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Relaciones Exteriores: un enclave autoritario

por 14 octubre, 2013

Que el servicio exterior chileno bajo la dictadura participó en acciones deleznables, es una cuestión que está fuera de toda duda. Yo mismo pude ver con mis propios ojos documentación oficial de la época, en que funcionarios de rango bajo y medio, incluidos Cónsules de Chile, algunos de ellos hoy embajadores, informaban profusamente a Santiago desde sus misiones en exterior que tal o cual persona viajaba a Chile desde tal parte, en el vuelo tanto, con tal fecha, para lo cual se instruía “poner estos antecedentes en conocimiento de la Central Nacional de Informaciones (CNI)”.
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Con ocasión de conmemorarse los 40 años del golpe militar, el actual  embajador de Chile en Ecuador,  Juan Pablo Lira, envió un sentida carta a sus colegas diplomáticos a través de la Asociación de Diplomáticos de Carrera (ADICA), en la que rememoró, a propósito  de su propia experiencia, las duras circunstancias que se vivieron en los días posteriores a aquel día fatídico y en aquella repartición pública. Cuando el Ministerio de Relaciones Exteriores, hay que recordarlo, estaba  situado en el ala sur poniente del para entonces destruido y todavía humeante Palacio de la Moneda.

Cuenta el embajador Lira que fueron sus propios colegas de entonces, muchos de ellos hoy en servicio activo, quienes —luciendo vistosos brazaletes que los identificaban como partidarios de quienes acababan de encaramarse en el poder por la fuerza— se implicaron personal y entusiastamente con carabineros para humillarlos y vejarlos en el Patio de los Naranjos, y para proceder a allanar las oficinas y pertenencias de todos quienes, como él, habían pasado a ser considerados súbitamente como “traidores y enemigos de la patria” .

La historia que relata el embajador Lira es bien conocida en el Ministerio de RR.EE. y también la identidad y paradero de cada uno de estos funcionarios, los cuales —sea por convicción, oportunismo acomodaticio  o miedo— se volvieron traidoramente contra sus propios colegas de profesión. Quienes hasta hace poco incluso los estimaban equivocadamente como sus amigos personales.

Que el servicio exterior chileno bajo la dictadura participó en acciones deleznables, es una cuestión que está fuera de toda duda. Yo mismo pude ver con mis propios ojos documentación oficial de la época, en que funcionarios de rango bajo y medio, incluidos Cónsules de Chile, algunos de ellos hoy embajadores, informaban profusamente a Santiago desde sus misiones en exterior que tal o cual persona viajaba a Chile desde tal parte, en el vuelo tanto, con tal fecha, para lo cual se instruía “poner estos antecedentes en conocimiento de la Central Nacional de Informaciones (CNI)”.

El embajador Lira me relató una vez esta historia triste y cruel y, según recuerdo, aquello pasó cuando todavía se creía equivocadamente que era mejor no hablar de estas cosas y dar vuelta la página. Y me consta que le seguía doliendo no sólo esta circunstancia, sino, especialmente, que sus protagonistas y culpables en muchos años, desde cuando fue reincorporado en 1990, no habían tenido nunca ni la más mínima intención de excusarse en modo alguno.

El propio Juan Pablo Lira fue prontamente expulsado del servicio exterior sin ninguna clase de miramientos. Y otro tanto le ocurrió a más de un centenar de funcionarios diplomáticos de todos los grados, muchos de los cuales fueron literalmente botados a la calle mientras servían en el exterior, con lo cual  quedaron  abandonados y librados a su propia suerte junto a sus familias, lo que dio ocasión a que misiones de países amigos y organismos internacionales les dieran solidaria acogida y amparo en este trance humillante e inhumano.

En un ministerio que para entonces tenía una dotación de funcionarios mucho menor que la actual, la perdida súbita de tan importante cantidad de diplomáticos, implicó para las autoridades dictatoriales la necesidad imperiosa de buscar reemplazarlos. Y como la dictadura identificó desde un principio a las relaciones exteriores como unos de sus flancos más débiles y complejos de tratar, quiso garantizar, naturalmente, que los nuevos diplomáticos fueran de su entera confianza, para lo cual procedió a reclutarlos con pinzas y extremo cuidado entre los círculos más próximos y leales que fuese posible.

En primer lugar, lógicamente, entre la cantera de la así llamada “familia militar”, lo que explica buenamente que la inmensa mayoría de los diplomáticos que ingresaron por la puerta y por las ventanas al servicio exterior hacia los primeros años de la dictadura, e incluso hasta finales de los años ochenta, fueran mayoritariamente hijos o parientes cercanos de altos oficiales de las FF.AA.

Todos ellos, obviamente, debieron pasar por todos los controles y cedazos imaginables, para lo cual debió de resultar muy útil y apropiada la existencia de una oficina de enlace, dentro del propio ministerio, de la DINA primero y de la CNI después, cuyo propósito operativo es fácil de imaginar y a cuya injerencia maligna nadie le puso atajo.

No hay ni que decir que para entonces no había ninguna ADICA, pues aquella entidad de defensa corporativa sólo fue creada, cómo no, cuando volvió la democracia. Muy probablemente, al menos en el primer tiempo, para que sujetos como los del Patio de los Naranjos encontraran alguna clase de refugio preventivo.

Y como se dio el caso de que muchos de los reclutados estaban cursando estudios universitarios cuando fueron convocados, o no los habían cursado en lo absoluto, y que lo relevante y decisivo era la confianza y probada lealtad, y no los talentos ni los pergaminos académicos de los candidatos, es que se fue construyendo la realidad completamente anómala de que, incluso al día de hoy, exista una gran cantidad de diplomáticos de alto rango, incluidos embajadores, los mismos que ingresaron al servicio exterior en estos procesos irregulares y urgentes, que no poseen títulos universitarios o profesionales de ninguna especie.

El embajador Lira en su misiva alude a que desde la Cancillería “se enviaron elementos para asesinar en Buenos Aires y Washington”, cuestión  que es bien sabida y que constituye —junto a una serie de acciones de esta especie nunca investigadas— un baldón para el servicio exterior chileno, el cual sin embargo nunca se ha hecho una autocrítica, aunque gusta de presumir de su apoliticismo y profesionalidad, al servicio del Estado, como le agrada declarar.

Que el servicio exterior chileno bajo la dictadura participó en acciones deleznables, es una cuestión que está fuera de toda duda. Yo mismo pude ver con mis propios ojos documentación oficial de la época, en que funcionarios de rango bajo y medio, incluidos Cónsules de Chile, algunos de ellos hoy embajadores, informaban profusamente a Santiago desde sus misiones en exterior que tal o cual persona viajaba a Chile desde tal parte, en el vuelo tanto, con tal fecha, para lo cual se instruía “poner estos antecedentes en conocimiento de la Central Nacional de Informaciones (CNI)”.

Muchas de estas acciones, perpetradas a mansalva contra compatriotas, califican de sobra para juzgar a sus autores no sólo como “cómplices pasivos” —para usar las palabras del Presidente Sebastian Piñera—, sino además como cómplices activos y necesarios, para quizás qué clase de crímenes que pudieron haber sido cometidos como la resultante de sus mensajes y acciones de espionaje y delación contra la comunidad de chilenos en el exilio.

En este contexto, la misiva de condolencias del embajador de Chile en Suecia a su colega el embajador de Chile en Nicaragua, Hernán Mena, resulta plenamente explicable.

Como se sabe, el embajador Horacio del Valle en la referida nota, enviada a nombre de todo el personal de la misión bajo su cargo y por conducto oficial, hizo un homenaje al fallecido ex director de la CNI y padre del embajador Mena, calificándolo como un hombre de “extraordinarias condiciones humanas, intelectuales y diplomáticas”, agregando una alabanza al “extraordinario papel que le tocó desempeñar como soldado y hombre de bien en pro de las convergencias, los derechos humanos, la paz y la seguridad de Chile”.

La nota de un colega de generación a otro habla por sí misma. Aunque comentario aparte se merece el que se haya decidido mandar a un hombre de las ideas y el criterio del embajador del Valle precisamente a Suecia y la falta de  mínimo de criterio de quien haya decidido y visado el envió del hijo de Odlanier Mena a representar a Chile ante el gobierno de Daniel Ortega, líder del Frente Sandinista.

Tengo un gran aprecio y consideración por la nueva generación de diplomáticos chilenos. Precisamente por aquellos que aparecen como los mejores dotados y formados para representar a Chile. Hombres y  mujeres que no han escatimado esfuerzos ni sacrificios para perfeccionarse, incluso muchas a veces sin apoyo institucional de ninguna especie, realizando estudios de postgrados, maestrías y doctorados y estudios idiomáticos, todo lo cual los coloca al mejor nivel frente sus colegas de profesión en otros países.

Ellos son lo mejor y más valioso que hoy tiene el Ministerio de Relaciones Exteriores y hacen que podamos mirar con optimismo y esperanza la futura gestión de nuestra política exterior. Para cuando aquella pueda ser colocada, por fin, en manos de profesionales genuinamente idóneos y comprometidos con los intereses y el destino de Chile en el mundo.

Las nuevas generaciones de diplomáticos chilenos, con absoluta independencia de sus personales opciones políticas, no merecen seguir siendo postergadas en sus legítimas expectativas de ascenso por esta generación apernada que actúa como tapón.  Tampoco los diplomáticos deben seguir siendo obligados a trabajar subordinados a autoridades con menos atributos profesionales que ellos mismos, y bajo  un sistema verticalista y jerarquizado en extremo. Un sistema más propio de una institución militar que de un servicio público, donde el estricto mérito como criterio para las calificaciones, ascensos y destinaciones, tradicionalmente ha brillado por su ausencia.

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