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La traición de los intelectuales

por 18 marzo, 2015

La traición de los intelectuales
Los consejos asesores presidenciales son una forma de hacer política por otros medios, si me permiten este léxico; por eso podemos decir, sin temor a equivocarnos por la circularidad de este razonamiento, que los tecnócratas a los que se convoca, sean intelectuales o technopols, fungen ya siempre sobre la base de quien los convoca. Ese es el punto. Quien convoca a los intelectuales no hizo sino elegirlos por el aire de familia que sus papers, propuestas o intervenciones públicas, tienen con el diagnóstico político –y lo que es más trascendente– con las soluciones políticas ya hechas, y que se piensan adecuadas, pertinentes y comprensivas para la crisis que estamos viviendo. El criterio de selección para configurar una mesa de trabajo tecnocrática no es un criterio tecnocrático, sino que es y ha sido siempre eminentemente político.
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No podía ser de otra manera: Bachelet y sus clásicos “consejos asesores”. La estrategia parece un chiste repetido… un mal chiste repetido. Otra vez el mundo de la élite de los expertos, supuestamente neutrales en sus apreciaciones epistemológicas, y desde arriba, nos vienen a iluminar el camino, qué hacer.

Es confusa la estrategia del “consejo asesor”, pues ella parte de un diagnóstico ya hecho y que ubica la supuesta crisis que estamos viviendo como democracia en un dominio específico de fenómenos, transformando a los expertos en herramientas coyunturales para ese mismo diagnóstico.

Los mejores ejemplos de lo anterior los encontramos en educación: los que nos llevaron a una crisis sistémica, fueron precisamente los mismos que se convocaron para superarla el año 2006 en la Revolución Pingüina, ofreciendo para ello respuestas que a la larga nos llevaron de un plumazo al Movimiento Estudiantil del 2011. Recién ahora, después de la evidente crisis que la estandarización neoliberal ha producido en el sistema escolar, de la cual uno de sus baluartes principales es sin duda el SIMCE, se convoca –para superarlo– a los principales expertos que lo defienden desde, justamente, las instituciones que más recursos financieros han recibido por su administración.

Los consejos asesores presidenciales son una forma de hacer política por otros medios, si me permiten este léxico; por eso podemos decir, sin temor a equivocarnos por la circularidad de este razonamiento, que los tecnócratas a los que se convoca, sean intelectuales o technopols, fungen ya siempre sobre la base de quien los convoca. Ese es el punto. Quien convoca a los intelectuales no hizo sino elegirlos por el aire de familia que sus papers, propuestas o intervenciones públicas, tienen con el diagnóstico político –y lo que es más trascendente– con las soluciones políticas ya hechas, y que se piensan adecuadas, pertinentes y comprensivas para la crisis que estamos viviendo. El criterio de selección para configurar una mesa de trabajo tecnocrática no es un criterio tecnocrático, sino que es y ha sido siempre eminentemente político.

¿Qué sucedería si hiciéramos el ejercicio de cambiar de foco sectorial y mirar los otros “consejos” de expertos que han sido convocados para solucionar otros problemas estructurales que nos afectan como sociedad y como democracia? Nos enfrentaríamos a la misma paradoja: lo que supuestamente aparece como una respuesta tecnocrática (ideológicamente neutral, apolítica), no es sino el encubrimiento de una respuesta política, más aún, el encubrimiento de convicciones políticas, sobre la base de los rudimentos clásicos de los expertos tecnócratas, sean estos análisis comparados de evidencia reunida a nivel internacional, o sea lo que sea.

Los consejos asesores presidenciales son una forma de hacer política por otros medios, si me permiten este léxico; por eso podemos decir, sin temor a equivocarnos por la circularidad de este razonamiento, que los tecnócratas a los que se convoca, sean intelectuales o technopols, fungen ya siempre sobre la base de quien los convoca. Ese es el punto. Quien convoca a los intelectuales no hizo sino elegirlos por el aire de familia que sus papers, propuestas o intervenciones públicas, tienen con el diagnóstico político –y lo que es más trascendente– con las soluciones políticas ya hechas, y que se piensan adecuadas, pertinentes y comprensivas para la crisis que estamos viviendo. El criterio de selección para configurar una mesa de trabajo tecnocrática no es un criterio tecnocrático, sino que es y ha sido siempre eminentemente político.

No es casual entonces que se intente desde La Moneda cambiar el foco de la discusión. No es casual porque es la misma presidenta Bachelet la que ha sido arrastrada por la crisis política que estamos viviendo como país y como democracia: desde los ángeles guardianes del modelo en la UDI hasta la más excelsa heroína del progresismo, todos ellos hoy están en cuestión.

La controversia verdadera es, evidentemente, que los actores políticos no estén haciendo la lectura diagnóstica correcta, en especial La Moneda y quienes nos gobiernan desde los poderes Ejecutivo y Legislativo. Parecen más preocupados del efecto comunicacional que de verdaderamente pensar en profundidad qué está sucediendo y cómo hemos llegado a esta crisis: cualquiera desconfía de ellos, sobre todo cuando llegan demasiado rápido a las soluciones, sin siquiera haberse detenido en el problema como se debe.

Es muy preocupante que por la medida del “consejo asesor” estemos discutiendo si sus sesiones se harán en Santiago o en regiones, en secreto o vía streaming, si el financiamiento de la política debe ser fiscal o privado, si hay que mejorar tal o cual institución electoral, si los aportes reservados sí o no, que si los consejeros tienen sesgo académico, que si es pluralista o no, que si las chambonadas de Engel son relevantes o no…

¿Sobre la base de qué diagnóstico se está configurando la discusión que nace del “consejo”? Uno se pregunta esto, pues ya desde el puntapié inicial, el mismísimo y aludido Eduardo Engel, quien preside este consejo, afirmó desde su supuesta torre de marfil, lo siguiente: “Creemos que esa coyuntura que nos ha llevado a la creación de este consejo, no debiera estar pauteando cada una de nuestras decisiones”, refiriéndose a los casos Penta, SQM y Caval. Lo que supuestamente se dice para afirmar la clásica neutralidad tecnocrática, no seamos ingenuos, no viene sino a afirmar la idea de que un consejo así, no es sino otra medida efectista del “modelo Bachelet de manejo de crisis” para subir en popularidad ante la opinión pública: victimización (“ella está afectada y dolida por lo de su hijo… como madre y como Presidenta”) y Gobierno (“la Presidenta ya ha mandatado a un consejo y estamos esperando su informe final”).

Dado lo que hemos dicho sobre este nuevo consejo asesor presidencial, no está de más advertir lo siguiente: se debe terminar de una buena vez con el modelo cuasiexperimental de medición de opinión pública, que parece gobernar la Secretaría de Comunicaciones de Bachelet (y valga para cualquier otro presidente, es verdad),  esto de ir midiendo semana a semana los efectos de lo que se dice y lo que se hace, pues parece tomarse más en serio a los vaivenes de la sociedad del espectáculo que a las penurias de la sociedad real; pues parece tomarse demasiado en serio al homo videns de Sartori que al homo vivens que a cada uno le toca cuando tiene que enviar a sus hijos al colegio, comprar un bono de salud, jubilar o convivir con una minera que literalmente le traga el agua al pueblo.

El hecho de que la defenestración ocurrida en esa Secretaría, por ejemplo, sea un hecho político, no habla sólo de la importancia de las comunicaciones en la sociedad de las comunicaciones, es obvio (comunicar para un Gobierno y para una Presidenta es fundamental, comunicar… no medir rating), pero que lo otro haya sido un hecho político habla, más bien, de la verdadera brújula que el “modelo Bachelet de manejo de crisis” tiene… y de lo extraviada que está, por cierto.

Esta vez el problema no es sólo ella, Michelle Bachelet, y su popularidad, y su “dolor” de madre y “preocupación” de Presidenta… esta vez no es solo ella, pero pareciera que es lo único que importa, que le importa; y lo peor es que pareciera que es eso, más su popularidad, que la verdadera crisis que estamos viviendo, lo que está en el corazón del diagnóstico que anima la configuración –apresurada– de esta “comisión presidencial”, que de “presidencial” parece ser un salvavidas “para” la Presidenta.

¿Estamos esperando la revista de papel cuché para saber lo que verdaderamente piensa la Presidenta respecto a la crisis que estamos viviendo?; ¿estamos a la espera del matinal de moda para ver si por si  acaso aparece la Presidenta aplicando a rajatabla su modelo de manejo de crisis, apareciendo como víctima y gobernante al mismo tiempo? Ya bastante hemos ironizado al respecto, lo que corresponde ahora en verdad es que se convoque a todos a deliberar como ciudadanía.

Eso es ciertamente lo que no se hará. Una convocatoria así suena a opio constituyente o, como está de moda decirlo, a peligro populista (hasta el tosco Andrade está preocupado por la sombra del populismo).

La traición de los intelectuales ya tiene una larga tradición, por lo que no nos debiera asombrar; ya sabemos que es al poder a quien se rinden con demasiada prontitud; su nihilismo no es sólo tema para una novela de Dostoievski, es también un tema de discusión ética y política.

Tal como ya ocurrió en el 2006, donde, para gran parte de la ciudadanía y la movilización social, lo ocurrido en el consejo asesor presidencial para mejorar la calidad de la educación se configuró como una verdadera traición, hoy nuevamente estamos presos de un déjà vu que está preparando el cliché de la “gran traidora” para nuestra señora Presidenta.

Pero por esta vez, lo importante no es sólo ella, la Presidenta. Lo relevante no es si Michelle Bachelet emerge como la “gran traidora” o no, lo relevante es –y no pretendo moralizar con esto– que seamos nosotros los que precisamente aparezcamos nuevamente reaccionando a contrapelo del poder y sus veleidades, que siempre son y han sido las mismas: cambian el binominal sin cambiar el binominalismo; cambian la educación sin cambiar su neoliberalismo; cambian la estructura impositiva sin cambiar los privilegios de los poderosos de siempre. Pero siempre preferimos el orden institucional a la ciudadanía expresándose en la calle: es nuestro atavismo. Si no me cree, vea cómo el liderazgo estudiantil, tan de corte ciudadano como él mismo se vociferaba en su identidad, terminó apoltronado en el Congreso… qué decir de los que terminaron apoltronados en un maloliente escritorio público, timbrando estampillas.

Lo verdaderamente preocupante es que nadie sea capaz de repolitizar nuestra democracia –así mismo, repolitizarla–, capturada hoy por el poder del dinero. Que nadie promueva efectivamente a la democracia como forma de vida y no meramente como forma de Gobierno (Dewey). Que en vez de eso, terminemos como uno de los integrantes de este nuevo consejo presidencial con “reflexiones Village”, predicando la moral, que es lo más fácil, y no insistiendo en el poder constituyente que, de la ciudadanía, debe nacer de una buena vez.

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