parece necesario volver la mirada respecto de la inauguración del monumento a Salvador Allende (2000). Erigida en plena Plaza de la Constitución, la estatua fue descubierta en una ceremonia semi-privada que encabezó Ricardo Lagos a meses de iniciada su administración. Pero en vez de substraerse de un acto al que no habían sido invitados, dirigentes y militantes comunistas se auto-convocaron en una clara demostración de orgullo y fidelidad[1]. Pese al intento oficialista por administrar la conmemoración, los comunistas se impusieron como legatarios populares de la memoria de Allende.

La descripción expuesta ayuda a entender por qué Allende fue la personalidad más votada cuando Grandes chilenos se transmitió por televisión el 2008. Sin embargo, el relato omite los cambios verificados en el ancho mundo extra partidario, en especial si atendemos al paisaje estudiantil. Tamaña omisión podría desactivar una de las tesis políticas que se derivan del artículo: la identidad allendista del PCCh puede llegar a convertirse en un puente entre la candidatura de Michelle Bachelet y los novísimos movimientos ciudadanos.

 La allendización: ¿puente de plata entre el pasado y el futuro?

​El protagonismo que el PCCh viene exhibiendo desde el 2011 ha permitido que una nueva generación se sensibilice respecto del legado de Allende. Con seguridad no ha sido la única vía de socialización. La fundación Salvador Allende también ha jugado un papel, lo mismo que el propio Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos. Con seguridad, más importante que ambos ha sido el proceso de memorialización. En este caso, nos referimos tanto a la memorialización desplegada respecto de las víctimas del Terrorismo de Estado, como también a la despinochetización en desarrollo y que cada tanto registra nuevos hitos. El último de todos: la redenominación de la Avenida 11 de Septiembre por Nueva Providencia.

​Difíciles de aquilatar todavía, las movilizaciones estudiantiles del 2011 fueron decisivas en multiplicar una crítica al modelo de crecimiento. Pero, al igual que una deflagración, las esquirlas salpicaron en todas direcciones. En este caso, las movilizaciones admiten ser leídas como una crítica generacional. Al respecto, es importante destacar que Allende fue el único “político” que sobrevivió la espiral de “adultofobia”.

La lectura juvenil sobre el legado de Allende es benevolente. Combativo, anti-imperialista, locuaz, latinoamericanista, comprometido y perseverante, son algunos de los atributos más mencionados cuando el micrófono lo toman los sub-30. Como cualquier lectura semi-devocional, algunas contradicciones suelen ser amnistiadas. Por ejemplo, Allende, firmemente identificado con la educación pública, aprobó que sus hijas estudiaran, durante la década de los 50s y 60s, en establecimientos particulares.

Es evidente que Allende se ha convertido en una figura referencial para una generación que nunca tuvo oportunidad de escucharlo o verlo. También, como era posible imaginar, la mirada benevolente sobre Allende es aditiva, pero también selectiva. Se concentra en su estatura pública, soslayando el machismo; hace foco en su conocido interés por un Estado ubicuo, pero omite preguntarse en el financiamiento de las prestaciones universales. Un Estado, el que Allende imaginó, integralmente diferente al modelo mínimo que el neoliberalismo volvió mundial gracias a la convergencia de EE.UU. y China.

​Revalorizar el modelo de desarrollo que soñó Allende, parece menos anacrónico si contemplamos el panorama latinoamericano. Un ejercicio así debiera ayudarnos a repensar las voces que proponen re-estatalizar servicios básicos o recursos fundamentales. Tampoco deberíamos omitir a los que no exigen la re-estatalización, pero abogan por fuertes regulaciones. Sin ahondar en ambas perspectivas, parece obvio que el rescate comunista al legado de Allende coincide, en parte, con el reclamo originado en los movimientos ciudadanos, cuando es posible inferir políticas públicas de sus reivindicaciones. De este modo, la herencia de Allende, al modo de un aglutinante simbólico, fertiliza una convergencia posible. Cemento de una memoria militante, la remembranza de Allende proporciona la dosis de utopía que unos y otros ansían.


[1] Nota del Editor: El único dirigente comunista invitado a la ceremonia fue Volodia Teitelboim, quien, en medio de la misma, se retiró para incorporarse a la manifestación extra-oficial organizada por el PC.

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