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Jorge Millas y la universidad: reflexiones críticas

por 25 marzo, 2014

La historia de Millas, en definitiva, es compleja, como lo son las historias bajo circunstancias como las que Chile vivió a partir de 1973. Sus esfuerzos durante ese régimen por pensar de manera independiente y de influir fracasaron. Debió por ello sufrir el alejamiento de la universidad, pero no fue el único en esa situación. Es más, no se encontró entre quienes más padecieron en aquella época, pues no fue exiliado, torturado, ni asesinado, como sí ocurrió con muchos otros universitarios en cuyo nombre no alzó la voz. El conservadurismo de su oposición a la reforma universitaria, por último, merece ser discutido en momentos en que vuelve a pensarse en la importancia de que la universidad sea un espacio de inclusión y de servicialidad a las necesidades sociales.
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Todo grupo humano tiene mitos: narrativas que le dan sentido al grupo en cuestión, a sus órdenes y prácticas. Eso es así tanto en sociedades tribales como contemporáneas. Lo característico de estas últimas es que ofrecen espacios para someter dichos mitos a escrutinio crítico; entre otros, el espacio ofrecido por la actividad académica.

Me interesa discutir un mito que atañe precisamente al grupo humano compuesto por los académicos chilenos: el mito de Jorge Millas. Millas, como se sabe, fue un destacado filósofo, que enseñó desde la década del 50 en la Universidad de Chile y la Universidad Austral. De la primera se alejó en 1975, y de la segunda, en 1981.

Es precisamente la ruptura con estas universidades, y particularmente con la segunda de ellas, lo que da origen al mito de Millas. Millas, en ambos casos, renuncia como resultado de desacuerdos con las autoridades nombradas por la dictadura. El mito de Millas, surgido en momentos de tanta oscuridad, lo presenta como un héroe de la resistencia universitaria contra la intervención militar. Por ejemplo, el periodista Emilio Filippi saludó en ese entonces la renuncia de Millas como “la expresión maciza de quien, por representar a muchos universitarios y a gran parte de la gente de valer de este país, ha sacrificado el quehacer que ama en su inclaudicable afán de exponer la verdad”.

Pero tal ruptura con la universidad intervenida ocurre recién en 1981, después de que en nuestro país y sus universidades ya ha pasado mucha agua bajo el puente. En la Universidad de Chile, Millas sirvió bajo dos rectores delegados, y en la Universidad Austral, bajo tres. Es más, en la Austral, Millas colaboró con dichas autoridades, llegando a dirigirle un elogioso discurso de despedida al primer rector delegado, Gustavo Dupuis, en 1976, donde le agradece el haber restituido el orden a esta institución. Pero en ambas universidades, desde el mismo 11 de septiembre de 1973, hubo expulsiones arbitrarias, vejaciones y tortura de alumnos, profesores y funcionarios, así como también desaparecimientos que hasta el día de hoy pesan en nuestra memoria. Mientras eso ocurría, Millas estaba dedicado a la política palaciega, intentando dar conducción al rumbo de las autoridades delegadas. De hecho, en la Universidad Austral logró que la rectoría designada implementara en 1977 un estatuto de su autoría.

La historia de Millas, en definitiva, es compleja, como lo son las historias bajo circunstancias como las que Chile vivió a partir de 1973. Sus esfuerzos durante ese régimen por pensar de manera independiente y de influir fracasaron. Debió por ello sufrir el alejamiento de la universidad, pero no fue el único en esa situación. Es más, no se encontró entre quienes más padecieron en aquella época, pues no fue exiliado, torturado, ni asesinado, como sí ocurrió con muchos otros universitarios en cuyo nombre no alzó la voz. El conservadurismo de su oposición a la reforma universitaria, por último, merece ser discutido en momentos en que vuelve a pensarse en la importancia de que la universidad sea un espacio de inclusión y de servicialidad a las necesidades sociales.

Millas, sí, critica la intervención de la Universidad de Chile en 1975 a través de su artículo “La universidad vigilada”, en El Mercurio. Y cuando se produce su salida definitiva en 1981, ha dirigido otras críticas más; ha participado en la fundación de la Comisión Chilena de Derechos Humanos; y, lo más importante, ha participado junto a Eduardo Frei Montalva del único acto contra la aprobación de la Constitución en 1980 autorizado por la dictadura, el mítico ‘Caupolicanazo’.

La actitud de Millas hacia la dictadura y su intervención en las universidades, entonces, cambia a lo largo de esos años. En ello no hay pecado, por el contrario. Pero su cambio en algo recuerda al constitucionalista demócrata cristiano Alejandro Silva Bascuñán, quien colaboró con la dictadura, a partir de 1973, como integrante de la comisión que redactó la Constitución. Cuando en 1977 la dictadura declara disuelto al PDC mediante el Decreto Ley Nº 1697, Silva Bascuñán renuncia a dicha comisión y pasa a integrar el ‘Grupo de los 24’, un comité de juristas críticos de la Constitución… en cuya redacción el propio Silva Bascuñán había participado.

Es importante, entonces, dejar en claro que hay un cambio en la actitud de Millas ante la intervención militar, así como también es importante entender las razones de dicho cambio, y las implicancias políticas y éticas de su postura inicial. Me parece que el siguiente texto, extractado de un discurso dirigido por Millas a sus amigos tras su alejamiento de la Universidad Austral, nos permite aproximarnos a estas interrogantes:

“Van ya para ocho los años de intervención política y militar en la Universidad chilena. Cuando la medida se adoptó en 1973 había aparentes razones para excusar su extremismo. Los claustros habían sido, en efecto, desnaturalizados por la neurosis política del país y había desaparecido de ellos el ambiente espiritual de ensimismamiento creador que reclama precisamente su deber [de] trascendencia al servicio público. En aquellos tiempos era necesario hacer ver que en cierto importante sentido la Universidad tiene que ser torre de marfil y que en ningún sentido, en cambio, debe convertirse en feria ni en plaza de mercado… Así, pues, alteradas como se hallaban nuestras casas de estudio al sobrevenir los trágicos sucesos de 1973, muchos pensaron que la extrema, y de todas maneras discutible decisión de intervenir militarmente era un mal menor del que pudiera tal vez surgir la normalidad deseada.”

Millas aquí nos da un atisbo de lo que en 1973 había considerado como “aparentes razones” para “excusar” el “extremismo” de la “intervención política y militar en la Universidad chilena”. Las “razones”, que en 1981 ya podía ver que eran tan sólo “aparentes”, se encontraban en la “desnaturalización” del espacio universitario por “la neurosis política del país”. La intervención militar era “un mal menor del que pudiera tal vez surgir la normalidad deseada”. ¿Y qué había destruido esa “normalidad”? Millas lo dice con claridad: el esfuerzo de algunos por cambiar el carácter de “torre de marfil” de la universidad.

Como sabe quien conozca el discurso público de los 60, Millas se está refiriendo aquí a la reforma universitaria. Eran los estudiantes y profesores reformistas quienes criticaban el carácter de “torre de marfil” de las universidades chilenas, entre otras falencias acusadas. El apelativo de “torre de marfil” formulado por los reformistas apuntaba –como dice un folleto de 1967 de la FEUC, titulado “Nuevos Hombres para la Nueva Universidad”–, a la “falta de comunicación con el medio social” de las universidades. La reforma, en cambio, tenía el propósito de transformar a la universidad en una “institución que interprete y conduzca culturalmente la toma de conciencia y la realización del proyecto social”, abriéndola “con urgencia, preferentemente, a los grupos sociales a los cuales se ha negado el acceso a la educación y la cultura”.

Ahora, Millas reaccionó frente al proceso de reforma universitaria con una actitud que transitó entre el escepticismo y el rechazo. Su respuesta al discurso reformista fue la misma que en aquel entonces Jaime Guzmán articulara para dotar de contenido a su Movimiento Gremial. Ambos le retrucaron a los reformistas que el aporte de la universidad a la sociedad debía ser cultivar el saber, formar profesionales, y nada más. La universidad, como escribió Millas en las páginas de El Mercurio, criticando la toma de la Casa Central de la PUC en 1967, debe “promover el saber superior y las más altas normas de cultura, para su conversión en energía social a través de los graduados, por una parte, y del propio incremento del saber, por la otra”.
En esto se evidenciaba la idea de universidad de Millas: una idea que giraba en torno a una concepción academicista, a primera vista despolitizada pero en última instancia políticamente conservadora, de la labor intelectual y de la transmisión de sus resultados. Esta concepción está bien descrita y analizada por Iván Jaksić en Rebeldes académicos (UDP, 2013), quien denomina como “profesionalista” a la postura de filósofos como Millas y Juan de Dios Vial Larraín y la contrapone a la actitud de filósofos “críticos”, como Juan Rivano, favorables al proceso de reforma (la dictadura, recordémoslo, exoneró, encarceló y exilió a Rivano).

Tales son, entonces, las implicancias políticas de la actitud original de Millas ante la intervención militar de las universidades. Para él, era el mal menor que venía a poner fin a la desnaturalización de la universidad producida por el proceso de reforma. Y esto también nos abre las puertas a la comprensión de las implicancias éticas de su actitud original ante la intervención militar. Su actitud hacia el proceso de reforma parece haberlo hecho insensible al destino de quienes lo encabezaron.

Tras el golpe, por ejemplo, se le impidió el regreso a Chile a Eduardo Novoa Monreal, quien estaba en París como embajador en misión especial defendiendo la nacionalización del cobre. Novoa Monreal, profesor de la Universidad de Chile, había sido en 1971 candidato a rector de esa institución (su compañero de lista había sido Ricardo Lagos Escobar, candidato a secretario general). La dictadura no sólo exilió a Novoa Monreal, sino también le privó de su cátedra universitaria. En la Universidad Austral, Guillermo Araya Goubert, quien en 1973 había sido candidato a rector de esta universidad en representación del reformismo y que a la fecha del golpe era decano de Filosofía y Letras, no sólo fue exonerado sino también encarcelado. En ambos casos, y en muchos otros incluso peores, Millas guardó discreto silencio. Su voz se alzó recién cuando su labor académica se volvió imposible en los claustros universitarios.

La historia de Millas, en definitiva, es compleja, como lo son las historias bajo circunstancias como las que Chile vivió a partir de 1973. Sus esfuerzos durante ese régimen por pensar de manera independiente y de influir fracasaron. Debió por ello sufrir el alejamiento de la universidad, pero no fue el único en esa situación. Es más, no se encontró entre quienes más padecieron en aquella época, pues no fue exiliado, torturado, ni asesinado, como sí ocurrió con muchos otros universitarios en cuyo nombre no alzó la voz. El conservadurismo de su oposición a la reforma universitaria, por último, merece ser discutido en momentos en que vuelve a pensarse en la importancia de que la universidad sea un espacio de inclusión y de servicialidad a las necesidades sociales.

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