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Una reflexión personal sobre la muerte de Camilo Escalona Opinión Archivo

Una reflexión personal sobre la muerte de Camilo Escalona

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Nicolás Grau Veloso
Por : Nicolás Grau Veloso Ingeniero comercial, Dr. en Economía, exministro de Economía, Fomento y Turismo en el gobierno de Gabriel Boric.
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¿Cómo me resulta releer al Escalona de los 90 y 2000 desde esta otra emocionalidad? No tengo una respuesta clara, aunque sí puedo adelantar que hoy veo el orden como una condición más relevante para lograr democráticamente una transformación social.


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Lo que escribo no tiene ninguna relevancia mayor, pero surge de una necesidad muy personal: explicar desde la racionalidad y emocionalidad lo que me generó participar en el velorio de Camilo Escalona.

A las pocas horas de haber estado en su velorio, escribí en redes: “Emocionante despedida de Camilo Escalona. Quería agradecer todo lo que hizo durante el gobierno de Boric, pero al ir me encontré con una emoción más grande que esa gratitud. Me sentí parte de la tradición socialista, esa por la que Escalona arriesgó la vida. La deuda era mucho más grande”.

A partir de ello, personas principalmente de extrema derecha (por lo que se puede ver de sus otros comentarios) me sacaron en cara diversos comentarios anteriores, en que hacía duras críticas políticas a Escalona, acusándome de oportunismo y cinismo.

Mi primera reacción fue que no tenía por qué hacerme cargo de la crítica de personas que me acusan de oportunismo y cinismo, cuando ellos reivindican una dictadura que persiguió y hubiera festejado hacer desaparecer a Escalona, como lo hizo con muchas y muchos de sus compañeros.

Pero luego pensé que era una pregunta válida, más allá de la motivación de sus emisores. Esta es la respuesta que me di y que comparto.

Lo primero es que no hay cinismo en mis palabras (el oportunismo es más difícil de descartar). El enojo y reproche político y moral con Escalona lo tuve, y están muy bien reflejados en mis comentarios pasados. No fueron un exabrupto, ni algo fruto de mi juventud. A su vez, también es cierto que hoy tengo una tremenda gratitud hacia él y que sentí una gran emoción y compañerismo en su velorio.

Ese profundo cambio de parecer precisa una explicación. A la vez, es evidente que la explicación no tiene que ver con alguna transformación de Escalona, ya que su forma de entender y de intervenir en la política fue bastante constante en el tiempo, algo que se ha resaltado con justeza estos días. Si Escalona no cambió, el que cambió de opinión fui yo.

Segundo, no todo ha cambiado: hay cosas que creía antes y hoy las sigo creyendo. Por de pronto, siempre me he sentido parte de la tradición socialista. Siempre he comulgado con su forma de conjugar el ideal de transformación profunda de la sociedad, su valor de la libertad y de la democracia, y su intuición de que el anhelo de igualdad en distintos ámbitos debe ser perseguido con porfía, aunque nos fuerce a pensar sociedades fuera de los márgenes del capitalismo. Admiro a sus líderes históricos, me formé políticamente leyendo a sus intelectuales y me emociono cada vez que escucho su himno.

Lo que sentía, y que explica mi enojo, era que Escalona se había alejado de esa tradición. Lo veía como una persona que, en el afán de promover el orden y la gobernabilidad como condiciones indispensables para la transformación social, había terminado debilitando las probabilidades de esa transformación. Como una persona del orden, no del cambio.

Algunos dirán que quién era yo para hacer tamaño juicio a una persona que realmente lo había dejado todo por la causa socialista. Pero no comparto, ni compartía, esa visión. Aunque es muy importante tratarse con respeto, más aún entre compañeras y compañeros, nadie, ni siquiera los héroes, son dueños de la tradición socialista. Los mismos ideales de libertad e igualdad no permitirían tal apropiación.

Mi cambio de opinión fue primero emocional y luego racional. Tal como lo señala mi mensaje, estoy infinitamente agradecido por lo jugado que fue Escalona apoyando el gobierno del Presidente Boric. Desde lo racional, uno podría señalar que no hubo ninguna sorpresa en aquello, ya que la trayectoria de Escalona hacía fácil prever que este sería su comportamiento.

Pero desde una emocionalidad marcada por la fragilidad y lo expuestos que estuvimos, estos comportamientos adquieren otra significancia y otro impacto. No tuve tantas interacciones con él, pero en cada una de ellas sentí ese apoyo firme, esa certeza que da una vida de luchas y reuniones. Conversar con él daba tranquilidad.

Lo mismo me pasa con la expresidenta Bachelet. Pudiendo ser figuras correctas y de apoyos medidos, fueron mucho más allá. No he conversado con ellos sobre por qué lo hicieron, pero me gusta pensar que, más que empatía, fue por convencimiento político, por hacer –como en las otras etapas de su vida política– lo que les parecía correcto.

¿Cómo me resulta releer al Escalona de los 90 y 2000 desde esta otra emocionalidad? No tengo una respuesta clara, aunque sí puedo adelantar que hoy veo el orden como una condición más relevante para lograr democráticamente una transformación social. Por ello, me hubiera encantado poder debatir con él la mejor combinación entre orden y cambio, y hacerlo como compañeros.

De hecho, nos ha faltado un espacio para esta conversación profunda entre socialistas y frenteamplistas. La muy positiva experiencia que hemos tenido en conjunto durante estos últimos cuatro años nos permitiría tener una mejor aproximación sobre nuestras diferencias pasadas. Una especie de ajuste de cuentas en el plano de las ideas, pero con el cuidado propio de quienes se estiman y valoran.

Con todo, en el velorio sentí un agradecimiento hacia Camilo Escalona que iba mucho más allá de lo ocurrido durante 2022 y 2026. Espero que él haya sentido este reconocimiento de parte de nosotros antes de partir.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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