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Ernesto Sábato y la corrupción moral de Chile

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Por: Arturo Jaque Rojas


 

Señor Director:

¿Qué tiene que ver Ernesto Sábato con el Caso Penta y con los casos Nueragate y Yategate? No lo sé con certidumbre y no es mi intención mancillar su memoria ni ofender a sus manes, pero una relectura de su libro La Resistencia, me ha inspirado algunas cavilaciones acerca de qué necesitamos para no permanecer en el marasmo y la estupefacción. Cualquier relación con la realidad, no es accidental; es deliberada.

Valores, que no tienen que ser los que uno profesa, pero deben ser absolutos, por cuanto, si no, es muy difícil que alguien sienta que tiene que arriesgarse, ya que cada decisión que tomamos para tender puentes hacia otras y otros, conlleva la posibilidad de desembocar, de caer o recaer en un desencuentro cotidiano, en una frustración amarga, en la constatación de nuestra fragilidad y evanescencia, viendo la finitud como una maldición, aunque también la plenitud del encuentro, su riqueza, su trascendencia, lo que nos salva del abismo y su tentación.

Valores que han de hundirse en un humus sagrado, como una casa cuyos fundamentos resisten los embates y avatares de tormentas furiosas, que no refieren a ninguna religión, ni a un Dios o dioses en particular, aunque todos tienen cabida en la bóveda celeste, en el gran dosel, que no es nuestra idea ni fin erradicar o imponer creencias, sino hacer que cada una fructifique en armonía con las demás.

Más bien, a la dimensión de que, si bien hemos desarrollado la conciencia y la cultura, al principio, durante el transcurso de nuestra vida y al final, pertenecemos a la tierra, a la Madre Natura, a las estrellas, al infinito; y que hay sabidurías anteriores al logos, que nos ayudan a soportar las traiciones, los abandonos, las dudas, las depresiones mortales, las situaciones límites, mejor que la exactitud de las ecuaciones o las fórmulas de laboratorio. Y eso tiene que ver con el encuentro y la comunión, más que con las entelequias.

Abandonando el cielo platónico, donde las formas puras permanecen incorruptibles, debemos salir a la calle, a buscar al otro, a la otra, para que una abstracción, algo etéreo, adquiera la presencia y el rostro de alguien como nosotros, con luces y sombras.

Para cristalizar un compromiso concreto, expresado en una acción que nos implique, desde la sangre y la entraña como totalidad, vale decir, que les y nos permita entender y asumir que compartimos la misma madera, el mismo metal.

Por ende, que no somos susceptibles de permutación o venta o remplazo por una pieza nueva comprada en algún retail; que tenemos que hacernos cargo de idénticas perplejidades y similares temores; que somos vapuleados por el destino y quebrantados por el azar, masacrados por el odio, renacidos de las cenizas; y que, a la larga, hemos de contemplar en el firmamento el reflejo de nuestra extinción personal.

No hay resquicio para la vacilación, la pusilanimidad, la desidia, la indiferencia, la comodidad: hay que despojarse de la fortaleza en que nos encontramos abroquelados, para hacer viable el encuentro, corriendo el riesgo de que nos pueden fallar como nosotros a ellos y ellas, y, a la vez, dar lugar al milagro que permita superar “el cautiverio de la soledad cósmica”, y que no nos podemos relacionar nunca más como cifras o datos, o aceptar semejante trato, sino como quienes se necesitan para andar hacia el horizonte de la recuperación “de cuanto de humanidad hayamos perdido”.

Arturo Jaque Rojas

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