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Voluntarismo frustrado en La Moneda

por 9 julio, 2015

"Esa actitud autoritaria, que apunta a imponer la voluntad, incluso a pesar del pensamiento de quienes componen otro poder del Estado, sumado a la falta de capacidad para calibrar la sensibilidad de sus propios compañeros de coalición, alerta sobre las dificultades que puede abrir para La Moneda la decisión de llevar a Eyzaguirre a la Segpres".
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El estilo de Nicolás Eyzaguirre hizo su estreno en la Segpres con la ley de aborto. Y se frustró en su primer movimiento, por la decisión de la DC de pedir aplazar la votación en general del proyecto que es analizado por la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados.

El fracaso del primer movimiento de Eyzaguirre es imputable al gobierno, y más específicamente, al Ministro, según los dichos del diputado y presidente de la Comisión de Salud, Juan Luis Castro: “he recibido llamados del gobierno así es que vamos a votar la próxima semana”.

Así de simple. Querían pasar la máquina y saltar el acuerdo establecido entre pares, e incluso con la misma Nueva Mayoría, para abordar el tema con seriedad, tiempo y apertura al diálogo con todas las personas y organizaciones interesadas y que pudieran enriquecer el debate.

Esa actitud autoritaria, que apunta a imponer la voluntad, incluso a pesar del pensamiento de quienes componen otro poder del Estado, sumado a la falta de capacidad para calibrar la sensibilidad de sus propios compañeros de coalición, alerta sobre las dificultades que puede abrir para La Moneda la decisión de llevar a Eyzaguirre a la Segpres.

El cargo de Secretario General de la Presidencia es dialogante por definición. Primero con su jefatura, la Presidencia, con quien deben definir las relaciones con el Congreso, con los partidos políticos, las iglesias, la Contraloría General de la República y los ministerios sectoriales. Es un buque grande que requiere más inteligencia colectiva que liderazgos personalistas. Más negociación que imposición. Más reflexión que intuición.

Muchas veces la política lleva a definir cursos de acción que no son óptimos. Por eso la política se hace difícil para las mentes económicas. Cuando se ven obligadas a operar fuera del óptimo muchas veces se exasperan y ejercen el poder usando más fuerza que persuasión. Así, ni las coaliciones ni la opinión pública se mantienen identificados con los proyectos que los pudo haber encantado durante las campañas.

El manejo de la agenda y de las oportunidades en este gobierno ha sido un constante desatino que ha generado mínimos históricos de aprobación y un rechazo consolidado al máximo.

Hasta hace pocos días se hizo gala de la impericia comunicacional llevando a la Presidenta al Estadio Nacional. Por supuesto que tiene derecho a ver el fútbol y respaldar a la selección. Pero corría un riesgo obvio. Para quienes han estudiado alguna vez algo de comunicación, es básico saber que los individuos refuerzan sus ideas preconcebidas cuando se exponen a un referente político. Si todos sabíamos que la Presidenta había perdido el capital de cariño y confianza podemos suponer que La Moneda también lo sabía. Y también se podía prever la alta probabilidad de que el efecto de verla con tarjetas verdes y entonando himnos sería negativo.

La Presidenta nunca fue vista cerca del fútbol, salvo cuando se le arrancó un zapato en medio de la cancha, lo que, por lo demás, no hace otra cosa que confirmar que no es habitual para ella visitar esos espacios. No es vista recurrentemente en los estadios, porque no conoce su predilección por algún equipo. Por eso era muy evidente que sería percibida como oportunista al presenciar partidos vestida con camiseta o llevando a la selección a La Moneda la misma noche del desenfreno.

Ese voluntarismo expresado por la Segpres respecto de la ley de aborto y del autocultivo de marihuana, es la misma actitud con la que los asesores de segundo piso han debido convencer a la Presidenta para que asistiera a la Copa América. Es también el mismo voluntarismo que la ha llevado a mantener abierta la reforma constitucional; a persistir en una reforma laboral que sólo conviene a los dirigentes sindicales y a nadie más; a no arreglar la compleja e ineficaz reforma tributaria; y a establecer sistemas de educación innobles y desfinanciados. Aunque La Moneda vea que la inversión se estanca definitivamente, que el IMACEC obliga a corregir a la baja las proyecciones de crecimiento y que el empleo empieza a trepar, la Mandataria no va a cambiar. Su motivo es una fijación. Y esa fijación es ciega, y la mueve a querer imponer su voluntad a pesar de todo y de todos.

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