Niños, castigos y violencia
Señor Director:
A pesar del problema global de maltrato infantil, el Papa valida castigar físicamente a los niños «mientras se resguarde su dignidad». Mientras hace gala de la moral bíblica (Proverbios 13:24, 19:18, 22:15, 23:13-14 y 29:15; 1 Corintios 13:1-8; Colosenses 3:21; Hebreos 12:6, 7), la evidencia científica moderna advierte seriamente contra los peligros de tal práctica (U. de Tulane, 2010): el uso frecuente del castigo corporal a temprana edad se asocia con un mayor riesgo para niveles más altos de agresión infantil a mayor edad; son más propensos a ser arrestados cuando grandes y a cometer crímenes violentos. Todos los castigos corporales, nalgadas incluidas, son potencialmente dañinos para el desarrollo a largo plazo y aumentan el riesgo de comportamiento agresivo, controladas las variables de tendencias agresivas de los niños, la violencia entre padres y niveles de estrés de las madres. El castigo físico termina por provocarles un daño permanente en su sistema nervioso, alterando su sentido del peligro y las amenazas, así como cambios permanentes en su cerebro, dañando redes neuronales y contribuyendo a su vulnerabilidad ante enfermedades mentales.
Lo único que los niños aprenden con el castigo corporal es a no tener claros los límites de la transgresión aceptable ni a sentirse con el derecho a su integridad. Además, al interiorizar la angustia y la agresión como parte de su vida cotidiana, los niños pueden ver afectadas sus capacidades emocionales y cognitivas, ya que adaptarse a la situación es el único mecanismo de defensa que les queda.
El maltrato infantil también está fuertemente asociado con muchos efectos físicos crónicos, incluyendo la subsiguiente mala salud en la infancia, la adolescencia y la edad adulta, con tasas más altas de enfermedades crónicas, comportamientos de salud de alto riesgo y menor esperanza de vida. Los adultos que han experimentado abuso o negligencia en la infancia son más propensos a sufrir de dolencias físicas tales como alergias, artritis, asma, bronquitis, presión arterial alta y úlceras; es posible que haya un mayor riesgo de desarrollar cáncer más adelante en la vida, así como una posible disfunción del sistema inmune.
Los primeros países que prohibieron cualquier forma de maltrato infantil fueron Suecia (1979) y Noruega (1987), bajando sus tasas de criminalidad.
Es curioso cómo las nalgadas forman parte de ese universo de comportamientos que son considerados delitos si los cometen extraños (con niños y adultos), pero que se aceptan cuando los cometen los padres. Idealmente, las nalgadas deberían quedar relegadas a las relaciones entre adultos que han dado su consentimiento para ellas.
Luis León Cardenas