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Una violencia oculta: la violencia filio-parental

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Por: Paola Ilabaca, Investigadora Centro CIELO Universidad Santo Tomás


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Señor Director:

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la violencia (en todas sus formas y tipos) constituye una de las principales causas de muerte en el mundo, en especial en las edades comprendidas entre los 15 a 44 años. Por este motivo, en 1996 la Asamblea Mundial de la Salud declaró que la violencia es el principal problema de salud pública creciente en todo el mundo (WHA49.25).

En dicha Asamblea, se destacaron las graves consecuencias de la violencia para las personas, familias, comunidades y sociedad en general, tanto a corto como a largo plazo. Por tal motivo, se pidió a todos los Estados miembros que consideraran de forma urgente la violencia como uno de los problemas a tratar y trabajar en sus políticas públicas.

Es así como surge la necesidad de comprender la violencia en toda su magnitud, aún más cuando este problema social también se presenta en uno de los ámbitos más relevantes de toda sociedad: la familia. Abundante es la literatura que aborda los distintos tipos de violencia intrafamiliar, sobre todo los estudios más tradicionales sobre la violencia. Nos referimos a la que se desarrolla a través de las relaciones familiares, particularmente, la violencia hacia los hijos y, más recientemente, hacia la pareja. Sin embargo, en los últimos años, y más allá de nuestras fronteras, se está prestando especial atención a otro tipo de violencia intrafamiliar, a aquella ejercida contra los progenitores por parte de sus propios hijos (adolescentes).

Este tipo de violencia ha recibido el nombre de violencia filio-parental (VFP) y la definición más utilizada en el ámbito científico es: “Cualquier acto de los hijos para obtener poder y control, que genera miedo en los padres y que tiene como objetivo causar un daño a éstos, ya sea de forma física, psicológica, emocional y/o financiera” (Cottrell, 2001).

El interés por conocer sobre este tipo de violencia tiene su origen en la gran cantidad de denuncias que realizan, tanto madres como padres, en el sistema judicial, particularmente en países como España, Estados Unidos, Gran Bretaña. Aunque uno pueda pensar que este tipo de violencia es relativamente nueva, lo cierto es que las primeras referencias de literatura científica se remontan a los años 50 y, a pesar de que se comenzó a tomar conciencia hace ya más de 60 años, aún hoy en día existe un escaso conocimiento respecto a los factores que podrían explicar este tipo de fenómeno y, en el caso particular de nuestro país, el retraso es aún mayor.

Algunas de las razones de este desconocimiento radican en algunos factores bastante definidos: a) el ocultamiento que los propios padres realizan sobre la violencia sufrida de manos de sus propios hijos, debido, en mayor medida, a la existencia de sentimientos de culpa y vergüenza; y b) la adherencia a creencias respecto a que los conflictos familiares deben permanecer sólo en el ámbito privado.

Además, y al igual que en cualquier tipo de violencia ejercida, la violencia filio-parental también se funda en la búsqueda de control y poder entre los sujetos. Es decir, la violencia en las relaciones familiares se da cuando hay un desequilibrio de poder. En este caso particular, es entre la diada padre/madre-hijo/a, y siempre a favor del segundo/a. Por tanto, las agresiones del adolescente (en sus distintas formas y tipos) hacia sus progenitores buscan obtener ese poder y control, el cual es ejercido a través distintos tipos de violencia: física, psicológica, verbal o, incluso, financiera. Los jóvenes que ejercen estas agresiones no presentan rasgos muy distintivos, más bien son chicos/as que “parecen comunes” y proceden de todos los niveles socioeconómicos. Sin embargo, hay algo que sí comparten todos ellos/as: la mayor parte de sus conductas violentas son ejercidas sólo y exclusivamente en el ámbito familiar. Por otro lado, las víctimas son, generalmente, los adultos responsables de su educación (padres, abuelos, tíos/as, entre otros).

La evidencia internacional nos muestra que la prevalencia de este fenómeno es conocida y estudiada, principalmente, a partir de fuentes judiciales y de estudios comunitarios. En términos de cifras, estas investigaciones internacionales estiman que la prevalencia de este tipo de violencia se manifiesta entre un 9% y un 46% de los adolescentes y jóvenes, todo si consideramos que, para ser calificados en este grupo agresor, dichos adolescentes han manifestado, por ejemplo, haber agredido a sus padres en alguna ocasión. La variación entre un 10% y casi la mitad de los adolescentes se explica a partir de varios factores, por ejemplo, las características de la familia, el tipo de agresión sufrida y el tipo de población estudiada.

En nuestro país, lamentablemente, la violencia de los adolescentes hacia sus padres y madres ha sido poco explorada. Incluso, muy a nuestro pesar, no existen estudios sobre la prevalencia de este fenómeno en Chile. Es más, este tipo de violencia tampoco figura en los datos oficiales de casos de violencia intrafamiliar proporcionados por instituciones públicas como el Ministerio Público, Subsecretaría de Prevención del Delito e, incluso, en datos proporcionados por Carabineros de Chile. Y es ésta una de la razones por las que actualmente se está llevando a cabo una de las primeras investigaciones en Chile sobre Violencia Filio-parental, más precisamente en la Región Metropolitana, investigación financiada por el Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT).

A modo de exploración, y de acuerdo a datos no oficiales proporcionados por Fiscalía Nacional, es posible tener alguna idea de este fenómeno. A saber, durante el año 2013 se recibieron un total de 10.476 denuncias de padres y madres en los tribunales chilenos. De estas denuncias, las frecuencias más relevantes se registran en la Región metropolitana (4.672), seguida de la V Región (1.072) y la VIII Región (970). Nada raro si pensamos en que son las regiones que concentran el mayor número de población.

Las agresiones perpetradas por jóvenes menores de 30 años constituyen el 79% de las denuncias, y de éstas, un 22% corresponde a menores de edad. Ahora bien, si consideramos el sexo del agresor, se obtiene que un 28% son mujeres y un 72% varones, una distribución de género que tiene su correlato a nivel de las víctimas, ya que son las madres (68%) las que concentran mayoritariamente el foco de esta violencia si lo comparamos con los padres, que sólo alcanzan a un 38%.

Como podemos ver, los datos proporcionados por Fiscalía Nacional dan cuenta de un fenómeno en Chile que nos plantea importantes retos como sociedad, puesto que, hasta el momento, existe muy poco conocimiento y comprensión respecto a la violencia filio-parental como fenómeno en sí: dinámicas, causas y, más aún, en la particularidad o singularidad de nuestra sociedad. Pero, además de la falta de conocimiento científico, existen otros problemas, quizás más domésticos, pero que reclaman igual o mayor urgencia y atención. A saber, hay una falta clara de orientación para aquellos padres que han sufrido agresiones por parte de sus hijos, dado que, por ejemplo, rara vez saben dónde acudir y cómo hacer frente a una situación de violencia por parte de sus hijos, problema que se hace más complejo si la mayoría de las instituciones públicas y de salud que atienden casos de violencia intrafamiliar se enfocan sólo en la violencia de pareja (principalmente hacia la mujer) y la violencia hacia los niños, dejando a la deriva a las víctimas de VFP.

Por este motivo, se hace necesario profundizar en el estudio de este fenómeno, en especial dentro de nuestras fronteras, ya que debemos considerar que aquellos padres y madres que se ven afectados por la violencia de la que son víctimas, presentan un impacto negativo, tanto en la salud física como psicológica y, ciertamente, en su propia familia, su entorno y, en definitiva, nuestra sociedad.

Paola Ilabaca
Investigadora Centro CIELO Universidad Santo Tomás

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