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La justicia en manos de la educación

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Por: Raúl Roblero, profesor de historia y geografía


 

Señor Director:

El ajedrez está dispuesto; el gobierno tiene el gran desafío de dar respuesta a tres cuestiones de absoluta relevancia: procurar un reordenamiento del Estado, replantearse la relación del Estado con la sociedad civil y, lo más importante para un Estado de derecho válido, poner en cuestionamiento la intrarrelación de la sociedad.

Comprendemos que lo último es lo fundamental, ya que el Estado –siendo una perogrullada señalarlo pero importante a la vez por las últimas chambonadas ocurridas– es parte de la sociedad, el Estado es ciudadanía. La forma más apropiada, además de todas las acciones punitivas y legislativas, es solucionar este tema con la mejor herramienta para replantearse la convivencia social: la educación.

Así, para hacer frente a estas problemáticas, el Gobierno debe seguir sosteniendo el debate sobre la educación pública, ya que esta no pasa solamente por la preparación de excelencia técnico-profesional, sino que una reforma en esta área implicaría otro tipo de socialización. Más allá de referirme a los aberrantes casos de corrupción, he de referirme a un hecho ocurrido hace unos días: Zuliana Araya presenta una querella invocando la Ley Zamudio por un episodio de discriminación en plena sesión del Concejo Municipal de Valparaíso.

Lo ocurrido a la concejala no escapa, repetiremos hasta el cansancio, a la forma de tratar con el otro, al cómo se comprende la sociedad a sí, a la manera que tenemos de relacionarnos con nuestros pares. Este asunto, como los obscenos casos pertrechados por la Alianza por $hile, afirmamos con vehemencia, no solamente deben ser tratados desde el ámbito punitivo y legislativo, sino que debemos ampliar el horizonte y centrar la mirada en los valores insertos a la vez que promovidos por nosotros. Y como la educación es el principal agente que inculca los valores dominantes, no debemos desviar de allí el ojo.

En este aspecto, la pregunta central y correcta que está guiando el debate educacional es el ¿para qué? En este sentido, y volviendo al caso de la concejala, he de detenerme en un punto central de la sociedad y que, someramente, está tocando la escuela: la sexualidad, que en el caso de esta última institución es tratada como el apéndice “educación sexual”.

Consideramos que plantear este tema sólo desde una mirada psicológica-punitiva-sanitaria es dar meras pinceladas sobre una tela incolora.

Siendo profesor de la disciplina histórica, considero que nuestro gremio se encuentra en una posición adecuada para tratar el tema de la sexualidad. Se preguntarán ¿qué puede aportar la enseñanza de/y la historia en este asunto? Para responder a esto es bueno tener presente que hoy en día –y al menos desde la segunda mitad del siglo pasado– la historia no es solamente algo que ya pasó, no es un saber memorístico, ni menos algún tipo de cultura general –aunque estas teorías han dejado de estar presentes en el currículum nacional, siguen rodando en las aulas, esto facilitado tanto por las estructuras objetivas como subjetivas, tanto por la escuela como por las concepciones del profesorado–; el gran aporte que brinda esta disciplina hoy es su enseñanza profundamente basada en valores: permite la empatía, el respeto, la aceptación de un mundo diverso, la inexistencia de verdades absolutas, cultiva la discusión, permite preocuparnos por la sociedad, facilita el acuerdo con el otro, posibilita la comprensión de que somos sujetos de derechos y, por tanto, políticos; en definitiva, la historia aporta a vivir en una verdadera sociedad democrática. La historia permite comprender que no hay una sola manera de vivir la sexualidad, una enseñanza de este tipo permite darnos cuenta de que el género es una invención histórica (se podría hacer una validación histórica de estos preceptos evidenciando la forma de llevar la sexualidad en distintas sociedades humanas, incluso en nuestros “parientes” más cercanos, pero eso queda para otra ocasión). La historia lleva a pensarnos en el presente, a comprender que el pasado y futuro constituyen aquel, a trascender y comprender que ello solamente se da en un sentido histórico; la enseñanza de la historia nos recuerda que el mañana se construye hoy.

Recapitulando, la reforma educacional no tiene que perder terreno en la discusión pública aunque la contingencia dicte lo contrario. La reforma educacional –recordemos que toda nueva generación de padres pasa por este sistema–, de la cual solo se ha promulgado una ínfima parte, es de una importancia brutal porque es ella la que nos cuenta quiénes somos y, luego de este proceso de asimilación, nosotros actuamos –acomodamos aquellas ideas– según nos dicta aquella verdad ontológica que no es más que una propuesta política sobre quienes somos.

La reforma educacional se tiene que hacer cargo de estas problemáticas, se tiene que hacer cargo del ¿para qué enseñar? La revalorización y reenfoque de todo aporte disciplinar (del cual aquí la disciplina histórica fue mero ejemplo) no es un capricho gremial, sino que es fundamental para la revalorización de la escuela, para la reconstrucción del tejido social. La reforma educacional no debe perder su sitial; de lo contrario, todo intento legislativo por eliminar aquellos errores involuntarios serán solo el raspado de la olla para la justicia. La realización plena de esta solamente tiene un único camino: gobernar es educar.

Raúl Roblero
Profesor de historia y geografía

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