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Defendamos la política, cuidemos la democracia

por 7 marzo, 2015

Cuidemos y defendamos la política, no solo de quienes hacen un mal uso de ella, también de quienes consideran que se puede comprar y desechar como cualquier producto de esta sociedad neoliberal.
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Los últimos acontecimientos vinculados al mentado caso Penta y el relacionado con el hijo de la Presidenta Michelle Bachelet, vienen a sumar un mayor desprestigio con nuestra actividad política. Situación que se ve confirmada no solo a través de las diversas encuestas de opinión, también en los comentarios de los ciudadanos a través de las redes sociales, para quienes “todos los políticos son ladrones, corruptos o sinvergüenzas”. Esta situación es de suma gravedad, ya que el desprestigio de la actividad política, léase sus prácticas y relaciones, no hace otra cosa que acrecentar la desafección de la población con la política y sus instituciones.

No se trata de defender a los políticos, pero tampoco de vociferar que “todos se tienen que ir para la casa”. Entonces, es necesario hacer presente que una cosa son las malas prácticas que determinados políticos desarrollan de manera espuria y otra muy distinta decir que la política en sí es mala, negativa o nociva para la sociedad. En ese sentido, se hace necesario defender la política, ya que al defenderla estamos al mismo tiempo cuidando la democracia de quienes hacen un mal uso de dicha actividad.

Cuidemos y defendamos la política, no solo de quienes hacen un mal uso de ella, también de quienes consideran que se puede comprar y desechar como cualquier producto de esta sociedad neoliberal.

Por otra parte, el distanciamiento de los ciudadanos con la actividad política, conlleva –entre otras cosas– la respectiva crisis de institucionalidad, que se expresa en crisis de representación y legitimidad institucional (crisis orgánica como diría Gramsci). Ante aquello, cuatro son –en líneas generales– los escenarios que se han dado en la historia de nuestra América Latina respecto a las crisis institucionales.

En primer lugar, que sean los propios partidos y sus dirigentes quienes busquen la solución a los problemas existentes. Es decir, una política de consensos o acuerdos básicos que permita salir de la crisis que se experimenta. O bien la conformación de alguna comisión (de “hombres buenos”) que entregue alguna solución estructural a los problemas que se están experimentando.

En segundo lugar, la irrupción de los militares, apoyados por un sector de la población. El objetivo es imponer por medio de la fuerza de las armas un disciplinamiento y control social y la respectiva “normalización del país”. La idea de que los militares son la expresión del orden y la disciplina, cautiva a un importante porcentaje de la sociedad. De ahí que algunos los consideren como actores para la resolución de conflictos o crisis institucionales.

En tercer lugar, que surja algún dirigente o político demagogo (populista, aunque el término puede ser debatido) que ofrezca soluciones inmediatas a los problemas y carencias que afectan a la población o, bien, que el demagogo se convierta en una especie de redentor social, el cual canalizará toda la rabia, molestia y desesperación en la cual se encuentra inmersa la ciudadanía. Por último, un gran movimiento sociopolítico que termine por desbordar la cuestionada institucionalidad imperante y logre imponer a través de una correlación de fuerzas sociales y políticas una nueva relación de poder (hegemonía).

Sin duda, la irrupción de los militares y de un demagogo constituyen soluciones o expresiones de la degradación y degeneración última que pueda experimentar la política y sus prácticas. De ahí, entonces, la responsabilidadad de los propios políticos de cuidar la forma y el fondo con el cual se practica dicha actividad. Al mismo tiempo, tomar las medidas necesarias para corregir y sancionar todos aquellos actos que atenten contra las buenas prácticas políticas. Pero no es todo, papel importante en esto lo tienen los propios ciudadanos. Esto significa que la ciudadanía deber ejercer responsablemente la crítica (fiscalización e interpelación) ante el accionar de las diversas autoridades, así como el interés que se debe tener por participar de la política, entendida como el pensar y el hacer colectivo. Aquella disputa por la construcción de un orden deseado.

Por ello es que la política –y esto es bueno señalarlo– no se reduce o circunscribe al mero ejercicio de ir y votar por un presidente, diputado, senador, alcalde o, bien, convertirse en un mero espectador ante la actuación de parlamentarios, ministros y autoridades que diariamente desfilan por las pantallas de la televisión. Todo lo contrario, la política está en cada uno de nosotros, en nuestras manos y se debe ejercer tanto informándose como participando de los debates, discusiones y en las diversas instancia de la sociedad civil. Desde una junta de vecino, pasando por alguna ONG, movimiento social, acción colectiva y hasta los partidos políticos.

Por ello, cuidemos y defendamos la política, no solo de quienes hacen un mal uso de ella, también de quienes consideran que se puede comprar y desechar como cualquier producto de esta sociedad neoliberal.

Negar la política significa negarnos a nosotros mismos. Por lo tanto, todos somos animales políticos y, cuando renegamos o sacamos la política, quedamos convertidos en simples animales o bestias.

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