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Con Obama, por el fin del bloqueo a Cuba

por 24 diciembre, 2014

Con Obama, por el fin del bloqueo a Cuba
A partir de este acuerdo y de su impacto es que Raúl lidera, ya sin la presencia omnicomprensiva de Fidel, los destinos de Cuba y ello le permite caminar con mayor peso y seguridad en los cambios económicos que hasta ahora tímidamente ha abordado desde que asumió el poder.
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Me emocionó, como seguramente ocurrió a muchos de mi generación, escuchar a Obama y Castro anunciar, el 17 de diciembre, el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre EE.UU. y Cuba. Para quienes por largas décadas enarbolamos la bandera del fin al bloqueo americano a la isla de la revolución, del Che, de Fidel y Raúl y de toda la épica que se construyó detrás de ella, este acontecimiento tiene un significado histórico.

No solo implica el inicio del fin del epílogo de la Guerra Fría en el continente americano, sino la coronación de una larga batalla en favor de un pueblo magnífico, como el cubano, que ha sufrido por 54 años el peor de los bloqueos económicos y financieros que se conozcan en nuestra era y, a la vez, la existencia de un régimen que, estableciendo conquistas sociales innegables, presencia y dignidad internacional y sobreviviendo a la caída del comunismo europeo, ha sido, sin embargo, incapaz de ir más allá de esa experiencia fracasada y de reconocer como universales los valores de la libertad y de la democracia.

Es reconfortante que Obama entregue los mismos argumentos en favor de las medidas adoptadas para abrir una nueva política hacia Cuba que los dados por decenios por gobiernos de diverso signo, parlamentos y la calle de América Latina sobre la inutilidad, la ineficacia del bloqueo, más aún cuando EE.UU. mantuvo con el Este comunista, que era su antagonista en la larga Guerra Fría, y después con China y Vietnam, relaciones de diálogo, negociación y cooperación que a Cuba le son negadas hasta ahora.

Obama sabe que detrás del reconocimiento explícito del fracaso de la política de aislamiento y agresión norteamericana hacia Cuba hay una autocrítica hecha con retraso, que se requiere cambiar para estar a la altura del ejercicio de liderazgo en un mundo global que ha modificado su filosofía y la manera de relacionarse, y que mantener una política anacrónica hacia Cuba afecta la credibilidad de EE.UU., factor esencial hoy en la política mundial.

Sabe que estas medidas tienen el apoyo de la mayor parte del pueblo norteamericano pero que, también, lo conectan con una fuerte sensibilidad existente en todo el continente y que Cuba, aun en su extrema debilidad de hoy, representa la llave para una nueva y abierta relación con toda América Latina que expresa una diversidad de gobiernos, matices políticos y expresiones culturales que, finalmente, al menos el gobierno de EE.UU. comienza a comprender.

Reconfortantes son, también, el contenido y el tono de las declaraciones de Raúl Castro. Las palabras y el cómo se formulan son importantes en política y ellas salen de los estereotipos típicos del ideologismo cubano sobre el imperialismo, valoran el coraje ético de las convicciones y de las decisiones emprendidas por Obama y plantean los desafíos de una relación normal en el contexto del respeto a la diversidad de sistemas y de ideologías.

Los cambios políticos en Cuba no se ven cercanos y ciertamente no son automáticos. Pero solo el levantamiento del bloqueo puede crear una situación económica que conduzca a un cambio y a una apertura política en la Isla. Cuba requiere del levantamiento del bloqueo norteamericano para levantar el propio bloqueo del régimen a las libertades y a la democracia política.

Es evidente que una negociación de tanto significado para la dirección cubana es imposible que se haya realizado sin la aprobación de Fidel. Pero el cambio lo encabeza Raúl y entre ambos hay matices de carácter y hasta históricos importantes. Mientras Fidel se forma en la Generación del Centenario en la universidad, participa en el Partido Ortodoxo como candidato a diputado y crea el Movimiento 26 de Julio que solo después de la revolución se fusiona con el Partido Socialista Popular dando paso al Partido Comunista, Raúl era ya militante de este partido desde su juventud y es vital tanto en el diálogo con el Partido desde la guerrilla como en la fusión y en el nombramiento de Osvaldo Dorticós como Presidente de Cuba.

Raúl asistió, al inicio de los años 50, a la Escuela de Cuadros del PCUS donde tuvo como compañeros de estudio, entre otros muchos futuros líderes comunistas latinoamericanos y del mundo, a quienes serían también destacados dirigentes comunistas chilenos. Es claro que Raúl es quien guía, en los primeros años de la Revolución, el acercamiento a la URSS hacia la cual tanto Fidel y el propio Che tenían serias difidencias, no conocían y eran lejanos ideológicamente. Raúl se forma en la doctrina del comunismo tradicional, pero también en su histórico pragmatismo.

A un comandante cubano de la época de la revolución le pregunté el 2009 qué diferenciaba a Raúl de Fidel. Me dijo: “Raúl es como un guajiro cualquiera”, es decir, un hombre corriente, práctico, carente del discurso universalista de Fidel y de su carisma, pero dotado de una fuerte racionalidad política y para quien seguramente ha sido más fácil comprender los cambios que se han producido en el mundo y, sobre todo, las enormes dificultades que atraviesa una economía estatista desahuciada, que ya no contará, en la misma dimensión, con el apoyo petrolero y financiero de Venezuela y que necesita transformarse en una economía de mercado, lo cual es imposible con el actual bloqueo y sin fuertes inversiones internacionales, especialmente de empresas de EE.UU., que está solo a 150 kilómetros de distancia de la isla.

Tal como Obama aumenta su prestigio en América Latina y con ello su liderazgo, pues envía el mensaje de que América Latina se convierte en una prioridad de su política internacional, también a Raúl este acuerdo, recibido con enorme alegría y esperanza por el pueblo cubano, incluida la población cubana joven de Miami, le confiere algo que no tenía: popularidad, apoyo en la gente común y en el mundo intelectual, y un mayor poder en el aparato del partido, aislando a quienes resisten, que ciertamente los hay, este acercamiento con EE.UU.

Podríamos decir que es a partir de este acuerdo y de su impacto que Raúl lidera, ya sin la presencia omnicomprensiva de Fidel, los destinos de Cuba y ello le permite caminar con mayor peso y seguridad en los cambios económicos que hasta ahora tímidamente ha abordado desde que asumió el poder.

El acuerdo suscrito entre Obama y Raúl es política y económicamente importante aunque no comporta de inmediato el fin del bloqueo, que es un tema que Obama propondrá al Congreso, donde encontrará una fuerte resistencia de los republicanos. Pero el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, el que Cuba salga de la lista de los países que promueven el terrorismo, la facilitación del comercio y de los viajes, la liberación de las transacciones financieras, constituyen un piso de normalización significativa de las relaciones entre ambos países que permiten que otros estados tomen iniciativas políticas hacia La Habana, ya sin el veto norteamericano, y muchas empresas del mundo se abran a invertir en Cuba.

Obama ha llamado a una discusión honesta en el Congreso estadounidense para terminar con el bloqueo. La oposición republicana pagará un costo de imagen, dentro y fuera de EE.UU., de grandes dimensiones y habrá una presión de las empresas norteamericanas a favor de levantar el bloqueo, ya que ven en Cuba un nicho de negocios muy atractivo en un país donde, desde el punto de vista de la economía de mercado, está todo por hacer y que cuenta con un capital humano de gran nivel profesional, una población culta y preparada para este salto.

Los cambios políticos en Cuba no se ven cercanos y ciertamente no son automáticos. Pero solo el levantamiento del bloqueo puede crear una situación económica que conduzca a un cambio y a una apertura política en la Isla. Cuba requiere del levantamiento del bloqueo norteamericano para levantar el propio bloqueo del régimen a las libertades y a la democracia política.

El 2009, cuando un grupo de parlamentarios acompañamos a la Presidenta Bachelet en su viaje oficial a la Isla, tuvimos un largo encuentro con el Presidente del Parlamento cubano, Ricardo Alarcón, ex Canciller de Fidel y el diplomático cubano de mayor jerarquía a nivel internacional, donde discutimos abiertamente de todo. Recuerdo presentes a Carlos Ominami, Jaime Gazmuri, Enríquez-Ominami y a otros parlamentarios chilenos. Al final de la reunión, donde todos los presentes señalamos con franqueza nuestras opiniones y donde Alarcón tampoco se guardó nada, le pregunté qué sucedería si hoy se anunciara el levantamiento del bloqueo contra Cuba. El respondió: “Ah, tendríamos que levantar todas nuestras leyes restrictivas”. Insistí, ¿también las políticas? “Sí, dijo, también las políticas”.

El doctor en filosofía Ricardo Alarcón ya no está, formaba parte del equipo de Fidel que Raúl poco a poco ha desmontado. Pero esa idea está presente en otros dentro del poder cubano.

Están conscientes de que el rol del Papa Francisco en esta negociación y en el acuerdo le dará internamente más poder y voz, no solo espiritual sino también política, a la Iglesia Católica en un país que ya ha sido visitado por dos papas.

Los cambios económicos, el acceso masivo a internet cambiarán allí también la forma de comunicar en un país sin libertad de prensa y con ello también la subjetividad de las personas, la relación entre ellas, la creación de las redes sociales internas y de movimientos ciudadanos por sus derechos que podrán adquirir perfil político y con ello se puede abrir lo que hoy por hoy es la única posibilidad de un cambio político en Cuba y que debe ser enteramente resuelto por los cubanos.

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