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Carlos Délano y Julio Ponce: ideología, éxito y transición

por 31 marzo, 2015

Carlos Délano y Julio Ponce: ideología, éxito y transición
En último término, lo que define la situación de Délano es su comprensión de la ideología. Délano ha sido un exitoso operador público-privado durante varias décadas, pero es su rol en la UDI lo que lo define como sujeto político. Él entiende la ideología como la militancia bajo un paraguas de dogmas, un sustituto o complemento de la religión y sus prácticas. Si acaso la UDI y Penta funcionaban como organizaciones independientes es una pregunta banal al lado de la continuidad ideológica en la que confluyen.
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¿Por qué me va tan bien?, se preguntaba Carlos Alberto Délano mientras era formalizado en el Juzgado de Garantía. Horas antes, la obra de su vida había sido expuesta cual trama para defraudar al Estado. Él mismo salió a defenderse ante las cámaras, a decir que el corazón de Penta ha latido para dar bienestar a la población chilena y no para efectuar artimañas. Mundos opuestos defendidos cada uno por talentosos abogados, mundos incompatibles donde no se puede ser un prohombre de la nación y a la vez conducir una estrategia para pagar menos impuestos.

Según la defensa, los controladores del grupo Penta no conocían la secuencia orquestada por Hugo Bravo y que, pagadas las multas y los montos adeudados, no tienen responsabilidad penal alguna. La Fiscalía y el Consejo de Defensa del Estado, en tanto, sugieren que los controladores de Penta sí conocían del ardid y sindican en ellos la confección última de la estrategia delictiva. La radical incompatibilidad de estas dos visiones del caso Penta, los prohombres contra los delincuentes de cuello y corbata, expresa una tensión que supera con creces las fronteras del derecho penal. La radical incompatibilidad a la que se asiste tiene que ver con el sustrato de la transición en tanto secuencia de surgimiento y consolidación de elites.

Julio Ponce, por su parte, representa un camino alternativo al éxito transicional. Carlos Délano proviene de la Universidad Católica y del Colegio Saint George, incluso las últimas semanas se ha recordado la influencia que tuvo Father Whelan sobre él. Al contrario, todo lo que tiene Délano, no lo tiene Ponce, lease el habitus, la pertenencia a grupos de amigos, el recibimiento de premios, las redes de ex alumnos del Colegio, su fraternal cercanía con el ex inquilino de La Moneda. La prensa no habla de los amigos de Ponce, tampoco sabemos si los tiene, no se nos recuerda que es un prohombre, porque para la elite Ponce no parece tener más mérito que la astucia y la audacia de allegarse al clan Pinochet. Ambos hombres representan, sin embargo, una época de sujetos que entraron en relaciones privilegiadas con el Estado, beneficiándose de la política de privatizaciones en el más amplio espectro, desde los seguros hasta los recursos naturales.

La Teletón representa aquí un símbolo digno de estudio en un doble sentido: cultural popular y en su sentido elitario. Los mecanismos de solidaridad/caridad dentro de la sociedad, otorgan una posición ética superior a quien los administra y controla. Dentro de la elite transicional, este tipo de símbolos ha sido una de las llaves capaces de abrir las puertas a nivel público y privado. Erigirse como un macho alfa dentro de las tribus dominantes requiere demostrar un nivel de sensibilidad de raíz socialcristiana acompañada de capacidades de gestión de corte neoliberal.

Ideología para Choclo

Toda época se constituye sobre la base de verdades fundamentales, creencias innegables que sirven de cimientos donde erigir las estructuras sociales que gobernarán a los hombres. Es la ideología dominante lo que determina en último término la conciencia de los sujetos, y su configuración de grupo diferenciado dentro de una sociedad. Carlos Alberto Délano es un símbolo de la transición chilena en tanto es un hombre “exitoso”, que cumple los estándares deseables, los mismos que deben reproducirse en otros sujetos. Conviene preguntarse entonces, ¿por qué son tan exitosos, por qué han sido tan exitosos aquellos que hoy aparecen acusados? ¿Qué hay en los controladores de Penta de similar y de distinto en comparación con el controlador de SQM? ¿Qué nos dicen estos casos respecto a los contornos sociales que se han dibujado en la transición?

Es interesante detenerse en Délano, en su intento por articular una defensa que trasciende lo meramente jurídico. Como pocos, Délano entiende la clave comunicacional que domina hoy de punta a rabo cualquier asunto público. Además, comprende la trascendental arista de la gestión de crisis, por lo que apuntó su propio comité ad hoc, donde destacan dos empresas de comunicación estratégica y lobby. Es que Délano advierte con sagacidad que su defensa se juega fundamentalmente en la creación de mensaje. Él mismo se dio el tiempo de escribir y leer articuladamente una declaración, contestando a la Fiscalía y reclamando su honor en tanto gestor de un grupo exitoso. Les habló a sus “más de treinta mil empleados” y aclaró que “Penta es una máquina cuyo corazón ha latido para crear empleo”. Curiosa mención al corazón la que hace Délano, como también es curioso que cuatro de los últimos eslóganes publicitarios de la Teletón hayan contenido un referencia similar. “Puro corazón” (2012), “Con la fuerza del corazón” (2011), “Chile, un solo corazón” (2010) y “Con todo el corazón” (2006). La campaña Chile ayuda a Chile para el terremoto de 2010 tuvo un corazón como símbolo. Seguramente Délano no controlaba el eslogan de cada una de estas campañas, pero hay un claro y permanente guiño al plano emocional en sus palabras y en sus obras. ¿Cómo es esto que un hombre en apariencia tan cerebral tenga una referencia permanente al corazón?

La Teletón representa aquí un símbolo digno de estudio en un doble sentido: cultural popular y en su sentido elitario. Los mecanismos de solidaridad/caridad dentro de la sociedad, otorgan una posición ética superior a quien los administra y controla. Dentro de la elite transicional, este tipo de símbolos ha sido una de las llaves capaces de abrir las puertas a nivel público y privado. Erigirse como un macho alfa dentro de las tribus dominantes requiere demostrar un nivel de sensibilidad de raíz socialcristiana acompañada de capacidades de gestión de corte neoliberal. El éxito empresarial, así, viene acompañado de la responsabilidad social, por la preocupación por el entorno y la subsecuente comunicación de esto como un solo producto. Se puede ser exitoso y ser caritativo, de hecho, son lo mismo. ¿Es este modo de ver el mundo una genuina expresión de valores durante la trayectoria de Carlos Alberto Délano, como sugirió su talentoso abogado? ¿O es, simplemente, una compensación consciente o inconsciente de un mal causado?

En último término, lo que define la situación de Délano es su comprensión de la ideología. Délano ha sido un exitoso operador público-privado durante varias décadas, pero es su rol en la UDI lo que lo define como sujeto político. Él entiende la ideología como la militancia bajo un paraguas de dogmas, un sustituto o complemento de la religión y sus prácticas. Si acaso la UDI y Penta funcionaban como organizaciones independientes es una pregunta banal al lado de la continuidad ideológica en la que confluyen. Sin embargo, es justamente esta noción de la ideología lo que castiga a Délano y lo coloca a él y a Penta fuera de la Línea Maginot del poder.

Su rol militante privó a Choclo de observar lo que Julio Ponce Lerou observó tan agudamente. Durante treinta años, allí donde Délano fue militante, Ponce fue transversal, allí donde Délano fue dogmático, Ponce fue pragmático, allí donde Délano construyó cercos, Ponce edificó puentes, túneles y carreteras hacia el poder de turno. Incluso más allá, es Ponce quien lee acertadamente el momento histórico de la transición política. Es Ponce, y no Délano, quien mejor se adapta a las circunstancias. La ideología de la transición no es la militancia, sino la transversalidad. La ideología de la transición no es dogmática, sino esencialmente pragmática. En ese sentido, la estrategia SQM de –supuestamente– financiar candidaturas sin distinciones partidarias, resultó ser más eficiente que la estrategia de Penta de –supuestamente– financiar candidaturas de la UDI y otras funcionales a triunfos UDI. Todos los símbolos más altos de la elite encarnada por Délano, el Saint George, la Universidad Católica, la Teletón, se muestran incapaces de adherirse al núcleo del poder. La astucia de Ponce aparece, entonces, como una lectura ideológica con mejor desempeño.

Estos dos casos, sin embargo, tienen una característica común que sirve para entender la época. Tanto Penta como SQM, tanto Délano como Ponce, han basado la multiplicación de su riqueza en la explotación de industrias reguladas o con un fuerte componente político. Ponce ha tenido bajo su control un recurso natural que ha devenido clave en la producción de tecnología al otro lado del Pacífico. Todos los contornos y aristas de su modelo de negocios se han basado en, primero, tomar el control de la empresa sirviéndose de posiciones ventajosas al interior de la familia del dictador y, luego, mantener estas condiciones bajo los mandatos de la Concertación. La multiplicación del valor de SQM atrajo a inversionistas extranjeros, bautizo sacrosanto que permitió profundizar la estrategia cual tiro por la culata, pues son esos mismos inversionistas extranjeros quienes aparecen como la fuerza menos controlable hoy para Ponce.

 Avanzada Plutocrática

Délano y Lavín, en tanto, se hicieron del control de la empresa de seguros del Estado, embrión que les sirvió para expandir exponencialmente su influencia en el mercado de capitales nacional. Pronto tomaron posiciones en Isapres y en el Banco de Chile, que luego vendieron a gran precio a Luksic, lo que les permitió crear su propio Banco Penta y seguir abriendo el abanico de inversiones hacia clínicas e inmobiliarias. Ambos grupos, SQM y Penta, representan un modelo de crecimiento dentro de esferas sensibles en las que la articulación hacia la política es clave para sostener posiciones ventajosas en el largo plazo. La banca, en particular, aparece como una gran ganadora del proceso transicional, lo que demuestra la sagacidad de Délano y Lavín para entrar en ese rubro. Además, la propiedad de un Banco de inversiones entrega, una vez más, cierta posición privilegiada dentro de la elite en tanto dueño del capital financiero del que depende el éxito empresarial de otros miembros de la elite. A mayor abundancia, estos días hemos entendido a cabalidad lo que implica tener un Banco en Chile.



Ponce y Délano coinciden, además, en la pertenencia a los nuevos cánones de éxito que se instalaron en Santiago. No es raro que niños y jóvenes hayan pasado por colegios y universidades pensando en ser como ellos, hoy adultos que caminan por Sanhattan y por el centro imaginando un golpe de suerte que los saque de la ilusión del mérito. Otros, más afortunados, dominan el habitus y los códigos de la elite, saben usar sus “contactos” y ensayan el discurso de la innovación y el conocimiento, aunque al final del día sabemos que el verdadero negocio está en la tierra y en el crédito, y en eso no hay mayor novedad ni salto al desarrollo. El caso Penta y el caso SQM demuestran una arista preocupante, cual es que nuestra versión del capitalismo, por muy neoliberal y Chicago que suene, es una versión maquillada de una economía de estancos decimonónica.

A los meses de estallar el caso Penta, volvió a aparecer una novela publicada en 2012, donde su autor, Ricardo Wurgaft, relata en clave ficción su paso por Penta. En el texto la empresa se denomina Hexa y tiene controladores similares a Délano y Lavín. Una escena lo resume todo. Era marzo de 2004. El grupo Penta –Hexa en la novela– colocó una Palma chilena en la entrada de su edificio para ejemplificar las raíces de su emprendimiento. A los pocos días, se presentó un problema, pues el ejemplar dificultaba el ingreso al estacionamiento. Los mandamases decidieron moverla hacia el bandejón que divide ambas avenidas. Llamaron a las autoridades municipales y metropolitanas, quienes mandaron cortar el tránsito. Una grúa llegó hasta la esquina de Isidora Goyenechea y El Bosque. Levantó la palmera en el aire y la sostuvo allí lo suficiente como para que cada especie del Sanhattan la observara. Así estuvo durante una mañana completa, con el tránsito interrumpido.

Délano y Ponce tienen esa característica, los historiadores del futuro observarán a estos sujetos como ejemplares por los cuales merece ser parado el tránsito y detenerse a analizar. Personajes como el de Wurgaft, en Sanhattan, muestran la influencia decisiva que los cánones de éxito han jugado en el proceso chileno. En la novela el autor reconoce que hubo un momento en que también quiso ser millonario, exitoso, atractivo, eficaz, elegante, todo eso que en Sanhattan se quiere ser. El protagonista de la novela carga con esa experiencia a cuestas, con la perplejidad de reconocer que ha perseguido el absurdo. Como un lagarto que mira desde una piedra distante, Wurgaft redacta el diagnóstico para toda la biosfera. Este es uno de los párrafos mejor pensados sobre el Chile de los ochenta y los noventa. Este párrafo merece ser leído y releído:

“Una década antes, Chile no había sido más que un sombrío regimiento militar. La transición, lenta, tortuosa, vacilante, tocaba su fin. No todos lo comprendían en ese momento, pero el país se preparaba entonces para el desenfreno, para el desparpajo de sus clases dominantes, para el triunfo del capital sin culpas, del dinero, del arribismo, de una ostentación nunca antes vista, de los nuevos ricos riquísimos, de las élites y sus ghettos en suburbios, colegios y universidades precordilleranas. De un nuevo idioma, de un nuevo orden más desigual, más injusto, más fragmentado, pero más fastuoso, más internacional, más moderno, de una avanzada plutocrática ya irrefrenable” (Sanhattan, 2012).

Wurgaft entrega aquí claves lúcidas para entender lo que ha ocurrido en Chile. Una transición vacilante, tortuosa, lenta, en algún momento, quién sabe cuándo, tocó un fin. No todos lo entendieron en ese minuto, pero el país completo se preparaba para el desparpajo de las clases dominantes, el desenfreno, el capital sin culpas, el éxito caritativo con los necesitados y también con los políticos, que son los más necesitados. Vivimos las consecuencias de una avanzada plutocrática, la acumulación de poder simbólico en los ricos riquísimos, a la vez que en sus instituciones educacionales precordilleranas, manifestación de un orden más desigual y fragmentado, a la vez que moderno, internacional y fastuoso. Un orden que ya no habla de ideología sino de “ideas”, que no apela a la razón sino al corazón, un orden de guetos y suburbios a toda escala, de un nuevo idioma, adelante, forward. Hasta ahí el fraseo de Wurgaft es agudo y clarividente. ¿Es esta una avanzada irrefrenable? Está por verse, aunque, de seguro, después de este remezón los estándares y estandartes de la transición sobre el éxito y el prestigio se verán trastrocados. Veremos si alcanza para una sacudida ideológica profunda, o se queda solo en el aviso.

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