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Opinión

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Las posibilidades de avance de la izquierda hoy en Chile

por 25 noviembre, 2014

Al revisar el debate, me parece que algo hay de viejos argumentos con ropaje nuevo. Algunos de estos problemas ya fueron abordados por Marx contra Lasalle en el histórico Congreso de Gotha, cuando en 1874 se produjo la unificación de las dos grandes corrientes de la Izquierda alemana, la marxista y la anarquista, creada por Ferdinand de Lasalle. Karl Marx da cuenta de sus argumentos en la Crítica del programa de Gotha, y en múltiples cartas que rebaten el anarquismo. Después, un ya viejo Friedrich Engels, en carta a August Bebel, inicia el debate acerca de la participación en los procesos republicanos.
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Extractos del ensayo: “Las herramientas de la izquierda para ser alternativa de poder en Chile

 Los últimos acontecimientos en la política chilena muestran la necesidad de la izquierda de hacer política con mayor densidad. El ejercicio de luchar por transformaciones profundas, en un sistema republicano, requiere el respeto de todos quienes aspiran al “poder” de conducir esas trasformaciones, y es un ejercicio serio por parte de todos los actores.

Tienen razón Marco Enríquez e Ignacio Walker, necesitamos transformaciones profundas en las que las grandes mayorías nacionales se sientan interpretadas. Las claves para avanzar, sin entrampar el ejercicio del poder en una coalición de gobierno progresista, las debiera tener la Izquierda, la gente en las calles, pero hoy esto no es así, y el despliegue del gobierno para cumplir su programa requiere apoyo.

De las dificultades de la Izquierda debemos dar cuenta con la misma seriedad con que tenemos que hacernos cargo de la necesidad de ir avanzando en la ejecución del programa de un gobierno con el que tenemos un compromiso republicano, de honor y de convicción, de respaldar con toda nuestra fuerza.

No tenemos excusas para no colaborar con un proceso de transformaciones profundas. Aunque no tengamos el poder de conducción, tenemos herramientas para incidir en favor de las urgentes necesidades de nuestra sociedad que se expresan en el programa del gobierno de la Nueva Mayoría.

La experiencia neoliberal chilena ha estado marcada por la constante desigualdad de ingresos y riquezas. En la última crisis vivida por el sistema, las buenas cifras de la economía chilena siempre se vieron relativizadas por la persistencia de los factores profundos que alimentaron la debacle del 2008 y que aún persisten. Se trató de una crisis de la economía real, inducida por los irracionales procesos de desregulación de las últimas décadas, que además encubre una crisis energética, que nos presiona a dejar atrás la era de los combustibles fósiles, una crisis ecológica sin precedente en la historia de la humanidad, y una crisis alimentaria que se ve agudizada por el cambio climático.

La humanidad entonces intenta echar mano a las alternativas que tiene para enfrentar la pobreza y las profundas desigualdades que nos hereda este sistema. Y en este camino, todas las economías modernas combinan lo público y lo privado de varios modos y en varios grados. Revalorizando el Estado, como organizador de la pluralidad social y como ordenador de la articulación externa en el mundo globalizado en que vivimos, pero también como ente regulador de aquello a lo que el mercado no puede dar respuesta o resulta incompetente. Hoy, tras la derrota de los socialismos del siglo XX, nadie seriamente lo rechaza ni absolutiza.

El 2009 la derecha derrotó en Chile a una desgastada coalición de centro izquierda; formula de cambio social que no enfrentó el neoliberalismo, las desigualdades, y que al terminar la primera década del siglo XXI los “indignados” de todo el planeta han condenado. Los cuatro años en que gobernó la derecha en Chile profundizaron el malestar de los ciudadanos con una forma de hacer política que no los considera. Y a pesar que algunos creyeron que los empresarios estaban mejor preparados para ser gobierno que la derrotada Concertación, las cifras de la última elección presidencial muestran que no era así.

El triunfo aplastante de Michelle Bachelet, un 62%, encabezando ahora un pacto electoral que incluye a parte importante de la Izquierda, dio cuenta de que no basta con tener buenas cifras económicas (5,9% de cesantía, y un 5,3% de crecimiento del PIB, ambos como promedios de los cuatro años); hoy los ciudadanos piden más. La propuesta de la Nueva Mayoría en torno a una Nueva Constitución, y reformas tributaria y de educación, resumía los anhelos de la gran mayoría de los chilenos. Y esta afirmación es de las urnas, pero también de las calles por las que, desde el 2011, marcharon millones de personas exigiendo cambios profundos; de hecho, la discusión acerca del mecanismo de una Asamblea Constituyente, como el camino para lograr una amplia participación ciudadana en la gestación de la nueva Constitución, se transformó en un eje de la discusión política hasta el día de hoy.

La nueva alianza de Centro Izquierda se amplió con el ingreso al gobierno del Partido Comunista y la Izquierda Ciudadana, y, con ellos, de miles de militantes de Izquierda que por más de 20 años fueron opositores a los gobiernos de la Concertación y de la derecha. Esta nueva alianza hoy tiene la responsabilidad histórica de sacar adelante un programa que debiera cambiar el rostro de Chile.

La derrota de la derecha en esta elección y de la Concertación en la anterior, dieron cuenta de que ellos no tienen las herramientas para enfrentar los cambios sociales que hoy vivimos. Sus carencias, sin embargo, no son nuestro problema. La Izquierda necesita hacerse de las “herramientas necesarias que le permitan conducir los cambios”, y creo que es necesario precisar el contenido de esta caja de herramientas.

Hacerlo, aunque sea en forma de un esbozo, significa proponer respuestas a argumentos substantivos de la discusión de los últimos años, donde una parte de la Izquierda no aceptó participar de una alianza con el centro, y otra parte decidió concentrar su esfuerzo en posicionar un candidato propio y no en ir en una alianza programática como la Nueva Mayoría. Pero, reconociendo estas diferencias, también es un intento de caracterizar lo que nos es particular y propio de las herramientas de la caja de la Izquierda.

 Nuestras diferentes Izquierdas

El debate en las últimas contiendas electorales en Chile –la de alcaldes (2012), la de parlamentarios y la presidencial (2013)– estuvo marcado por la creación de una nueva alianza de centro izquierda, la Nueva Mayoría, a la que se integran el Partido Comunista (PC), la Izquierda Ciudadana (IzqC) y el MAS, junto a la antigua Concertación. Esto marca las diferencias al interior de la Izquierda en el problema de cómo se aborda la política de alianzas. Pero esta discusión, a poco andar, dio cuenta de profundas discrepancias en cómo abordar aspectos estratégicos de la lucha social y del proyecto o proyectos de sociedad a la que aspiramos.

Una parte de la Izquierda no participó de estos procesos electorales. Es cierto que desde que nacen a la vida independiente, en la primera mitad del siglo XIX, en Chile y en toda Sudamérica existe una cierta Izquierda que desconfía de cualquier posibilidad de hacer transformaciones sociales en el contexto de instituciones formadas en el proceso de desarrollo capitalista. Y en las últimas décadas se les ha sumado una parte de la Izquierda que ha perdido toda esperanza en la política democrática republicana, aquella controlada por el escrutinio popular.

Al revisar el debate, me parece que algo hay de viejos argumentos con ropaje nuevo. Algunos de estos problemas ya fueron abordados por Marx contra Lasalle en el histórico Congreso de Gotha, cuando en 1874 se produjo la unificación de las dos grandes corrientes de la Izquierda alemana, la marxista y la anarquista, creada por Ferdinand de Lasalle. Karl Marx da cuenta de sus argumentos en la Crítica del programa de Gotha, y en múltiples cartas que rebaten el anarquismo. Después, un ya viejo Friedrich Engels, en carta a August Bebel, inicia el debate acerca de la participación en los procesos republicanos.

Sin embargo, debemos constatar que siempre ha habido profundos vasos comunicantes entre estas y otras Izquierdas que sí participan de los procesos republicanos, como forma de lucha para lograr transformaciones sociales, más allá de la compleja relación específica que se diera en cada momento. Siempre ha existido una relación, más o menos estrecha, y un buen ejemplo de lo distante que puede llegar a ser es la respuesta que el año 1905 le diera un líder de la Izquierda anarquista a don Luis Emilio Recabarren: “El divorcio entre el socialismo evolutivo y el socialismo revolucionario ha sido tan profundo –señalaba– que cualquier persona que tenga el conocimiento más o menos completo del problema social que agita el mundo, comprenderá que esas dos porciones están divididas no por pequeñas diferencias, como dice El Proletario –refiriéndose a un artículo publicado por Recabarren–, sino que han llegado a constituirse en dos entidades completamente antagónicas”.

Otra Izquierda sí participó de los procesos electorales municipales (2012) y parlamentarios y presidencial (2013), pero prefirió levantar candidaturas independientes, sin buscar ni aceptar alianzas con otras fuerzas de la Izquierda, ni menos con la Nueva Mayoría o la socialdemocracia: el llamado progresismo. Se trató de candidaturas testimoniales, en búsqueda de convocar a los molestos por el viraje de la Izquierda que opta por incorporarse a la Nueva Mayoría; que aceptan participar del proceso electoral buscando capitalizar el posible descontento social, y difundir sus argumentos.

Dicha Izquierda esgrimió argumentos unas veces tácticos y otras definitivamente estratégicos, con una apreciación del rol de la lucha social y de sus organizaciones que tiene fuertes lazos con tradiciones de la Izquierda de los 60 y 70.

Hay movimientos de Izquierda que tienen carácter regional, gremial, de género o universitario. Todos estos participaron de alguna forma de los últimos debates. Los hubo que participaron parcialmente de los procesos electorales; llamando en algunos lugares a votar y en otros a abstenerse, por motivos comunes o distintos, unos y otros.

Hay quienes llamaron a votar en la segunda vuelta presidencial, fundando su decisión en argumentos distintos a los esgrimidos durante la primera. Mientras otros, en cambio, llamaron a la abstención y a no apoyar a la candidata presidencial de la Nueva Mayoría por razones ideológicas o programáticas, en circunstancias que esta ponía en el centro el cambio de la Constitución pinochetista, una de las más profundas reformas educacionales de nuestra historia moderna, y la anhelada reforma tributaria.

Un factor determinante en las decisiones tomadas por los diferentes sectores de la Izquierda que no apoyaron a la Nueva Mayoría, es la duda respecto a la posibilidad de hacer los cambios que hoy se proponen con los mismos actores que no los realizaron en los pasados gobiernos de la Concertación, entre 1990-2009. Y este fue un factor relevante a la hora de las elecciones municipales y parlamentarias, en que la ciudadanía votó también por quienes aparecían como garantes del cumplimiento del programa. En las primeras ya la Izquierda que no participo en el gobierno creció más de un 20% y en las parlamentarias pasó de 4 a 10 diputados, 3 de los cuales pertenecen a la Izquierda que no participa de la Nueva Mayoría.

La Izquierda que se incorporó a la Nueva Mayoría, el Partido Comunista y la Izquierda Ciudadana, enfrentó unida tanto las discusiones programáticas con quienes provenían de la Concertación como el complejo debate con la Izquierda que se marginó de esta alianza. Estos encuentros y desencuentros develaron las debilidades del trabajo teórico de la Izquierda que no ha participado del gobierno, y cómo estas debilidades pasan la cuenta a la hora de las definiciones de un programa que se juega en los detalles y en la comprensión de los problemas del Estado y, por tanto, de hacerse cargo de sus instituciones, la profundidad de sus objetivos.

Pero también fue evidente la falta de respuestas claras frente a otra Izquierda, que duda de la eficacia de una alianza de gobierno como la Nueva Mayoría. Como ha señalado un dirigente de Revolución Democrática (RD), haciendo una clara alusión a la Democracia Cristiana chilena: “Un referente que pueda avanzar decididamente hacia los cambios, [no puede] tener fuerzas en su interior que empujen en la dirección contraria”.

Sin duda, de igual forma nos faltaron enunciados claros respecto a políticas públicas en áreas económicas de gran impacto social, por sólo mencionar algunos aspectos en que hemos sido deficientes, afectando así las posibilidades de conducir y, también, de obtener una mayor representación en los diferentes ámbitos del gobierno. Pero lo que no hemos cultivado en décadas no podemos recuperarlo en meses.

 Discusiones históricas de la Izquierda en el mundo

Al revisar el debate, me parece que algo hay de viejos argumentos con ropaje nuevo. Algunos de estos problemas ya fueron abordados por Marx contra Lasalle en el histórico Congreso de Gotha, cuando en 1874 se produjo la unificación de las dos grandes corrientes de la Izquierda alemana, la marxista y la anarquista, creada por Ferdinand de Lasalle. Karl Marx da cuenta de sus argumentos en la Crítica del programa de Gotha, y en múltiples cartas que rebaten el anarquismo. Después, un ya viejo Friedrich Engels, en carta a August Bebel, inicia el debate acerca de la participación en los procesos republicanos.

En la II Internacional, el mismo Bebel discute contra Jean Juarès, mientras Rosa Luxemburgo y Lenin rebatieron a Bernstein y Kautsky frente al tema de la participación en los procesos electorales y en los parlamentos republicanos, después Rosa Luxemburgo criticó a Lenin y a los bolcheviques por falta de democracia en el partido y la exclusión de la mujer…. Otro tanto ocurrió con los debates con Trotsky, Mao, Gramsci, Togliatti, nuestro Luis Emilio Recabarren, y tantos más que entregaran testimonios e ideas para enfrentar las luchas sociales en la primera mitad del siglo XX.

Se trata de argumentos valiosos, todos, pero anteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, y que ya no dan cuenta de los nuevos desafíos en la lucha social. La resolución de estos debates es relevante, pero dice relación con la historia, con acontecimientos que han dado la razón a unos o a otros, asignando triunfos y derrotas a los más diversos argumentos, los que debemos considerar en esos mismos contextos.

La Segunda Guerra Mundial dio paso a la Guerra Fría, de la que formaron parte muchas otras guerras y genocidios en los cinco continentes, de los que en el nuestro aun tenemos secuelas. En Chile sufrimos la intervención imperialista permanente que, confabulada con la derecha criolla, culminó en la conspiración contra el gobierno de la Unidad Popular hasta su derrota en el golpe de Estado de 1973. Un baño de sangre que 40 años no han podido sacar de nuestra memoria colectiva, y que fue parte substantiva de los argumentos en debate en los últimos procesos electorales.

En paralelo al desarrollo de los socialismos reales, tras una Segunda Guerra Mundial que dejó en pie poderosas organizaciones de Izquierda y movimientos sociales activos y masivos, en muchos países capitalistas se desarrollaron nuevos contratos sociales que significaron indiscutidos avances en la consecución de derechos, algunos incluso revolucionarios, también en nuestro continente. En el último cuarto de siglo de la Guerra Fría, en medio de la guerra de baja intensidad, los llamados Estados de Bienestar fueron derrotados en tanto intentos de construir una tercera vía, pero dejaron una valiosa herencia de derechos conquistados.

Haciendo el balance del siglo XX, un factor que debemos considerar es que nos encontramos con que el respeto de los derechos sociales de los pueblos en que se vivieron los fracasados socialismos reales hoy se encuentra en peores condiciones que sus pares continentales, en particular de aquellos que intentaron los contratos sociales de Tercera Vía.

Por cierto, en el balance del periodo de los Estados de Bienestar, y en particular del nuestro en los 60, tendremos que distinguir los logros sociales, que perduran, de la derrota política del utilitarismo. Finalmente, en el plano de las ideas, quedó la convicción social de que la desigual distribución de la felicidad, y el desprecio de aquellos derechos y libertades que no reportan utilidad directa, son fallas insalvables del modelo y, en la década del triunfo de nuestra Revolución Cubana, terminaron pasándole la factura frente a proyectos sociales que disputaban la hegemonía con proyectos de igualdad, libertad y fraternidad universales. Sin embargo, y siendo rigurosos, esta es una simplificación de lo que podría ser un debate acerca de la función de bienestar social, y sus fallas.

Pero me refiero sólo a su derrota política, pues tampoco hemos dado cuenta en Chile del debate ideológico de esta experiencia y la dimensión real de sus fallas y aciertos. Cada tiempo tiene su afán, y no es lo mismo el argumento contra el parlamentarismo previo a la Primera Guerra que el mismo usado entre las dos Guerras Mundiales. No es lo mismo el argumento “utilitarista” en medio de la Guerra Fría latinoamericana que en los 90 o el 2014. Las herramientas sociales son dúctiles y operan según su uso en cada momento.

Durante los años 90 y la primera década del siglo XXI, estos argumentos se replicaron al justificar, por ejemplo, la entrega del sistema educacional chileno al mercado, con un fuerte subsidio estatal, logrando así el aumento de la matrícula escolar y universitaria en Chile, pero aumentando también la segregación y la distancia en calidad entre la educación de ricos y pobres, perjudicando así otros derechos sociales.

Todas las economías hoy participan del mercado en diversos grados, y países de origen socialista han cambiado sus dogmas económicos; es el caso de China, que ya es una potencia mundial que se abre a formas capitalistas en amplios campos de su economía; o como Vietnam y Cuba, donde se han abierto en condiciones distintas.

La Izquierda, en alguna de sus variantes locales, ha dirigido o participado de gobiernos en los cinco continentes, siempre promoviendo los cambios revolucionarios que logren la libertad republicana, a la que aspiramos desde el triunfo de la Revolución Francesa.

Sin embargo, los procesos económicos globales siguen siendo controlados por intereses privados, ajenos a los pueblos y a los derechos de sus ciudadanos. Con la única diferencia de que, en el control global de los mercados, junto a las grandes transnacionales, hoy participan también países que sólo ayer veíamos como socialistas.

Pareciera que los pueblos perdieron esta batalla, a un costo en vidas humanas incalculable. En guerras y despiadadas persecuciones de activistas y organizaciones sociales, sindicatos y partidos de Izquierda e incluso de centro.

Hoy, mientras sólo 2.170 personas disponían de la misma fortuna que representa todo el Producto Interno Bruto (PIB) mundial, sin considerar el de China y los EE.UU., unos pocos grandes conglomerados de las comunicaciones concentran el 95% de los medios de comunicación en el mundo. Entretanto, diez millones de niños fallecen por año antes de cumplir los cinco, un tercio por desnutrición; la que causa, asimismo, que 165 millones de niños tengan retrasos del crecimiento; mientras el mundo produce actualmente alimentos para 9.000 millones de personas y sólo tiene 7.200 millones. Todo esto, en el contexto de una revolución científico tecnológica que día a día nos aporta herramientas que podrían ser soluciones efectivas a muchos problemas sociales.

 Las tareas de la Izquierda

En todo caso, estas definiciones toscamente debatidas durante las dos décadas de gobiernos de la Concertación, sólo dan cuenta de la tremenda perdida en conocimientos que significaron los 17 años de dictadura. Chile perdió a muchos de sus mejores intelectuales asesinados, exiliados o que debieron cambiar definitivamente el foco de sus preocupaciones, para dedicarse sólo a la lucha contra la dictadura o para sobrevivir. Y, por cierto, la Izquierda no es la única en deuda con respecto a la revisión de esta etapa de nuestra historia. Esto sin considerar que en la década del 90, en los gobiernos de la Concertación, el presupuesto de Cultura fue de U$ 150 millones anuales versus los U$ 5.500 del Ministerio de Defensa.

 Sin embargo se mueve. Seríamos ciegos y soberbios si no reconociéramos que la Izquierda toda tiene razones realistas para dudar, desconfiar y proponer otras alternativas de acción que las que hoy están en curso. Los cambios que han tenido como resultado mejoras sociales en el planeta han sido fruto de intensas luchas sociales. Pero al hacer el balance, nos encontramos con que no han cambiado en lo substantivo los problemas de nuestro pueblo: la pobreza y la ignorancia; las desigualdades y las discriminaciones sociales injustas; la dominación o interferencia arbitraria de unas clases sociales sobre otras, de unos individuos sobre otros; la degradación de las condiciones de vida en un mundo que destruye su diversidad biológica; la intolerancia cultural, que impide la autorrealización de los ciudadanos, etc. La tarea está lejos de cumplirse.

La Izquierda que quiera enfrentar la tarea, ya sea por la vía de participar del gobierno o por medio de otras formas de lucha, en el estado actual de desarrollo del modelo capitalista, tiene a lo menos cuatro evidentes barreras que salvar en un mundo en que la vieja “máxima vil de los poderosos” sigue operando sin variación, “todo para nosotros, nada para los demás”:

A) Es un hecho que en todo el mundo estamos sometidos a la dominación de las elites económicas, como consecuencia de mercados ferozmente oligopolizados y en manos de grupos con privilegios desmedidos, en una economía alimentada por grandes poderes privados substraídos al orden civil común de los ciudadanos. No olvidemos que el volumen de negocios de algunas de las grandes transnacionales de la minería, energía, comunicaciones o incluso empresas multinacionales de ventas al detalle, es mayor que el PIB de varios países de nuestro continente juntos.

En un planeta globalizado en el que más de la mitad de las 100 mayores organizaciones económicas del mundo son empresas privadas transnacionales, siendo la restante minoría naciones, esos enormes imperios privados han adquirido una capacidad inaudita para desafiar con éxito el derecho de los Estados-nación a determinar la utilidad pública sobre su propio territorio. Imperios privados transnacionales que son estorbos cada vez más decisivos para que, en los procesos políticos democráticos, los electores puedan controlar a sus gobernantes.

En donde, además, algunos estados se consideran inmunes de todo control del derecho nacional e internacional, y están permanentemente disponibles para perpetrar agresiones y promover la violencia más allá de sus propias fronteras cuando los intereses de las empresas transnacionales están en peligro.

B) En nuestro propio país nos defendemos del despotismo de grupos económicos y financieros, propiedad de no más de 300 familias, incontrolables fiduciariamente por los trabajadores, por los consumidores y por el conjunto de la ciudadanía. Los que, además, por su promiscua relación con los procesos políticos electorales, en forma de financiación de campañas y de control de los medios de comunicación de masas, vacían de contenido democrático esos procesos, y contribuyen decisivamente a impedir que el poder político pueda ser controlado y escrutado por parte de la ciudadanía. Es cosa de seguir hoy, con mediana atención, el curso del proceso contra la empresa Penta y su relación con la última elección de parlamentarios.

A este mismo poder privado, que siempre pretende controlar el poder público, se refiere Adam Smith en el siglo XVIII cuando afirma respecto a los terratenientes que: su “indolencia, que es el efecto natural de una posición tan cómoda y segura, los vuelve… incapaces del ejercicio intelectual necesario para prever y comprender las consecuencias de cualquier reglamentación pública…”, y agrega, respecto de los empresarios, “cualquier propuesta de una nueva ley o regulación comercial que provenga (de ellos)… debe siempre ser considerada con la máxima precaución… Porque provendrá de una clase de hombres cuyos intereses nunca coinciden exactamente con los de la sociedad, que tienen generalmente un interés en engañar e incluso oprimir a la comunidad” .

C) La ciudadanía todos los días se enfrenta al despotismo de un Estado incontrolable fiduciariamente por esta. En que no tiene control sobre su aparato burocrático ni de sus instituciones; por lo que no es de extrañar que el pueblo desconfíe de estas, más allá de reconocer su necesidad. Particular rechazo causa en países como el nuestro su arcaico centralismo, que irrita la conciencia de los habitantes de regiones que se sienten de segunda categoría.

Esta situación se ve agravada, primero, por los lastres que nos dejó la dictadura en nuestra Constitución, los que, producto del sistema electoral binominal, impiden la representación de las mayorías en el Parlamento y el respeto de las minorías; y por la camisa de fuerza que significa el Estado subsidiario, que impide la generación de empresas del propio Estado para enfrentar a los monopolios en las áreas estratégicas de la economía.

Y, segundo, porque la historia de nuestro Estado chileno independiente es la culminación de un particular proceso de expropiación y monopolización pública de los medios privados de ejercer la violencia, física e ideológica, y de despojo de las grandes mayorías en beneficio de los dueños del poder económico, con su secuela de destrucción ambiental, segregación social y étnica, y un centralismo exacerbado. Todo lo cual nos explica a una ciudadanía que desconfía de su burocracia estatal y de las políticas públicas en general.

D) A estas formas tradicionales de opresión debemos agregar males antiguos y nuevos que afectan la libertad de los ciudadanos. Antiguos como el despotismo doméstico, que oprime a más de la mitad de la población, y que no es otra cosa que la potestad arbitraria del varón sobre la mujer y aun los niños; latente en el actual concepto de familia, en una sociedad que se resiste a soltar los lastres del machismo y la violencia doméstica. Las condiciones de la mujer en nuestra sociedad son de discriminación, violencia y derechos reprimidos o conculcados.

Este histórico despotismo, antes extendido a la servidumbre y hoy concentrado en la mujer y los hijos, unido a flagelos como la delincuencia, el narcotráfico, la xenofobia y el racismo, son factores que nos afectan y limitan las posibilidades de desarrollo social, transformándose en desafíos globales que debemos incorporar a nuestra agenda de gobiernos democráticos, prestándoles particular atención por el efecto que tienen sobre la vida cotidiana de millones de personas. Por cierto, tanto la guerra contra las drogas como algunas políticas presuntamente nacionalistas, promovidas por liberales y conservadores, han sido muchas veces intentos evidentes por controlar la democratización de fuerzas y organizaciones sociales, pero ello no los hace un problema social menos importante para nuestros países.

La lucha del pueblo Mapuche se origina en una historia de algo más que Acumulación Originaria, expropiación, discriminación, violencia, y falta de derechos básicos, fundamentalmente es la necesidad de dar cuenta de su realidad en nuestra democracia, su cultura, sostenida frente a las persecuciones más brutales de nuestra historia, finalmente: su derecho a ser Nación.

Son problemas ya conocidos, pero que tienen características distintas en los contextos actuales de crisis social y económica, donde además millones de personas se desplazan buscando mejores horizontes, en un planeta que tampoco ha resuelto un tratamiento justo al fenómeno de las migraciones, del que también debemos hacernos cargo.

Otro factor que afecta directamente a nuestras sociedades es el cambio climático. Y nuestro bienestar también depende de cómo lo enfrentamos y nos adaptamos al mismo, con la preocupación por actuar evitando o retrasando el peor de los mundos, con temperaturas muy elevadas y serios efectos dañinos sobre especies con las que hemos coevolucionado, y de las que dependemos como alimentos. Por cierto, la destrucción medioambiental es un problema mucho más profundo que la aceptación, o no, de la madre tierra con algún tipo de significado. La reivindicación de un ecologismo informado y técnicamente sólido será mucho más efectiva que manejar el cambio climático desde una presunta filosofía originaria.

Todo esto nos presiona y obliga a acelerar resultados en bien de toda la humanidad, pero también otorga una importante y necesaria legitimidad a nuestros esfuerzos por lograr un nuevo contrato social.

Hasta aquí, he acogido en general el plan de discusión de buena parte de la Izquierda europea y Latinoamericana, defendiendo varias líneas argumentales substantivas que se originan en sus debates, en particular en el de nuestro Partido Izquierda Ciudadana, con motivo del programa de gobierno de la Nueva Mayoría.

Comparto entonces la justa convicción de que a lo largo del siglo XX hubo muchas izquierdas, socialistas, anarquistas, comunistas, y más, de las que no podemos dar cuenta sin detalles, sin precisar sus argumentos y las herramientas a que echaron mano. El balance es un acto serio, pues no toda la Izquierda es responsable de los mismos errores, de los mismos fracasos y, aún menos, de los mismos crímenes.

De nuestra Izquierda hoy podemos dar cuenta por su caja de herramientas.

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