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Finánciamela, reservadamente

por 8 septiembre, 2014

Finánciamela, reservadamente
Los enemigos de la democracia le tienen miedo a la gente, y por eso les interesa que haya algo, una cosa informe que parezca una democracia, pero que no lo sea. Así, se preocupan de crear y mantener ciertos dispositivos que la devalúen.
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Los diputados Jackson y Mirosevic han propuesto terminar con los aportes reservados a las campañas electorales. Sería un gran paso para dignificar la democracia, aparte de la normalización de las dietas. Circula por las redes sociales la lista de los primeros 10 candidatos que más aportes reservados han recibido. Se trata sólo de lo que se ha declarado, y con toda seguridad los dineros reales han sido de un volumen de varias veces eso, si atendemos a la estimación de Keneth Bunker de aproximadamente cinco mil pesos por voto como costo medio de campaña. O sea, que además hay mucho dinero negro.

En senadores la lista la encabeza Guido Girardi y luego se reparte entre los dos conglomerados de la casta duopólica. En diputados puntea el dinámico Ernesto Silva, seguido de nueve de sus compañeros de coalición.

¿De dónde sale ese dinero? ¿Cómo lo recuperan más tarde las entidades o personas que hicieron aportes, cual corresponde en una sociedad de mercado? El que todo sea “reservado” es una muy mala señal, tratándose de una mezcla explosiva: dinero y votos, empresas y política.

Los senadores y diputados deben representar a la gente y regular a las empresas. No puede ser que sean ellos los regulados por las empresas.

¿De dónde sale ese dinero? ¿Cómo lo recuperan más tarde las entidades o personas que hicieron aportes, cual corresponde en una sociedad de mercado? El que todo sea “reservado” es una muy mala señal, tratándose de una mezcla explosiva: dinero y votos, empresas y política.

La disposición que permite que un candidato recolecte de no se sabe quiénes como mínimo 500 millones de pesos, y que esos aportes sean “reservados”, es más que una puerta abierta a la corrupción: es derechamente corrupción.

En efecto, ese parlamentario debe responder, más que a sus electores, a quienes lo financian, que son sus reales –como se dice técnicamente– stakeholders. Son ellos, los grandes donantes secretos, los que se ven afectados por las decisiones legislativas del representante, y son quienes tienen el botón de pánico o de reelección del muñeco en las próximas elecciones. Hay datos relativos a que de las grandes empresas nacionales aprueban en sus directorios determinadas sumas para donar. Aparte de lo que puede uno suponer que no se declara.

Se argumenta que el secreto es un aliciente para las donaciones, y que una elección cuesta dinero. Es verdad.

Sin embargo, hay mucho gasto innecesario. Uno piensa que con un par de letreros por candidato en cada comuna bastaría, no es necesario ese ridículo tapizado urbano de pancartas, vallas y palomas. Podría también prohibirse la publicidad radial o en prensa y sustituirla por debates. La sobriedad tiene mil maneras de operar.

Pero finalmente hay que decir que una disposición que dinamita por dentro el sentido de la democracia no puede ser buena para financiarla.

La corrupción no es un problema lateral de los sistemas democráticos, y también por cierto del nuestro. Se trata de un asunto, ahora, estructural. Algo que debemos cambiar.

Los enemigos de la democracia le tienen miedo a la gente, y por eso les interesa que haya algo, una cosa informe que parezca una democracia, pero que no lo sea. Así, se preocupan de crear y mantener ciertos dispositivos que la devalúen.

La corrupción es uno de estos dispositivos. En efecto, si el representante (senador, diputado, presidente, alcalde, concejal) no obedece a sus representados sino que es un cartero de los poderes que nos gobiernan sin pasar por las elecciones, la democracia pierde la parte sustancial de su sentido.

Pero al mismo tiempo es importante que la gente esté enterada un poco de la corrupción, y así es como se filtran escandalosamente algunos chanchullos (no todos), porque eso hace cundir el desinterés por ir a votar o por participar en la vida pública: para qué, si está todo cocinado. Con pocos votantes reales, la democracia es más manipulable.

En España el nuevo partido Podemos se financia mediante las redes sociales, utilizando el crowdfunding o financiación masiva. Es un ejemplo. Más vale poner diez lucas cada uno para sostener los gastos de desplazamiento, comunicación, asesoría y convocatoria de un candidato que nos caiga bien, que esperar a que a este le llegue un vale vista de los grandes poderes, porque a partir de ahí la democracia se nos derrumba.

Habrá quienes sostengan, por cierto, que ojalá se derrumbe, que todos los políticos son siempre malos y que no hay por definición ninguno que les caiga bien. Hay países en esa línea, que se liberaron de los políticos, y se gobiernan militarmente o religiosamente. Quizá nuestros escépticos de la democracia estén pensando en alguna exquisitez así.

Quizá más que políticos profesionales lo que necesitamos son ciudadanos y ciudadanas, gente normal que se vista normal y hable normal, que esa gente esté presente por un tiempo –no hay para qué echar la vida en ello– en el debate y en la toma de decisiones públicas. Como se ha dicho, la política es demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos.

Pero por ahora tenemos lo que tenemos.

Impedir la corrupción es el interés de los ciudadanos decentes, y requiere de un poco de esfuerzo. Es algo más que indignarse. Ser cívicos no es sólo cuidar el espacio público o respetar a los peatones o a las mamás con niños que toman un bus, también es cuidar a la democracia de la depredación y de la corrupción.

Por mucho que mantengamos limpia nuestra vereda poco vamos a disfrutarla si elegimos a alcaldes o concejales corruptos que permiten edificaciones que por su altura o uso terminarán destruyendo la comuna. O si, distraídos y abstinentes, dejamos que sean elegidos esos buitres.

No se trata sólo de elegir, es preciso informarse y de repente, so avariciosos, aportar microscópicamente. No somos clientes de la vida pública, somos sus dueños, y toda propiedad conlleva gastos y preocupaciones.

Lo otro es entregarles el presente y el futuro a un puñado de familias, a unos usurpadores políticos que dicen despreciar y odiar al Estado pero que, desde las sombras y gracias a la corrupción, se enriquecen con él, anulan su fuerza reguladora, y se apropian de nuestro esfuerzo, sumergiendo a la vida pública en prácticas asquerosas y enriqueciéndose cada vez más, hasta niveles impresentables.

Lo que esa gente odia y desprecia no es el Estado, es la democracia y la quieren desprestigiada y diluida. Nos odian y desprecian a nosotros, que los hacemos ricos y somos en general tan buenos y cariñosos, y consumimos tanto.

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