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Que no se nos enfríe el corazón y oscurezca la razón

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El tema recurrente en medios de comunicación, en redes sociales, en los pasillos y en las sobremesas es que las temperaturas comenzaron a bajar en el país. Aumentan los cafés, las parafinas, las vestimentas de lana y los guateros. En Santiago, el frío es tal a mediados de año que, si uno pasa por fuera de restaurantes o bares, hay poquísima gente disfrutando las tardes y noches. Nos guardamos en nuestras casas buscando el calor, compañía y el cobijo. Compartimos más con los nuestros, sacamos los juegos de mesa, cocinamos en familia y la TV es una gran compañía.

Pero también nos ensimismamos, sin percibir que allá afuera hay quienes no tienen dónde, cómo ni con quién resguardarse, y que aún son miles las personas que pernoctan en nuestras calles.

Leemos en los medios que en Chile –terminando mayo– ya hay seis muertos por frío. No ha finalizado el otoño y ya esta cifra nos estremece… nos estremece más que la propia baja en las temperaturas.

Seis personas que murieron de frío y hambre en la soledad más brutal. Que no sobrevivieron a nuestra indiferencia. Hay países de nuestro continente que llamaban a estas personas ‘los desechables’, y son a ellos, en parte, a los que Bauman se refiere al hablar de los ‘residuos humanos’ (lo sobrante).

La calle no es un lugar para vivir, ni menos para morir. ¿En qué momento esas personas pierden sus vínculos, sus redes, su trabajo y su estabilidad? ¿En qué momento permitimos que una persona piense en que la calle puede ser su nuevo hogar?

15 mil personas viven en situación de calle en Chile. ¿Cómo vamos a obviar a 15 mil personas? ¿Y si entre ellos estuviese uno de nuestros hijos, nuestro padre, nuestra madre o personas cercanas y conocidas?

Para triturar el ‘hielo de la indiferencia’, la primera invitación que hacemos es a romper con los prejuicios que forjamos en torno a estas personas. Que “son flojos, drogadictos, que están locos, que optaron por estar allí y que les gusta”. Si no sabemos cómo llegaron hasta ahí, si no les preguntamos si tuvieron un accidente, si sufren de depresión, si algún hecho doloroso hizo que sus vínculos sociales y familiares se rompieran y quedaran solos, es difícil que salgamos de ese prejuicio. Sin conocerlos no podemos juzgarlos y solo tenemos acceso a un fragmento de sus vidas no a su existencia completa.

La segunda es a ‘mirar’. Saramago decía «viendo no vemos» y Yunus se sorprendía por la ceguera ante la miseria callejera de Daka. ¿Los vemos?, ¿nos atrevemos a contemplarlos?  ¿O ya nos hemos habituado y ‘normalizado’ su miserable existencia? Cuando caminamos por la vereda, encontramos ese colchón de cemento, sucio, a la intemperie y deteriorado… y ese es el hogar de alguien. ¿Nos atrevemos a romper la barrera entre ellos y nosotros? ¿Nos acercaríamos a saber su nombre, si necesita algo, si comió y si duerme solo o sola? ¿Le ofreceríamos un plato de comida o una taza de té a esa persona que vive en nuestra calle?

Esas personas han tenido que construir una vida en la calle. Ahí tienen sus amigos, cuidan a sus mascotas, trabajan, comen, se protegen, etc. Pero viven en una sociedad que no los ve ni incluye y han perdido sus derechos básicos; tanto la ciudadanía como el Estado levantan grandes y pequeños obstáculos que impiden su inclusión.

Muchos de nosotros podemos ser voluntarios para visitarlos y hablar con ellos, sin embargo, quizás jamás permitiríamos que una hospedería se construya al lado de nuestra casa, o nos sentimos amenazados si alguno de ellos duerme en nuestra vereda. Asimismo, la Ficha de Protección Social no los reconoce, al acudir al sistema de salud pública no son atendidos porque no presentan certificado de residencia y se enfrentan a la policía y a guardias municipales al ser constantemente expulsados de los espacios que habitan. Por último, de las cosas que más duelen, es que ni siquiera son considerados chilenos, porque nunca han estado incorporados en el Censo.

A estas alturas del año, ya se abrieron los albergues de emergencia de invierno, una buena iniciativa del Estado y de instituciones de la sociedad civil, pero ¿qué pasa con la permanente emergencia de sus vidas? ¿Cuánta energía, recursos y voluntad aplicamos a escucharlos y acompañarlos? Parece razonable ‘estar presentes’ los 12 meses del año y no sólo ante las bajas temperaturas de estos días, porque la soledad no solo llega con el invierno.

Se acabó mayo y el invierno se nos viene encima. Nos guardaremos en nuestras casas, protegidos con el calor de nuestros vínculos, pero no podemos olvidarlos. Ese mismo espacio de afecto y humanidad falta en tantos rincones de las calles y de las mismas casas, ¿no nos necesitaremos unos a otros para humanizarnos y romper ese muro de hilo que hemos levantado con nuestras desconfianzas e inseguridades? Basta con verlos, acercarse, conocerlos y amarlos, y si se requiere ofrecer ayuda, llamar por ejemplo al Fono Calle (800 10 4777) para que los incluyan en las rutas, preguntar si necesitan algo, si podemos visitarlos más seguido e iniciar una amistad… En resumen, partamos por lo menos por no negarlos y  visibilizarlos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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