Los hombres y el aborto
Señor Director:
Nuestra sociedad ha sido hecha a la medida de los hombres y es así incluso hoy, en que las mujeres han experimentado un grado de emancipación en mi opinión, controlada, y en los márgenes aún de lo que el machismo social determina. Les decimos cómo actuar, cómo vestirse, cómo ser socialmente y cómo ser en la intimidad. Determinamos desde muy niñas el rol que van a tener que adoptar apenas crezcan: ser madres, esposas, etc. Determinamos su apariencia, formateamos sus modos de sentir y de ver el amor. Determinamos su papel en la sociedad, su lugar en la mesa y su función en el hogar. Limitamos su desarrollo laboral y sus ingresos que no son un 40% menos que el de los hombres; son un 40% del sueldo de los hombres Y, determinamos, por cierto, su sexualidad. Las cosificamos desde niñas en su rol de “madres de muñequitas”, en vez de enseñarles política, economía y decirles los tipos de hombres que existen. No diciéndoles que pueden ser ellas mismas dueñas de su vida, de sus pasos y de su futuro.
Las embarazamos y las dejamos solas, las explotamos en el hogar y en el trabajo; abusamos de sus capacidades y entrega; les formateamos la moral y ponemos sus alas dentro de una jaula que simula libertad, incluso hoy. Tenemos una presidenta de la nación –mujer, se entiende– pero que no da un solo paso sin consultarles y obedecer a un séquito de hombres que terminan imponiendo sus énfasis en todo tipo de materia. Si una mujer ama a otra, aún hoy la discriminamos; si esta es Autista aún más, si es Down peor; si es de la calle y vive en la calle (no en “situación de calle”) ni siquiera existe; si ejerce la prostitución o es loca, peor aún. Si esta aborta, le dejamos caer las penas de este infierno masculino y capitalista; en el que ni siquiera puede ella misma decidir sobre su cuerpo sino que, según a la clase a la que pertenezca, va a una clínica a “operarse del apéndice” o va a un clandestino a abortar. Si esta última es sorprendida en esto, además de que la exponemos a recurrir a un lugar de riesgo sanitario, la confinamos a la cárcel. Además, somos nosotros, los hombres, los que terminamos hablando en contra del aborto cuando quienes lo viven, sufren, son ellas mismas, las mujeres y, no nosotros. No todas las mujeres son iguales; las hay del tipo de las que viven para aprovechar las ventas nocturnas de moda; pero, también las hay conscientes y que ven mucho más allá de lo superficial. Y buscan asumir un rol protagónico como género para defender aquello que les es propio, su vida. No son la Iglesia Católica y mucho menos Ezzati, ni John O’Reilly ni los cómodos señores conservadores en Santiago o en la Región de La Araucanía los que deban siquiera opinar sobre lo que atañe sólo y únicamente a las mujeres.
El aborto debe existir, pues es un problema de salud –dirán muchos–, aunque es, antes y después, un tema de derechos. De derechos de las mujeres; y quien no lo quiera hacer no lo hará. Y la que necesite recurrir a él, que tenga la libertad de hacerlo. Y no acompañarlo con nombres rebuscados como “terapéutico”. Liberales en lo económico e integristas conservadores en lo moral.
Cuando el aborto lo practican y con harta libertad las familias más pudientes de nuestra sociedad y que, ante la molestia y el riesgo o escándalo que significa un embarazo no deseado, recurren sin más pudor a uno que suelen camuflar con el nombre de apendicitis.
Y son los mismos los que dictan sermón al resto de la sociedad, pero que nada hacen ante escándalos que rebosan al interior de la Iglesia Católica, por ejemplo.
Jaime Espinoza S
Sociólogo