Elecciones en Grecia, ¿qué está en juego?
Señor Director:
La mayoría de los sondeos realizados en las semanas y días previos a las elecciones de este domingo auguran un triunfo de la coalición de izquierda Syriza. Esta se impondría con un margen relativamente amplio al derechista partido Nueva Democracia (ND), que ha gobernado desde 2012 como socio principal de una coalición con el partido socialista. Si las encuestas están en lo correcto, quedaría por dilucidar si los votos obtenidos le permitirán –o no- alcanzar la mayoría absoluta de escaños en el parlamento, es decir, si podrá gobernar en solitario o tendrá que buscar un socio minoritario.
Syriza es el primer partido de la izquierda radical europea en posición de ganar una elección y gobernar desde la década de 1970, cuando el sostenido crecimiento electoral del Partido Comunista Italiano de Enrico Berlinguer lo tuvo a las puertas de una primera mayoría electoral que, finalmente, no consiguió; y de la victoria de Francois Mitterrand en Francia en 1981, basada en el “programa común” entre socialistas y comunistas de 1972. Casi dos generaciones han pasado desde entonces. Syriza, además, es el primer partido de la izquierda radical europea en convertirse en actor central en la región desde el colapso de los países socialistas del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética (1991). Como es sabido, el derrumbe del socialismo real significó una pesada carga ideológica y política para la izquierda, en particular para los partidos comunistas occidentales. En muchos países esos partidos emprendieron un camino de cambio por el que mutaron (Suecia, Alemania), se disolvieron (Italia), o se coaligaron con otras fuerzas (España). En general, y a pesar de ciertos intentos de renovación o aggiornamiento, desde entonces la izquierda radical quedó relegada al estatus de fuerza minoritaria, a veces marginal, especialmente cuando ésta persistió en formas ultra-ortodoxas de comunismo al estilo soviético (como los partidos comunistas griego o francés). En los 1990s y 2000s, una parte de la izquierda radical de tradición no-comunista se volcó en lo social, en las luchas de los inmigrantes y refugiados, de los centros sociales, de las minorías sexuales, en el movimiento alter-globalización, o con los trabajadores no afiliados a los grandes sindicatos tradicionales. El éxito y alcance de esas iniciativas fue limitado. Partidos formados como expresión de esas luchas y de esas culturas políticas (el Bloco de Esquerda en Portugal, en cierto modo también Rifondazione Comunista en Italia y Die Linke en Alemania) tuvieron cierto éxito en términos de hacerse de un espacio en el sistema politico, pero no fueron capaces de transformarse en una alternativa efectiva y popular a los partidos tradicionales. Hasta ahora. Estos antecedentes demuestran la excepcionalidad de la trayectoria de Syriza, y dan perspectiva y contexto para valorar el significado de una potencial victoria de este partido. En efecto, Syriza ha sido capaz de revertir décadas de derrotas electorales y reveses políticos para este sector en el continente, y de actualizar y construir un ideario socialista que es compatible con la democracia y las instituciones liberales. Syriza, además, ha sido capaz de coaligarse con los movimientos de protesta que han surgido desde la sociedad civil para resistir las políticas de austeridad. En cierto modo, Syriza es expresión y consecuencia de esas movilizaciones. Por estas razones, para la izquierda Syriza es esperanza: esperanza para una izquierda continental que desde la derrota ideológica de 1989 había sido incapaz de reconstruirse y ofrecerse como alternativa.
Decimos que Syriza es expresión y consecuencia de las movilizaciones contra las políticas de austeridad. Estas han creado una situación de emergencia social debido al aumento de la pobreza y a la pauperización de los asalariados y de otros grupos incluyendo los sectores medios. La era de la austeridad, además, se presenta en forma de intervención directa de organismos supranacionales. A partir de la crisis de la deuda de 2010, con el primer plan de rescate de las finanzas locales, la troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea, Fondo Monetario Internacional) asumió en los hechos el control de la economía griega y determinó la agenda de sucesivos gobierno, enunciando el problema (la deuda) y dictando las recetas que lo resolverían (las reformas). Los dos grandes partidos nacionales a derecha e izquierda suscribieron tanto el diagnóstico y la prognosis, sin observaciones, comprometiendo en la práctica la soberanía popular. El anterior premier Papandreu (socialista) fue obligado por la troika a desdecirse cuando en 2011 anunció un referendum para decidir la continuidad de Grecia en la zona Euro. Desde el inicio de la crisis financiera en 2008, tanto socialistas como nueva democracia han implementado las mismas políticas, a pesar de que durante las campañas electorales ambos anunciaron que harían lo contrario. El relato dominante en los altos círculos financieros y políticos de Frankfurt, Berlín y Bruselas representó a Grecia y a los otros países periféricos como unos derrochadores que vivieron por encima de sus posibilidades, embriagados por la abundancia de una bonanza que se reveló transitoria. Grecia ha sido el alumno castigado ejemplarmente para evitar que su mal ejemplo cundiera entre sus vecinos del sur de Europa. A pesar de que el FMI ya ha reconocido el fracaso de las políticas de austeridad, y de que el BCE, después de una tenaz oposición de Berlín, se ha abierto a inyectar dinero a la zona euro para dinamizar la muy rengueante recuperación, persiste un enfoque ortodoxo neoliberal entre las elites que toman decisiones en la Unión Europea. El sometimiento de Grecia y de otros países de la periferia regional a la voluntad de entes supranacionales que, por su naturaleza, son impermeables a la voluntad popular, configura una situación de semi-dependencia que tiene serias consecuencias para la democracia. Este es el contexto que explica la actual posición expectante de Syriza en la competencia política, y de otros fenómenos concomitantes como el colapso del histórico partido socialista de Papandreu y el crecimiento de partidos de la extrema derecha como los neo nazis de Aurora Dorada. El triunfo de Syriza, por tanto, ofrece la oportunidad de detener la era de la austeridad en Grecia, implementando políticas locales de reactivación económica y de redistribución para paliar la emergencia social. El relato de Syriza cambia los términos prevalentes: el problema no es el endeudamiento sino el crecimiento y los costos sociales de las políticas del último quinquenio; la receta no son las “reformas” (eufemismo utilizado para referirse a liberalizaciones, adelgazamiento del sector público, reducción de salarios, etc.) sino el gasto público y la demanda interna. Además, su triunfo abriría la puerta para una posible renegociación de la deuda, al estilo de lo hecho por países como Ecuador y Argentina a principios de la década anterior.
Sin embargo, los efectos de un triunfo de Syriza deben ser calibrados en perspectiva continental. En primer término, una victoria de Syriza ofrece el simbolismo requerido para comenzar a hablar de un nuevo ciclo, el ciclo del post-neoliberalismo en el contexto europeo. Además, si el partido de Alexis Tsipras gana este domingo, se asentará la percepción de que la izquierda vuelve a ser viable electoralmente, una alternativa de poder efectiva. Aunque el triunfo de Syriza no asegura la victoria de Podemos en las elecciones españolas que se esperan para fin de 2015, su derrota sería un balde de agua fría para el partido de Pablo Iglesias, y daría renovados bríos a la derecha europea. En efecto, una derrota de Syriza, o que se viese obligada a pactar con un socio minoritario poco afín, renunciando a partes significativas de su programa, serían presentadas como demostración de que no hay alternativa a la austeridad, esta vez porque el pueblo lo ha querido así.
Por otra parte, despues de años de austeridad, hay ciertas indicaciones de que las economías europeas ya habrían tocado fondo. Aunque la recuperación es todavía incierta (precisamente por eso el BCE ha decidido actuar mediante la compra de deuda), hay tímidos síntomas de reactivación en la periferia, incluyendo la propia Grecia. Si ésta se consolida y sus efectos comienzan a hacerse palpables (por ejemplo, familiares y amigos que encuentran empleo, negocios que se abren o se expanden, familias que pierdan el miedo de salir de vacaciones, etc.), es muy probable que el clima político cambie, afectando las disposiciones al voto. Si efectivamente estamos frente a un escenario de reactivación, aún si ésta es lenta, Syriza perdería uno de sus principales ejes de propuesta y movilización en estos años. Dicho de otro modo, la oportunidad que tiene hoy Syriza de llegar el gobierno y/o de obtener una clara mayoría, podría no volver a repetirse en el futuro. Dicho escenario, por las mismas razones expuestas anteriormente, podría a su vez comprometer las opciones de otros partidos similares en la región, empezando por Podemos. Pero si 2015 comienza con una victoria clara de Tsipras en Grecia y termina con el triunfo de Iglesias en España, un nuevo ciclo político podría estar empezando en Europa. Esto, además, consolidaría la noción de una (esta vez sí) nueva izquierda que deja atrás definitivamente la pesada losa del comunismo burocrático del s. XX, pero sin confundirse con el socialismo liberal de la tercera vía ni renunciando al concepto e ideal del socialismo.
César Guzman-Concha (PhD)
Investigador postdoctoral, Scuola Normale Superiore (Florencia, Italia)
Investigador asociado en COSMOS