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¿Bastará con el cambio de gabinete? Opinión

¿Bastará con el cambio de gabinete?

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Edison Ortiz González
Por : Edison Ortiz González Doctor en Historia. Profesor colaborador MGPP, Universidad de Santiago.
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En definitiva, el cambio de gabinete puede ser una muy buena herramienta para reencaminar un Gobierno que, hasta el estallido de los escándalos Caval y SQM, iba relativamente bien: su desempeño en las encuestas no era espectacular, pero tampoco malo. En enero, cuando todo el mundo ya se iba de vacaciones, había logrado sacar adelante dos de sus más importantes proyectos de reforma y su ministro del Interior había encabezado personalmente la exitosa iniciativa para reemplazar el sistema binominal.


En una entrevista algo extraña y lúgubre –con un cansado y  envejecido Don Francisco cuyos liftings no logran ocultar el paso del tiempo y teniendo como contraparte a una mujer también cansada y, además, angustiada por la situación por la que atraviesa su Gobierno–, Michelle Bachelet se sinceró y dijo lo que todo el mundo estaba esperando desde noviembre: habría, en el transcurso de las siguientes 72 horas, cambio de gabinete. Sin embargo, no lo hizo.

Su día había comenzado bastante bien inaugurando el Programa “Sembrando Sonrisas” en Pudahuel. Habló radiante con la prensa, segura de sí misma como no se le veía hacía mucho tiempo. Se explayó sobre el problema de los niños con caries y propuso medidas para subsanar ese déficit. Lamentablemente, administrar un país es más mucho complejo que dirigir un programa o gestionar un consultorio. Y el día se complicó con la difusión de la encuesta mensual que la dejó al borde de caer a los dos dígitos en su aprobación, el récord histórico de Piñera. La encuesta CEP se encargaría de hacer realidad la pesadilla más tarde.

Al momento de anunciar el cambio, la Presidenta balbuceó y se le notó su angustia. En apenas dos meses, su hijo derrumbó su imagen envuelto en negocios turbios y, ahora, debe desprenderse de su hijo político, Rodrigo Peñailillo, el jefe de “Los Pistoleros”, como llamaban en el PPD a esa generación de protagonistas que hicieron carrera en el Estado al alero de dirigentes históricos como Sergio Bitar y que se transformaron con Bachelet en parte de la nueva burguesía fiscal, la que aumenta sus caudales de manos del presupuesto.

El esperado cambio de gabinete, seguramente, descongestionará por unas semanas a una complicada administración que cada día parece enfrentar nuevos problemas aunque, en definitiva, no será el novedoso elenco gubernamental el que resuelva las dificultades estructurales de las que adolece este Gobierno. Uno de ellos es, sin duda, el propio carácter y estilo de liderazgo de la Mandataria.

Yo, Michelle

Hubo durante 2014 extensas reuniones del gabinete para abordar la reforma educacional que se quería poner en práctica y que, a mediados del año pasado, enfrentaba críticas desde la derecha y la izquierda. Se realizó, entonces, un par de cónclaves, cada uno de los cuales duró prácticamente un día. En ambos, los ministros en pleno y en silencio presenciaron el exclusivo diálogo entre Michelle Bachelet y Nicolás Eyzaguirre, quien para la Presidenta resultaba ser el único interlocutor válido para hablar sin tapujos del tema. Durante horas Mandataria y ministro hablaron sin que nadie osara intervenir en la conversación. Y es que la Presidenta, se sabe, deposita poca confianza en otros, casi ninguna, y que cuando ello ocurre, como sucedió con Eyzaguirre, se nota.

Como bien se sabe, y a diferencia de 2006, el gabinete personalista que hoy anuncia desarmar fue hecho a su imagen y semejanza. No puede, como en la vuelta pasada, responsabilizar a otros (los partidos y sus caciques) por su fracaso. Y la verdad es que ella, sobre este tema, no ha realizado ningún mea culpa. Al igual que Lagos, que cree que el proceso constituyente se debe hoy a su firma en la Constitución del año 2005 y que piensa que diseñó bien el Transantiago, la Presidenta tampoco sabe reconocer sus errores. A ambos les cuesta.

Como se sabe, en el caso de la Presidenta, su formación profesional (médica), su historia familiar (hija de un general) y sus vivencias juveniles (golpe, detención, el exilio en la ex RDA), han marcado bastante su carácter. Como médica desconfía de cualquier pronóstico que hagan otros; como hija de la familia militar ostenta una fuerte tendencia a empatizar con la obediencia debida; y como exiliada en los socialismos reales, cultivó  su gusto por el secretismo y la cultura política autoritaria. Esas tres características, en esta vuelta, han terminado por pasarle la cuenta.

El fracaso de Peñailillo y, por ende, el hundimiento de su gabinete personalista, es también su propio fracaso, aunque a ella no le guste reconocerlo. Y si bien en el pasado el partido del orden le impuso personas y gabinetes, no es menos cierto que esos nombres se movieron en el contexto de la personalidad de la Presidenta: una figura a la que le cuesta confiar, que dialoga poco, que, en general, y pese a lo que pueda haber representado, exhibe en concreto un déficit de cultura democrática en sus acciones y diseño de políticas públicas (su preferencia por las comisiones de tecnócratas lo expresa bien). Lo más grave es que resulta bastante extraño que, en el contexto de un Chile bastante convulsionado y conversador, ella misma no hubiese iniciado un diálogo social profundo y, en vez de ello, optase por cerrar sus espacios de deliberación. Sus círculos de confianza, así como sus relaciones políticas, se han ido estrechando al extremo.

De Escalona a la Jupi: amistades rotas

Quién no se acuerda de la complicidad que tuvo con el ex hombre fuerte del PS: se conocieron desde su juventud, ambos vivieron en la ex RDA, allí desarrollaron una complicidad que está relatada en una de las novelas del ex senador –En Jaque– y que se mantuvo por lo menos hasta marzo de 2010. Fue su factótum, su alter ego, y Bachelet no solo pidió en el congreso de Panimávida que los socialistas lo respaldaran en su próxima elección interna en 2008, sino que el 30 de diciembre de 2009, en medio de la segunda vuelta presidencial, y cuando todo el mundo pedía la cabeza de Escalona para allanar la posibilidad de respaldo de ME-O a Frei, salió a decir que “la lealtad de Escalona con ella era impagable”, lo que hizo que las voces críticas se acallaran y, así, el entonces senador por Los Lagos se mantuvo a la cabeza del PS, y con ello Frei perdió su única posibilidad de remontar.

Cuando el dúo Peñailillo-Martelli recorría a fines de diciembre de 2012 las calles de Santiago buscando apoyos que permitieran exhibir una Bachelet distinta en 2013, supimos de sus primeras desavenencias públicas con su ex factótum. El mensaje a sus interlocutores era claro: “La jefa no tiene ninguna relación con Camilo, no habla con él hace tres años”.

El senador por Los Lagos no se enteró de aquello y siguió girando a cargo de una cuenta corriente vencida. Así siguió filtrando a la prensa su hipotética cercanía con la ex Presidenta, el ingreso de uno de sus asesores a un puesto de quinto orden en el comando, hasta que Michelle le pidió primarias y allí Camilo recién tomó conciencia de que estaba absolutamente solo. Después dijo a canal 13 que: “No somos amigos”.

Le ocurrió a Juan Carvajal, quien en revista Caras, a comienzos de 2013, dijo que era algo así como el responsable de la recuperación de la popularidad de Bachelet a fines de su mandato anterior; le ocurrió a Jupi, la asesora más personal de la Presidenta en su primer Gobierno, quien repentinamente fue enviada a un exilio dorado como agregada cultural y de prensa en Italia. También, le sucedió, alguna vez, al actual ministro Eyzaguirre, cuando en plena campaña de 2005, y siendo ministro de Hacienda de Lagos, se refirió a ella en términos vulgares, lo que provocó la ira de la entonces candidata. El hijo de Delfina Guzmán, pese a su alto nivel de aprobación, no figuró en ningún cargo relevante de Gobierno. ¡Qué decir de Andrés Velasco!, quien pasó de ser su ministro preferido a un incómodo crítico.

En definitiva, sus relaciones más históricas al final han quedado siempre rotas. ¿Le tocará ahora a Peñailillo? Las declaraciones de Érika Silva parecen apuntar en ese sentido.

Y también con los ministros del Interior DC

Como se sabe, con su primer ministro del Interior, Andrés Zaldívar, la relación fue distante y fría al punto que no llegaron a comunicarse, saliendo éste al cuarto mes de iniciado su Gobierno. Su sucesor, el también falangista Belisario Velasco, lo pasó aún peor, al punto de que al momento de su remoción llevaba tiempo sin comunicarse con la Presidenta. Diversos medios constataron que ella “podía pasar semanas y hasta un mes sin conversar con un ministro”. Y si bien quien le sucedió, Edmundo Pérez Yoma, se mantuvo hasta el final, lo cierto es que la crítica destemplada de éste a su actual Gobierno da cuenta de que allí se construyó poca amistad y, menos aún, fraternidad.

Y por más que, durante su segundo mandato, intentó limpiarse ese estigma de fría y distante con sus ministros y asesores, lo cierto es que el asunto ha vuelto a repetirse, siendo su última víctima Paula Walker, su histórica asesora comunicacional.

Hay una impronta en su personalidad que la lleva a armar equipos secretos de máxima lealtad pero que, al tiempo, quedan rotos y, como el caso de Camilo Escalona, con quiebres muy profundos y cuyas heridas, seguramente, costará sanar.

Epílogo: Chile necesita una Presidenta más dialogante

En definitiva, el cambio de gabinete puede ser una muy buena herramienta para reencaminar un Gobierno que, hasta el estallido de los escándalos Caval y SQM, iba relativamente bien: su desempeño en las encuestas no era espectacular, pero tampoco malo. En enero, cuando todo el mundo ya se iba de vacaciones, había logrado sacar adelante dos de sus más importantes proyectos de reforma y su ministro del Interior había encabezado personalmente la exitosa iniciativa para reemplazar el sistema binominal. Es verdad, era el mismo gabinete que hoy está en proceso de cambio o enroque, con las mismas falencias que conocimos desde los primeros nombramientos y aún antes de asumir.

De no mediar una profundización y agudización de la crisis, la Presidenta podría disfrutar de un veranito de San Juan algo anticipado. Y si los esperados anuncios del 21 de mayo van en la senda de lo que la ciudadanía espera, esta administración podría complacerse con una reactivación de su agenda transformadora con los nuevos temas de probidad y del esperado inicio del proceso constituyente. Sin embargo, en especial sobre este último tema, la Presidenta requiere modificar parte de la manera en que ha abordado su Gobierno. Chile, en particular en momentos de incertidumbre, necesita gobernantes que superen la creencia de que “en política se puede hacer poquito”.

Es decir, Chile necesita que sea capaz de encabezar un diálogo transversal para construir una nueva institucionalidad, que focalice a sus nuevos ministros en las tareas más significativas y que ellas puedan concretarse. Para ello, la Presidenta cuenta con una serie de recursos y resortes que son propios del poder. Y si bien hoy su administración pasa por un momento gris, lo cierto es que Bachelet ya quedó en la historia nacional como la mujer reformadora. Veremos si se conforma con ello o decide avanzar y contribuye a sentar las bases de un Chile mejor.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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